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Novela

Fernando Parra Nogueras: El antropoide

domingo 31 de enero de 2021, 22:05h
Fernando Parra Nogueras: El antropoide

Candaya. Barcelona, 2021. 288 páginas. 17 €.

Por Concha D’Olhaberriague

Fernando Parra Nogueras (1978), tarraconense, columnista del Diari de Tarragona y profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Alicante se presentó en el mundo literario en 2019 con una novela de iniciación, Persianas, que hizo las delicias de los lectores por su escritura fluida, cuidada y cálida, y el acierto con el que traza al protagonista, el niño Rodrigo, y a los personajes secundarios, llenos de vivacidad. La narración en primera persona está intercalada por unas cartas que envía el muchacho a sus ídolos.

El antropoide, su segunda novela, de tema y ambiente muy distintos, es también una obra de personaje masculino, Eduardo, filólogo, escritor en ciernes, hombre culto y refinado intelectualmente que se halla en la treintena y está inmerso en una tormentosa desorientación afectiva con ribetes psicoanalíticos y autodestructivos. Su condición de hombre perdido, en términos existencialistas, está causada en gran medida por una honda incapacidad para avenirse con los criterios ramplones de un mundo literario que supedita la estética al mercado. “No encaja con nuestro sello editorial; está demasiado bien escrito”, le contestaban en la editorial si alguna vez sugería la publicación de algún manuscrito. Eduardo no puede claudicar porque, como nos dice aproximadamente el narrador, “el único hogar en que se reconocía seguro era el de la palabra”.

Fetichista, edípico, inmaduro y obsesionado con el sexo, ya sea en solitario, con mujeres mediante pago o si se tercia con hombres desconocidos, ninguno de estos encuentros produce en Eduardo otro efecto que no sea agudizar su ansiedad, exacerbar su tedio y alimentar su agresividad hacia los semáforos, vecinos y colegas del trabajo. Por un asunto de índole sexual con una hermanastra, tuvo que abandonar la casa paterna, alejarse de su hermana y dejar su conflictivo puesto en la sólida empresa editorial familiar. Acogido por un tío paterno en una ciudad de la costa, que bien puede esconder a Alicante, Eduardo ocupa un puesto de corrector sin tarea en la redacción de El pliego volandero, periódico que quiere replicar a su modo las rotativas decimonónicas donde comienzan los artículos de autor, hoy firmas, tales como Mesonero Romanos o el mismo Larra.

Inapto para encontrar acomodo en un ambiente más canallesco e insidioso que amable, donde le asignan sucesivos cometidos, a cual más absurdo y desvaído, Eduardo siente la inquina que le muestran los demás empleados por su posición de privilegio, y el odio contra todo, en general, y contra todos se va concretando y concentrando en una empleada de nombre parlante, Peñafría, responsable de la sección cultural y particularmente arribista, contra la que descargará su ira y su rencor.

Pero además de introducirnos sin cortapisas en la tortuosa personalidad doliente y atrabiliaria de Eduardo, el narrador en tercera persona, al que no cabe calificar estrictamente de externo, pues lo percibimos más que nada como un eco reflejo de la voz del protagonista, retrata con sarcasmo las pretensiones y apariencias de cartón piedra que decoran la vida de cierta clase media que añade un “de” a su apellido para darse pisto, juega al pádel con devoción y se deja encandilar por un mercado que engatusa con juegos de palabras tales como llamar “La fronda del vergel” a una urbanización que por sus prestaciones dista de ser un lugar apacible.

La novela está salpicada de detalles y narrada con un ritmo muy cinematográfico, cuyas secuencias son los cuarenta y un capítulos, cada uno de ellos encabezado por un título muy expresivo. El primero: “Ni coribantes frigios ni hostias”, sintetiza felizmente el carácter dúplice, exquisito y bronco, del protagonista. Los ámbitos de la degradación y el dolor alternan con imágenes simbólicas y escenas poéticas tan hermosas como el encuentro con la mujer sencilla y evanescente, de nombre pintoresco, que recoge conchas en la playa y conversa con Eduardo.

Especialmente certero es el viraje a la metaficción que se produce en el último capítulo. El estilo cuidadosamente artístico de Fernando Parra Nogueras se ve realzado por sonoros vocablos de fuerza plástica, “albura”; algún arcaísmo, “ciñose la blusa”;” luengas pestañas”; arabismos infrecuentes como “alijar” y abundantes tropos y referencias mitológicas, literarias y cinematográficas. Tal altura verbal produce un potente y eficaz contraste con el cariz expresionista y el tono desabrido de muchos diálogos e improperios del protagonista, al tiempo que espeja con tino el desgarrador desdoble que padece Eduardo y la pugna despiadada que libran su lado civilizado y su antropoide indomeñable.

La prosa de Fernando Parra Nogueras, culta, bella, luminosa y descarnada, nos evoca a veces la de Gabriel Miró, autor al que también recuerda el lugar donde terminan los malos pasos de Eduardo, cuya voluntad desfallece tras un espejismo en el que parece que Cloe -la única persona del periódico con la que traba un conato de amistad amorosa- va a redimirlo del lacerante sentimiento de culpa y del castigo deletéreo que se autoinflige viviendo muy peligrosamente.

Fernando Parra Nogueras ha logrado compaginar el rigor y la exigencia literaria con la lucidez al indagar, como un Dostoievski moderno, la culpa, el desdoblamiento y los corredores subterráneos del alma humana. El antropoide es una obra tan hermosa como desoladora y percutiente.

Hay libros que distraen y divierten y hay literatura que desvela, perturba e incita. A ella pertenece El antropoide.

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