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TRIBUNA

Siglo XXI

domingo 07 de febrero de 2021, 20:10h

Frecuente ha sido el debate sobre cuándo termina y comienza un siglo. Ocurrió con el transcurso del XIX al XX y prosiguió cuando a éste le sucedió el XXI. Polémicas, réplicas y contrarréplicas. Partidarios y rivales del 0 y del 1. Estoy con los historiadores cuando marcan el levante y el ocaso de una centuria, no en el hito del paso de los días, sino en el galope arrollador de los acontecimientos. Hay fuerzas y tensiones que mueven al mundo. También retrasan o adelantan los tiempos.

El comienzo cronológico del XIX no coincide con su nacimiento histórico: 1789, la Revolución francesa, uno de los dos acontecimientos más formidables que ha padecido el hombre desde el advenimiento de la modernidad. El otro fue la Reforma protestante, cuya guinda es la Paz de Westfalia de 1648, que acarrea la disgregación y consecuente desorientación de Europa. Westfalia es un primer hervor de un espíritu laico, o si se quiere, aún no agresivamente laico, pero ya se perfila lo que consagraría la Revolución francesa que, inspiradora del movimiento de la Ilustración, sienta en el banquillo de los acusados a la Iglesia católica.

Ese siglo decimonónico tan extenso e intenso languidece coincidiendo con el final de la I Guerra Mundial en 1918, la última guerra clásica, como la describe Ruano, con caballería y con caballeros. El siglo XX hace su aparición con sabor agridulce, o amargo de efectos retardados. Se desata una intensa epidemia, la llamada gripe española, porque los primeros casos graves de la segunda onda epidémica se registraron en España. Entre 1919 y 1921 la mortalidad gripal resultó muy elevada en nuestro país y en el mundo. Por entonces, en Versalles se rubricaba un Tratado de paz que lleva inoculado el virus de la guerra. Pero el mundo civilizado, cómodo y confiado, parece adentrarse en los felices años veinte sin reparar en que los totalitarismos maquinarían con sus desvaríos un siglo devastador. Es como si la Humanidad recibiera un toque de atención y hubiera preferido encomendarse a la técnica. A esa técnica, a la que alude Stefan Zweig cuando en El mundo de ayer escribe “casi parece una malévola venganza de la naturaleza contra el hombre el que todas las conquistas de la técnica, gracias a las cuales le ha arrancado las fuerzas más secretas, le destruyan el alma. La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad”.

Con la actual pandemia de COVID-19 comienza el siglo XXI. No se inició cuando los derribos del muro de Berlín ni de las Torres Gemelas, sino ahora en que el Foro Económico Mundial de Davos ha decidido el “gran reajuste” otra vez la monserga de recrear al hombre e inventar un mundo nuevo. Vuelvan a Zweig: “la fórmula de los enciclopedistas franceses sobre el dominio de la razón acabó convirtiéndose en lo contrario, es decir, en terror y agitación de masas. Lo mismo sucedió con la fórmula del lebensraum o espacio vital de Hitler, que se convirtió, primero en un eslogan: Hoy Alemania es nuestra, mañana lo será el mundo entero; después, en una fatalidad”. Algo permanece, el enemigo a batir: el catolicismo. Otro dato que perdura: Si en el siglo XX había cuadrúpedos que se enfundaban camisas pardas, en el XXI portan esteladas.

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