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TRIBUNA

La humanidad

miércoles 24 de febrero de 2021, 20:06h

Algunos dicen que el pesimismo es un rasgo característico del uso adecuado del intelecto, no lo creo, pues hay pesimismos que parecen optimistas en comparación con otros pesimistas peores, como en el chiste marrón: -“A este paso vamos a comer mierda” -¿Tú crees que habrá mierda para todos?”. La verdad es que el ser humano a veces da rabia, otras risa, otras da pena, otras da compasión, y otras ni siquiera se sabe que da, y sin embargo sabemos que pertenecemos a la misma especie.

Según los libros herméticos de Zósimo, las primeras sílabas de las palabras levante, poniente, norte y mediodía componen en griego el nombre Adam, es decir, la humanidad, que existió antes que su primer vástago, Adán. De Adán conocemos su relación con Eva, pero ¿quién es la humanidad? Pues, a decir verdad, todos y nadie, un auténtico enigma, por eso repito con Blas Pascal: “El hombre no es sino una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña que piensa. No es necesario que el universo entero se arme para aplastarle; un vapor, una gota de agua bastaría para matarle. Pero, aun cuando el universo le aplastara, el hombre sería aún más noble que aquello que le mata, pues él sabe que muere y conoce el poder del universo sobre él. Mientras que el universo no sabe nada”. No extrañará, pues, que de de él se haya dicho lo mejor y lo peor.

Resulta además que el buen ser humano (a veces hombre bueno y a veces hombre malo) es histórico y por tanto constructor de épocas eufóricas y de estadios depresivos. Los más críticos con la evolución del género humano (perdón por lo de género, no quiere ser una declaración de guerra) coinciden en su pesimismo con Rogelio Bacon, que en pleno siglo XIII no se cansaba de repetir esta cantinela: “Hay más pecados ahora que en tiempos anteriores, y la corrupción es infinita por doquier”. Para quienes así piensan, en la medida en que el tiempo presente es el peor, cualquier tiempo pasado fue mejor, y recordarlo entraña un enorme sufrimiento, como lo proclama el Canto quinto de la Divina Comedia: “No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria”.

En paralelo a los pesimistas, entre los optimistas reina la convicción de que cualquier pasado fue peor, aunque también ellos tienen una punta de pesimistas al reconocer que el presente no es el mejor de los tiempos posibles, pues otros vendrán que malo lo harán. Los pesimistas son arrastrados por la inercia hacia atrás, y los pesimistas por la inercia hacia adelante, los extremos se tocan.

Entre una y otra camada no han faltado los camaradas bomberos, esos irredentos restauracionistas, reformistas o reforvolucionarios en cuyas voces resuena aún el eco de Goethe espantado por la Revolución Francesa: “Prefiero la injusticia al desorden”, como si la justicia fuese el orden y el orden fuese justo.

Indiscutible es que a muchos les fue y les va bien en sus vidas, pero la felicidad a otros tantos les resulta tan esquiva como a Abderramán III, el califa cordobés que anotó en su testamento: “He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riqueza y honores, poder y placeres guardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce”. O más esquiva incluso, si atendemos al hipocondriaco y malhumorado Winston Churchill pegado a su cigarro puro: “La salud es un estado transitorio entre dos periodos de enfermedad que por lo tanto no augura nada bueno”.

Sea como fuere, persona es el sustantivo y crisis el adjetivo, ya sea de crecimiento o de defunción, aunque separarlas draconianamente también tiene un aire infantil, porque la misma es la crisis de crecimiento que la de decrecimiento. Mi época, que empezó en 1944, ha conocido tres etapas, la creyente glorificante, la atea militante, y la agnóstica en re menor, es decir, aferrada a cosas menores. Sin embargo, para los oídos más atentos al ruido de las galaxias, que los pitagóricos denominaban armonía de las esferas celestes y los gnósticos rumor de ángeles, nunca desapareció del todo un mismo ruido de fondo perturbador, el rumor de las desdichas: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada, pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa” (Camus). Ayer peste, hoy covid, mañana pestecovid.

Existe en la ciudad de Guadalajara, México, un hermoso edificio denominado El humilladero, y cuando lo contemplo me viene por asociación de ideas la humanidad: “-Díjome la muerte, ¿qué miras? –Miro, respondí, el infierno y me parece que lo he visto otras veces. -¿Dónde?, dije yo. - En la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los malvados, en las malas intenciones, en las venganzas, en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los príncipes” (Quevedo). El humilladero es para mí la corbata rosa de buena suerte, la herradura y pata de conejo, la mano de Fátima, las rayas de la propia mano, el horóscopo Tauro con ascendente en Virgo, el Yi-king de la casa Albin Michel, los fetiches de Oceanía y de Guinea, el no me puedo morir, soy el hombre más rico del mundo, el comer como cerdos, el cotorrear como loros, el contonearse como pavos, el olisquear el trono del soberano. En medio, y con el busto apoyado en una silla, Narciso marca en el aire los gestos del estilo de braza; para él muchas elecciones existenciales no significan ninguna elección real. Cada uno en su noche, tratando de evitar el coraje de tener miedo, cae en el miedo al miedo: sobre su catedral, su diarrea, nos han atiborrado de mermelada espiritual, ahora nos atiborran de purés de caca, ignorando que la ausencia de castigo es el peor de los castigos: nos deja sin corrección, corrompiéndonos en el mal. Corriente abajo, como peces muertos, el hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo, y los hijos se alzarán- contra sus padres y les darán muerte. -¿Nombre y apellido? -Desamparado, indigente. -¿Profesión? –Cesante. -¿Domicilio? -Transeúnte. -¿Estado civil? –Marginado. -¿Grupo sanguíneo? -Insolvente. En Torino Nietzsche se precipita hacia el espejo, se mira, se aparta horrorizado. Antes, en el tren que lo conducía a Basilea, lo único que reclamaba con insistencia era un espejo. No sabía ya quién era, se buscaba, y él, tan ávido de sí mismo, no tenía ya, para encontrarse, sino el más vulgar de los recursos. Y esto que le ocurría a un hombre sumido en la noche de la locura le sucede -y con menor categoría- a toda una civilización que vive en la barbarie sin darse cuenta de ello: la barbarie de buscar el rostro del yo humano en el espejo de las cosas. Según su vida así su muerte, según su muerte, así fue su vida.

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