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Ensayo

Gilles Kepel: Salir del caos

domingo 31 de enero de 2021, 21:55h
Gilles Kepel: Salir del caos

Traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños. Alianza. Madrid, 2020, 456 páginas. 24,70 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Salir del caos. Las crisis en el Mediterráneo y en Oriente Medio el profesor Gilles Kepel nos brinda una obra mayúscula que nos acerca y explica las vicisitudes (económicas, políticas, religiosas y culturales) que sacuden a las mencionadas regiones objeto de estudio, cuyas repercusiones trascienden sus propios límites geográficos. El autor, asimismo, constituye una autoridad académica en esta materia. Este fenómeno se observa en su exposición tan dinámica como bien contextualizada, plagada de referencias bibliográficas que dotan de rigor científico a su trabajo.

Comprender la región del Mediterráneo y Oriente Medio exige abordar ambas como interconectadas; un enfoque de las mismas como compartimentos estanco sólo provocará equívocos y errores. En efecto, en ellas actúan actores regionales y extra-regionales cuyas expectativas no han permanecido estáticas a lo largo del tiempo. Además, cualquier acontecimiento que sacuda a sus sociedades repercute de manera automática en el entorno más inmediato.

Esta última premisa se apreció con motivo de las Primaveras Árabes, diseccionadas con precisión por el profesor Kepel, identificando al respecto dos modelos. Por un lado, el representado por Libia, Egipto y Túnez; por otro lado, el que tiene como integrantes a Baréin, Yemen y Siria. Como nexo entre ambos grupos cabe señalar el hartazgo de sus poblaciones hacia la corrupción gubernamental y el paro que asolaba a la mayoría de la población, sobre todo a los sectores más jóvenes. Dicho con otras palabras: el componente religioso no fue el que impulsó las masivas y mediáticas protestas observadas en 2011.

No obstante, todos estos países, con la excepción de Túnez que sí introdujo reformas de cierto calado, comparten un rasgo común: el fracaso de esas protestas. En consecuencia, las tan ansiadas medidas democráticas siguen formando parte de la utopía. Es más, en algunos casos, por ejemplo Egipto, el autoritarismo regresó en 2013 con más fuerza, alentado por la injerencia externa de Arabia Saudí. Además, el caos consiguiente provocó que diferentes grupos terroristas se ubicaran en territorio libio, egipcio o sirio contribuyendo de esta manera a la desestabilización local, regional y global.

En todo este aluvión de acontecimientos también se han detectado determinados patrones. En primer lugar, escaso protagonismo de la Unión Europea y de Estados Unidos. La política de Barack Obama (basada en un acercamiento a los Hermanos Musulmanes) como la de Donald Trump (fortalecer la relación con los históricos aliados de Washington en la región, en particular con Arabia Saudí) ha resultado más bien errática. En segundo lugar, una influencia cada vez mayor de Rusia, afirmación corroborada por la estrategia seguida en apoyo de Bashar al-Assad en Siria. Moscú ha regresado a Oriente Medio para quedarse, algo que también certifica su actual fluida conexión con Israel. En tercer lugar, las monarquías del Golfo y las pugnas entre ellas no han facilitado la pacificación regional. En efecto, la agenda de Qatar chocó frontalmente con la defendida por Arabia Saudí y Emiratos Árabes y tuvo como campo de batalla países como Yemen.

En este juego de alianzas, en muchas ocasiones ciertamente contra-natura, el terrorismo de raíz religiosa ha sido otro factor con un influjo notable. Al respecto, el autor traza una brillante cronología que tiene como punto de partida el año 1979, cuando se producen dos acontecimientos trascendentales: la invasión soviética de Afganistán y la revolución iraní. El primero de ellos significó la irrupción de Al Qaeda como respuesta a las apetencias de Moscú.

Así, la citada organización terrorista, tras ser determinante en la derrota sufrida por el Ejército Rojo en 1989, comenzó a mostrar su letalidad en los años 90, contando sus integrantes con santuarios en los que refugiarse, como el que los talibanes le brindaban en Afganistán, tras cometer atentados contra el que habían designado como su nuevo enemigo: Estados Unidos. En cuanto al segundo, la posible expansión de la revolución iraní generó temor entre las monarquías del Golfo. Igualmente, desde 1979 han sido habituales los chantajes de Teherán a la comunidad internacional, bien patrocinando a diferentes grupos terroristas, bien intensificando su programa nuclear.

Con todo ello, durante el periodo 2014-2017 asistimos a la hegemonía del Daesh, organización terrorista producto, entre otras razones, de los errores cometidos por Estados Unidos en Irak desde 2003. El auto-denominado “Estado Islámico” introdujo grandes novedades en lo relativo a la letalidad de los métodos utilizados para cometer atentados, al manejo de la propaganda y a la capacidad para financiarse (contrabando de petróleo, secuestros…). Su derrota militar en 2017, lejos de pacificar la región, abrió nuevos interrogantes. En este sentido, parece claro que la influencia occidental se ha visto notablemente mermada en detrimento de la ejercida por Turquía o Rusia, países ambos muy alejados de impulsar proyectos políticos cimentados en el Estado de Derecho.

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