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Ensayo

Luis Landero: El huerto de Emerson

lunes 09 de agosto de 2021, 09:11h
Luis Landero: El huerto de Emerson

Tusquets. Barcelona, 2021. 234 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9, 99 €. El escritor extremeño vuelve a sorprendernos y deleitarnos con un delicioso libro en el que ensayo y narración -se entreveran reflexiones, cuentos breves, anécdotas, recuerdos...- se nos sirve en una lengua soberbia y sencilla, lírica y emotiva, recordándonos a la de nuestros grandes clásicos del Siglo de Oro. Por Concha D’Olhaberriague

A los dos años de Lluvia fina, la tragedia moderna de Luis Landero, recibida con entusiasmo por una mayoría de lectores y críticos y recientemente premiada por partida doble, ve la luz un nuevo libro del escritor extremeño, nacido en Alburquerque (1948), mirador de la Raya con Portugal: El huerto de Emerson, que recordará con certeza a El balcón en invierno (2014), y a los más versados los trasladará también a Entre líneas. El cuento o la vida (1996-2001), obras a las que no suele incluirse en el apartado de novela, seguramente por inercia e influjo de los cánones decimonónicos. Pero, aunque sí haría al caso expandir lo que se entiende por novela, no es cuestión ahora de incurrir en otro encasillamiento, sino de anticipar someramente al lector qué va a encontrarse cuando lea el libro recién alumbrado por Luis Landero.

Pues bien, yo creo que acaso podemos interpretarlo como un gran poema dialógico en prosa, entreverado de cuentos, comentarios sobre la lengua, historietas y anécdotas de trasfondo autobiográfico o de prosapia literaria. Diálogo, narrativa y reflexión con nostalgia, humor y melancolía en una composición anular escrita en primera persona con la lengua más bella que hoy habita en español, exultante y sobria, soberbia y sencilla, lírica y emotiva con contención, tan pulcra y musical como la de nuestros grandes del Siglo de Oro, a quienes recrea, evoca y rinde homenaje el escritor en la nemosine 15, “Días de invierno” (p.225), la última, donde su alfombra maravillosa nos traslada al rumor del “agua loca de la historia” y a la infancia de Cervantes y Lope.

De herencia lopesca son, por cierto, los bodegones o enumeraciones torrenciales, rasgo de estilo genuino de la casa, que aparece antes o después, precipitando el ritmo con una plétora de sentido. Por lo general estas cornucopias landerianas se componen de nombres concretos, como en la relación que hace Pache de las mercancías que ofrecerá en su boliche (p.63). Veamos, no obstante, un ejemplo muy particular con nombres abstractos en 7 “Iluminaciones”. Lo que tenemos aquí es una martingala elusiva por mor de la elegancia: ”lo innominado, lo intrincado, lo ignoto, lo primigenio, lo indecible, lo esotérico, lo inescrutable, lo omitido, lo dificultoso, lo inconcebible, lo escondido, lo inextricable, lo emboscado, lo problemático” (p.116) aluden al sexo de la mujer.

Landero alcanza el corazón rítmico de las palabras y nos regala una prosa que trasmina el fulgor remozado de la lengua de nuestros clásicos, al tiempo que en su musicalidad brizadora nos llega el compás de la narración oral de los cuentos que le contaron de niño su abuela Frasca -la del moño (p.144) que luego reaparece literaturizado en la madre de Gabriel, de Lluvia fina- y su tía Cipriana. Decía Ortega que un buen escritor, un escritor con estilo ha de erosionar la gramática y exorbitar el diccionario. Yo creo que eso es lo que hace Landero cuando nos regala voces tan orondas y chisposas como “importancioso” (p.109) -ya acuñada desde su novela Hoy, Júpiter (2007)-, “llenor” (p.15),“despaciosidad” (p.139),”tontilonas”(p.228).

La calidad de la escritura no va a sorprender, desde luego, al que conozca la obra del escritor extremeño, quien ya nos deslumbró en 1989 con Juegos de la edad tardía, una de las grandes novelas del siglo XX, y desde entonces no ha desfallecido en sus más de treinta años de literatura y catorce libros.

En El huerto de Emerson Landero invita al lector a su escritorio y a su mundo -que es el de sus novelas, aunque aquí disponga los ingredientes de una manera particular, con distinta jerarquía -y entabla con él una cálida y amistosa plática -“veréis” (p.17),”creedme”(p.106), apela fáticamente a su interlocutor- sobre los secretos de su cuaderno, los altibajos del oficio, los intríngulis y busilis de la memoria y la imaginación, detalles inolvidables espigados de sus lecturas, intuiciones iniciáticas, atisbos fundacionales, vivencias, cosas y gentes, hombres y mujeres del ya desvanecido campo extremeño de su niñez y del Madrid de los años sesenta en el barrio de la Prosperidad.

Pero Luis Landero no es un ensayista sino un narrador empedernido e irreprimible, apasionado por la escritura y el placer de contar historias de índole diversa y múltiples registros. Por eso su ejercicio de remembranza deviene en narrativa, porque la memoria -que no es ni notarial, ni grabadora, ni fidedigna- elige, selecciona, imagina y recrea a sabor impresiones de lectura o andanzas autobiográficas.

Así, con la finura de su ingenio -en la secuencia 2, “El viento en la vela” (p.21)- el narrador suscita nuestra sonrisa con la caricatura de sí mismo dando tumbos por el cementerio. El cuentecillo sufre un quiebro cómico tras una reflexión serena de tinte elegíaco, y el protagonista, compuesto con sus flores, no da con la sepultura de los suyos y decide dejar el ramo a un finado que se encuentra por allí cerca. Los reproches de la madre difunta al hijo y unos versos de Machado ponen el colofón.

No faltan historias mágicas, tal la llegada de la oscuridad en la ancha y destartalada casa campesina de Alburqueque y la simultánea epifanía de animales pavorosos: el sapo, la mortífera lechuza o el mítico aldabón, versión menor de los ofidios de tantas leyendas ancestrales. Y qué decir del ilusionista hipnotizador que convirtió en gallina a una mujer y en gallo a un hombre. Prodigios de un mundo arrayano que se fue para no volver. La paradoja del viejo marino, condenado a marcharse y volver sin remisión, versión sui generis del Holandés errante, es un relato con un fondo filosófico muy perturbador.

Otro fecundo venero de tipos y lances pintorescos es el barrio madrileño de la adolescencia del escritor. Por la Prospe los chicos contemplaban boquiabiertos a un gordo desabrido que flotaba, y al leerlo nos preguntamos si la peripecia de este grotesco hombrecillo no debe algo al padre Nicanor de Cien años de soledad que se alzó doce centímetros tras tomarse un chocolate espeso y caliente. También tenemos el cuento dramático con final trágico del ascenso y caída del taciturno Pache, que bien puede parangonarse a relatos chejoviano del corte de “La tristeza”, aunque frente al desdichado Yona de Chéjov, que al menos cuenta su pena a su caballo, el extremeño Pache no hallará amparo ni en su yegua.

Son, en fin, tantas y tan regocijantes las gollerías que esperan al lector en El huerto de Emerson que reseñarlo está de más. Léanlo. Incitarles a que lo hagan es tal vez lo único que tiene sentido. A eso tenía que haberme ceñido, a recomendar que vayan a buscar el libro cuando puedan.

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