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TRIBUNA

La fuerza de la imaginación

Jesús Romero-Trillo
sábado 13 de febrero de 2021, 19:33h
Actualizado el: 13/02/2021 20:29h

El 6 de enero de 2021 será recordado por el asalto al Capitolio en Washington. Ese día comenzó una nueva era en la democracia estadounidense: la era de lo impredecible. A principios del S. XIX Alexis de Tocqueville visitó los Estados Unidos para estudiar el sistema penitenciario norteamericano, pero su estancia le sirvió para comprender cómo se podría organizar una nación en base a dos principios: la libertad y la igualdad, y el resultado de su viaje lo plasmó en el libro “La democracia en América” (1835-1840). Durante su vida Tocqueville trató de combatir el argumento de que tras cualquier revolución liberacionista es inevitable que llegue una época de opresión para intentar “convencer” a los disidentes de que el nuevo sistema de gobierno es el mejor. No en vano, sus padres estuvieron a punto de ser ejecutados durante el llamado “Reino del Terror” tras la revolución francesa.

Lo ocurrido en Estados Unidos en estos últimos meses devuelve a la actualidad uno de los principales argumentos en el pensamiento de Tocqueville: si la sociedad debe decidir entre la libertad y la igualdad, se decantará por la igualdad. Hay un gran deseo de igualdad en la sociedad. A modo de ejemplo, hace unos meses se hablaba en un foro académico sobre las ventajas de los congresos online porque garantizan una mayor igualdad. Argumentaban los defensores que ahora ya no tenemos criterios para identificar el estatus de los participantes: no sabemos quién habla con quién durante los descansos, quien mira a quién durante las presentaciones, ni quién está sentado junto a quién en las salas. Ahora todas las caras ocupamos el mismo espacio en la pantalla.

Durante la toma de posesión de Joe Biden la joven Amanda Gorman “La colina que escalamos” leía los siguientes versos: “No significa que nos esforzamos en formar una unión que es perfecta / nos esforzamos en forjar nuestra unión con propósito / componer un país comprometido con todas las culturas, colores, caracteres y condiciones del hombre”.

El desconcierto internacional ante el asalto al Capitolio trae nuevamente a Occidente el concepto de revolución, algo que parecía suceder tan solo en otros lugares, como en los países donde tuvo lugar la “primavera árabe”. Se corre el riesgo de que la falta de un objetivo común aumente el repliegue de los individuos mientras dure el Covid-19. Se corre el riesgo de que las calles se conviertan únicamente en escenarios de protesta y pierdan su sentido lúdico. Tan solo en lo que llevamos de 2021 también hemos asistido, entre otras, a las revueltas en Rusia pidiendo la libertad del opositor Navalni, a las manifestaciones contra el toque de queda en los Países Bajos, a las multitudinarias marchas en Nepal pidiendo el regreso de la monarquía o a las protestas contra el golpe de estado en Myanmar.

Si no hay un propósito común, cualquier grupo pierde su sentido y acabará disgregando a los individuos que lo conforman. La pandemia ha cambiado el espíritu con el que utilizamos internet y las redes sociales. Han pasado de ser un medio de socialización a ser un espacio eminentemente de trabajo y de búsqueda de información donde contrastar los propios miedos. Hacen falta más gestos a través de las redes sociales que propongan objetivos comunes en positivo.

Hace casi un año el Papa Francisco tuvo la sorprendente iniciativa de pronunciar la bendición Urbi et Orbi en una desierta Plaza de San Pedro y no encerrado en una sala ante una webcam. La imagen dio la vuelta al mundo. Necesitamos más imaginación, mucha más imaginación.

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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