Poca empatía con Miguel Serrano, el protagonista de esta novela -mezcolanza de géneros diversos- se demuestra desde la descripción de sus decisiones cotidianas. Es este un personaje poliédrico, que no por ello redondo en el sentido dramático, con el que el autor pretende construir varias tramas imposibles, pero no por ello menos novelescas, quizás y muchas veces por irritantes (no hay más que ver ese final risible por y con todos) y así conocemos a alguien que trata de buscarse a sí mismo inútilmente, y siendo consciente de que una vez tomas el camino equivocado de tu vida, sólo te queda reinventar una fábula que jamás lo será. Y es que Miguel es inteligente, pero no renuncia a la pureza de sus propios sueños, y eso le hace terriblemente desgraciado o al menos incomprendido a pesar de las casi cuarenta caras que producto de sus desdoblamientos de personalidad diagnosticados clínicamente como esquizofrenia simple, pasan por su vida.
Miguel Serrano es por tanto en lo que nadie quiere convertirse, protagonista de una novela de iniciación a la vida como pudiera ser la única que escribió J. D. Salinger, de caballerías de un thriller cuyo contexto podría ser el atentado a las Torres Gemelas neoyorquinas, y hasta de ciencia-ficción ibérica con toques absurdos (la quinta parte así lo muestra al recordar un Cuarto Reich en que el sexo de una vidente le hace vivir siquiera vicariamente una aventura con personajes extraños como el Gitano o un tal Ramón de la Serna).
Estamos por tanto no sólo ante un personaje poliédrico, sino que la novela también lo es; hay en ella desde el principio una voluntad de búsqueda de la identidad, siquiera desde la negación del ser, concienzuda y a ratos identificable o que proporciona identificación con el lector, y es que a pesar de que el actante quiera o consiga vivir dentro de muchas fábulas, es incapaz de salirse de un verso de Luis García Montero.
Sobre la contemporaneidad también trata este libro, una época en que sentirse atrapado por el propio perímetro puede llegar a ser desquiciante, si bien gracias al epílogo, todo nos es tratado desde una distancia irónica y burlesca (el chiste de Forges al final aporta también un tono muy de Tom Sharpe).
Dividido en seis partes, el prólogo es una declaración casi poética de intenciones cuasi-revolucionarias de lo que viene después. En “Una noche más (El pasado)” se nos presenta al protagonista con su pandilla, gente que sale, alterna, fuma y bebe en las urbanizaciones granadinas situadas entre Almuñécar y Salobreña; nos recuerda de algún modo a ese “Rebelde sin causa” que fue James Dean; es en cierta forma el lugar donde se concentra casi toda la vida real de Miguel, incluyendo su bello romance con Carmen y una visión de la costa enfebrecida por las hormonas.
En “El Sordo (el presente)” se ahonda en la parte clínica y en el tormento familiar de Miguel; descubrimos sus cuarenta caras diferentes, y vemos que tanto Elena (su madre) y Victoria (su hermana) le desprecian y hablan mal de él a sus espaldas. Descubrimos igualmente que su padre, psiquiatra de profesión, decide escapar de este categórico cuadro del que hablábamos. Vemos asimismo la imaginación del enfermo funcionar como las ruedas dentadas de cualquier mecanismo.
En “El Centro de los Hijos del Progreso (El futuro)” se cuenta su estancia larga en un psiquiátrico y los hábitos que allí practica, así como el hecho de que los médicos ensoberbecidos se muestran igualmente traicionados a sí mismos por el abandono que causan en sus observados pacientes. Recuerda también todo mucho a la novela de Ken Kesey (Alguien voló sobre el nido del cuco) que adaptó al cine Milos Forman.