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TRIBUNA

Colgar la pluma

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 06 de febrero de 2021, 19:32h

Traspasada con cierta holgura la temible frontera de los noventa años, uno de los más grandes intelectuales de la España contemporánea, el ferrolano José Luis Comellas García-Llera, aclimatado en Sevilla por más de medio siglo, acaba de colgar su pluma. Para sus admiradores y amigos es una amarga noticia. Lletraferit desde los días moceriles, ha cultivado casi siempre en grado de excelencia los diversos campos de la historiografía: la monografía, el ensayo, la biografía, el de la síntesis e, incluso y con aplastante éxito, el manualístico y el memorialístico. Su experiencia en el muy difícil terreno de Clío ha sido, pues, contrastada y notablemente anchurosa. En su descollante ejemplo se ha cumplido con pulcra y envidiable exactitud el adagio clásico nulla dies sine linea. A lo largo de más de 25.000 días del calendario de la España del franquismo y la democracia, la pluma del máximo conocedor de ese capítulo esencial de nuestros avatares contemporáneos que constituye el canovismo, no dio reposo al recado de escribir. Su caso, afortunadamente, no es único en un solar como el hispano favorecido altamente por las musas. Pero si se advierte que no ha sido solamente Clío la única de entre estas que ha reclamado sus servicios -v.gr, Euterpe y Urania han inspirado un número muy considerable de textos destacados salidos de su minerva-, la figura del antiguo catedrático hispalense se alza en el panorama cultural español como un corredor de fondo verdaderamente excepcional.

A pesar de lo firme de su respetable decisión, no cabe desechar por entero un retorno más o menos pasajero y fugaz al dulce tormento de colocar negro sobre blanco ideas y sentimientos. Mas si, desventuradamente, no fuese así, sería muy de desear que discípulos y familiares entregasen a la imprenta su voluminosa obra inédita, explicitada en ancha medida a través de diarios y acotaciones sobre personajes y sucesos coetáneos. En nuestro país, hay pocos precedentes de tamañas empresas, pero ello no ha de ser obstáculo mayor

para editar unos escritos que se ofrecen como preciado tesoro para el patrimonio literario e historiográfico de una nación muy necesitada de trabajos de semejante índole. Algunos de los muy escasos pasajes que han sido dable contemplar a los más acezantes de sus colegas, lo visibilizan de manera irrefutable. Aunque fuese por una vez, la sesteante y atrofiada sociedad española -¿dónde se encuentran, por ejemplo, los ediles de cultura de los municipios andaluces y gallegos?; ¿en qué estado de letargia se hallan las instituciones académicas de ambas Comunidades Autónomas?- debería realizar un paso al frente para dar al gran intelectual galaico el homenaje que exige su rutilante y colmada hoja de servicios a las letras hispanas, tan urgidas hodierno de personalidades como la suya.

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