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TRIBUNA

La 'épica' de la violencia

Alejandro San Francisco
lunes 01 de marzo de 2021, 20:22h

Las imágenes de violencia que hemos visto en España al finalizar febrero de este 2021 deben llevar a una reflexión muy seria en el ámbito intelectual y político. Un estallido de furia y desorden ha caído sobre Barcelona, donde algunas turbas comenzaron a manifestarse por temas tan diversos como la libertad de un rapero, la petición de regulación de los precios de alquiler, una reforma laboral o la excarcelación de los líderes del procés, entre muchas otras demandas.

Se mezclan reivindicaciones separatistas con otras de carácter económico-social, algunas de ellas son contingentes y otras de más largo plazo. Sin embargo, el problema no radica en las demandas puntuales o en la ideología de quienes se manifiestan; tampoco resulta relevante a esta altura el valor de algunas de las propuestas específicas o los destinatarios de las protestas. El tema que se ha instalado en la agenda ha sido precisamente la violencia desatada, la destrucción de locales comerciales, el incendio de bienes muebles e inmuebles, así como el saqueo de tiendas y otros incidentes que rápidamente han cambiado el cariz de la situación que vive España. No cabe duda que entre quienes protestas muchos obran con un afán destructor e incluso deseos de lograr algún bien en los saqueos, pero es posible que otros hayan descubierto la épica de la violencia, el deseo de cambiar la sociedad y la convicción de que el uso de la fuerza les permitirá lograrlo en el corto plazo: quizá sueñan estar haciendo la revolución.

Las reacciones políticas no han tardado en llegar. El presidente Pedro Sánchez ha condenado los “inaceptables los actos de vandalismo y violencia que está sufriendo esta noche Barcelona”; el líder opositor Pablo Casado se ha referido a “una noche más de terrorismo callejero”, denunciando la pasividad de la Generalitat y el ayuntamiento de Barcelona, así como la existencia de complicidad dentro del gobierno de Sánchez. En duras expresiones a través de su cuenta de Twitter, Santiago Abascal afirmó que Sánchez es “el único capaz de aceptar en su gobierno a los promotores del terrorismo callejero”, mientras los máximos dirigentes de Podemos han permanecido en general ajenos a este debate. Todavía está por verse cuánto hay de retórica y cuánto de convicciones profundas a la hora de enfrentar los atentados a la democracia y al estado de derecho.

Hay muchas razones para actuar con violencia en la vida social y política. Desde luego, influyen las convicciones ideológicas, muy asentadas en los movimientos totalitarios que llegaron al poder en las primeras décadas del siglo XX. Se puede pensar también que es un último recurso, ante un sistema político ciego y sordo frente a las necesidades de una sociedad, quizá una reacción desesperada. Sin duda también son importantes algunas orgánicas juveniles y de otros grupos, que se organizan y trabajan utilizando la violencia casi de modo identitario. Conviene recordar que hay ciertas dinámicas políticas que contribuyen a la proliferación de la violencia, la expansión de los odios e incluso el uso de las armas, en forma de golpe de Estado, guerra civil, el terrorismo o revolución, que en el caso español felizmente forman parte de la historia. En todos los casos –por razones ideológicas o prácticas– la violencia desempeña un papel importante y adopta una dinámica propia, que no responde necesariamente a las primeras manifestaciones, sino que se va extendiendo de forma imprevista, creciente y dramática.

El siglo XX es un gran ejemplo, ciertamente doloroso, de la multiplicación de la violencia política en sus formas más extremas, como prueban las guerras civiles e internacionales, los estados totalitarios, las revoluciones armadas, los golpes de Estado o la violencia social que estalló en los distintos continentes y por las más diversas razones. Además es necesario recordar que muchas veces la violencia surgió dentro de las sociedades democráticas, y en ocasiones en contra de las propias democracias, que se organizan precisamente para resolver por medios pacíficos los conflictos y las diferencias que existen en la vida social. Junto a la realidad de la violencia, se multiplicaron las justificaciones de la misma –incluso su idealización o glorificación–, por exigencias de la revolución, necesidad de independencia, lucha contra las dictaduras, así como por motivos religiosos, políticos y por intereses personales o grupales.

En el caso de la actual violencia en Barcelona –también en otros lugares del mundo– existe la posibilidad de mirar el problema como la mera expresión de rabia, de manifestaciones irracionales de grupos extremos o simples hechos de la vida social. Sin embargo, el problema necesariamente es más profundo, y podría ser que estemos frente a expresiones políticas con sentido ideológico, que sencillamente han optado por la violencia como método de acción política. Lo resumía muy bien Hannah Arendt en su interesante ensayo Sobre la violencia: “La violencia, siendo por su naturaleza un instrumento, es racional hasta el punto en que resulte efectiva para alcanzar el fin que deba justificarla. Y dado que cuando actuamos nunca conocemos con certeza las consecuencias eventuales de lo que estamos haciendo, la violencia seguirá siendo racional solo mientras persiga fines de corto plazo” (uso la versión contenida en Crisis de la República, Madrid, Editorial Trotta, 2015). No se trata de justificar el uso de la violencia, sino de comprenderla en su dimensión política y sus efectos específicos en un momento histórico dado.

En cualquier caso, es preciso comprender el momento histórico que viven distintas sociedades en las cuales han proliferado los incendios provocados, la agresión a funcionarios policiales y la destrucción y saqueo de locales comerciales. Habitualmente los violentistas, rebeldes, “idealistas” de ocasión o terroristas están convencidos de la legitimidad de sus acciones y destrucciones contra el sistema democrático, lo cual no representa novedad: están convencidos que su proyecto y los medios escogidos tienen cierta épica que trata de sublimar sus causas aunque ellas tengan una dinámica disolvente. Lo más complejo ocurre cuando líderes políticos, periodistas o intelectuales legitiman el uso de la violencia, la justifican con argumentos que casi siempre son de conveniencia, acorde a los intereses propios de la lucha por el poder: es probable que en esos casos la descomposición del sistema político haya ingresado en un peligroso camino.

Conviene estar atentos al momento que está viviendo España. “Vandalismo”, “violencia” o “terrorismo” –fórmulas que se han usado para describir los ataques que se han desarrollado– no son fenómenos que simplemente se puedan mirar de lejos, denunciar para las cámaras y seguir como si nada hubiera pasado. Es posible que el problema social sea mucho más profundo y, por lo mismo, es necesario atenderlo con toda su gravedad, antes que sea demasiado tarde.

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