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TRIBUNA

Curas

domingo 17 de enero de 2021, 19:34h

Uno de tantos intrépidos transportistas de mercancías me hablaba de los parabienes públicos que recibe por hacer su trabajo en este convulso tiempo de pandemia, transportando con su camión alimentos, ropa o cualquier otro objeto allí donde se necesitan. Se quitaba méritos renunciando a tales reconocimientos, en comparación, decía, con la heroica tarea que los sanitarios están realizando por los enfermos del virus. Comprensible reflexión. De pronto, entre el personal sanitario, incluyó también a los curas, porque los sacerdotes también curan a su manera, dijo. Repuesto de la clerical sorpresa, ante tanto anticlericalismo trasnochado y caducos prejuicios laicistas en el ambiente, apostillé que, en efecto, la palabra cura viene del latín curatio que significa cuidado. El cura lo es porque cura las almas.

Comenzamos entonces un instructivo diálogo sobre la necesaria labor de sacerdotes y párrocos detectando males, sugiriendo remedios y aportando cimientos firmes y no movedizos. Porque no es solo en esta angustiosa coyuntura por la que atravesamos, decía el transportista, también en circunstancias ordinarias. Hay curas que desde sus sacristías logran llevar aliento y sosiego a quien lo necesita. Y aludía a la semejanza con el servicio prestado a través de su camión. Los sacerdotes cargan un imaginario camión de arena, de esa arena del desierto sobre el cual muchas almas están haciendo su particular travesía para que ésta les resulte lo más liviana posible. O cargan el remolque con piedras liberando a los espíritus de tan pesada carga. Según el camionero, vivimos en una franca desorientación que nos acarrea desconcierto. No es extraño que nos invadan la fría desolación y la inquitante congoja. A la miseria material, se suma la espiritual, decía. Diariamente, desde su cabina percibe cómo teorías erróneas y doctrinas disolventes van ganando terreno, esparciéndose una confusa mezcolanza de actitudes negativas y destructivas. La naturaleza humana en su origen es buena pero imperfecta, apunté. Sí, y la falta de vida sobrenatural, con los sinuosos errores y las debilidades y apostasías, provocan un efecto perturbador en las almas, precisó él, y ahí es donde los curas hacen un apostolado encomiable. Por eso, hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte, que por la perseverancia de millares de justos.

Viéndole tan preciso y cabal, le pregunté cuáles eran a su juicio las cualidades de un cura. Y con la misma naturalidad con la que se pone al volante de su camión por la ruta diaria, comenzó a enumerar: Ser gran campeón de la fe y tener fe en la grandeza de su misión. Ser vigía permanente en la defensa de la Iglesia. Estar dotado de la suprema sabiduría de ésta, como escuela de santidad, para preparar las cosechas de Dios. Infundir, con oración y silencio interior, esperanza, aunque pequeñita, pero alentadora y consoladora. Abrigar un amor insobornable y sincero a la verdad, por encima siempre de la conveniencia propia. Ser hombre de nuestro tiempo y atento hacia el mundo. Tener como meta de noble aspiración el servir, con humildad y espíritu apostólico, a la comunidad. Ser ejemplo de enterísima humanidad, contemplativa y activa a la vez, y alejada del activismo frenético que hoy consume tantas energías. Caminar, con vocación irresistible y abnegada dedicación, por rutas de perfección sembradas de riesgos, de cruces. Ser exigente en sus tareas, abierto a la colaboración de todos, magnánimo para seguir su camino sin distraerse con banales impertinencias. Lanzar resplandores de aurora que iluminan el día y la noche. Conquistar entendimientos y corazones mediante procedimientos de cordura y de caridad. No dar frías lecciones sino generar, con tono grato y sereno, diálogos llenos de gracia y vida. Forjar hombres sólidamente acorazados y difícilmente vulnerables. Demostrar una fraternal audacia ante tanto demoledor menosprecio. Y sobre todo, edificar lenta pero tenazmente.

No son las buenas leyes, sino las buenas prácticas, las que transforman los pueblos. Decía Napoleón que “un sacerdote me hace el trabajo de cien policías”. “Mas hacen por el mundo los que oran que los que pelean”, aseveraba Donoso Cortés, quien también concluyó que “toda civilización es el reflejo de una teología”. Al final, va a ser verdad que toda problemática humana tiene una clave religiosa. Va a ser verdad que hay curas como titanes, como camiones, como camioneros. Vamos, creo yo.

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