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Novela

Daniel Krauze: Tenebra

domingo 28 de febrero de 2021, 18:47h
Daniel Krauze: Tenebra

Destino. Barcelona, 2021.400 páginas. 19,50 €.

Por Daniel González Irala

En Pedro Páramo, Juan Rulfo publicaba allá por los años 50 del pasado siglo, una glosa poética (entre otras cuestiones) a través de la que los muertos revivían en la mente del protagonista, precisamente con la intención de que no se repitiese la tortura que los llevó al fin de sus días; estos personajes que se nos describían no necesariamente como bellos, cobraban así otra dimensión, como lo hacía la vida misma como último y único refugio posible.

Daniel Krauze (Ciudad de México, 1982) en esta segunda y ruidosa novela sobre la corrupción política en un México muy distinto, incluso alejado del DF y centrado entre otras en la isla de Cozumel, creemos que no olvida este referente en tanto en cuanto y a pesar de que esa vida añorada que se ha convertido en ruido nos es sacrificada por el poder y el dinero más que nunca. Esa suposición que hizo ver a Gatsby, el personaje de Scott Fitzgerald, desde su lado gringo, que Dios es como un anuncio publicitario, aquí nos llega únicamente a través de las redes sociales que varios pobres diablos dicen consultar para ver de qué pie cojea cada cual.

Englobada dentro de las alianzas políticas actuales entre el PRI (Partido Revolucionario Institucional), el PRD (Partido Revolucionario Demócrata) y el PAN (Partido de Acción Nacional), se cuenta a partir de dos puntos de vista enfrentados, tanto la vida sentimental como laboral de Martin Ferrer, abogado obsesionado por buscar y buscarse en el senador Luna Braun; recién divorciado y casi destruido por su ex que utiliza a su hija Matilda para zaherirlo aún más, y de Julio Rangel, periodista y tertuliano televisivo capaz de todo con tal de conseguir las ansiadas investigaciones periodísticas actualizadas de Beatriz (nueva amante de Ferrer) en las que se delatan las corruptelas y complicidades que en torno a cursos fraudulentos (no sólo en su forma) de autoayuda han hecho lucrarse a Luna y otros grandes dirigentes nacionales.

Estos dos personajes, Krauze consigue mimetizarlos de tal modo que toda humanidad se pierde, esa humanidad con la que quizás soñaba Rulfo siquiera reivindicativamente, de tal modo que los intrépidos, cortísimos y cortantes diálogos que nos llevan por la trama, nos los muestran como dos tremendos y desquiciados saboteadores del otro y de sí mismos. A su vez, tanto Ferrer como Rangel también dialogan, se emborrachan, fornican con prostitutas y bromean a veces sin saber que lo hacen con otros seres semejantes que o bien han dado por perdida o ganada una batalla vital que ya no tiene sentido, y si se encuentra está a veces lejos incluso de la supervivencia como tal.

Ese “para hablar en privado hay que estar en público” que Rangel atribuye en un principio a su colega Catalino Barrientos, ya dice bastante de la calaña de los periodistas mexicanos, que, sin arrimarse tanto al poder, simplemente no existirían. Ambos perdidos, ambos acomplejados, sirva también su testimonio de juventud, para entenderlo: “El gusto de una buena revancha rinde una semana, regreso a ese estado de ánimo porque lo necesito” y luego compara esa necesidad con la adrenalina o el sudor necesario de quemar calorías en un gimnasio.

Que estos personajes den esa impresión más de estar muertos que vivos, no coincide más que con una sensación que desde las altas instancias imbuye el presente, y esto lo expresa muy bien Beatriz en la olvidada por todos crónica central: “Lo único que importa es despojarnos de la tierra que nos pertenece”. Tanto llega a ser esto así que se ironiza con la figura de Gandhi como única posible referencia hacia la mejora, una broma muy negra.

Incorpora asimismo el libro un glosario de términos para no perderse entre palabras que al lector le pudieran llevar a equívoco con respecto al español de México.

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