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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Viejo amigo Cicerón, de Ernesto Caballero: contra el resentimiento como motor de la Historia

El actor José María Pou durante la obra.
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El actor José María Pou durante la obra.
domingo 14 de marzo de 2021, 12:17h

A través de la figura del insigne orador romano y los sucesos que vivió, esta necesaria y brillante obra de Ernesto Caballero nos interroga con cuestiones fundamentales de nuestro presente.

Viejo amigo Cicerón, de Ernesto Caballero


Director de escena: Mario Gas

Intérpretes: José María Pou, Alejandro Bordanove, Maria Cirici

Lugar de representación: Teatro La Latina (Madrid). Gira por España

En el verano de 2019, en el majestuoso marco del teatro romano de Mérida, vio la luz por primera vez este drama, Viejo amigo Cicerón, que, por fortuna, tras las azarosas vicisitudes pandémicas, ahora recala por fin en los escenarios de las ciudades españolas para que un público mucho más amplio disfrute y afronte unos dilemas político morales que abrumaron el final de la República de Roma en su tránsito hacia la fórmula autoritaria del Imperio, y que tuvo como máximo crítico al filósofo y jurista Marco Tulio Cicerón, sumido en unas disyuntivas no muy lejanas a las controversias ideológicas y tensiones sociales que vive hoy por igual tanto España como el conjunto de Occidente. Una fascinante peripecia de hace dos mil años, muy reveladora de ciertas convulsiones del ser humano y de los mecanismo del poder político, que iluminan patologías del más inmediato presente.

Ya en su estreno en el Festival emeritense, antes de iniciarse la función, destacaba un singular conflicto escenográfico. El trasfondo del monumental coliseo romano, con sus columnas de mármol, frisos y esculturas de divinidades grecolatinas presididas por la talla de la diosa Ceres, abrazaba en su interior un espacio escénico de índole bien distinta: una gran biblioteca con libros contemporáneos. Se trataba de un contraste lleno de significado. A la vida de Marco Tulio Cicerón, así como a su tumultuosa época, solo podemos acceder a través de los volúmenes custodiados en una biblioteca actual. No es posible retroceder ingenuamente a aquel universo, y el autor, Ernesto Caballero, renuncia a recrear la fisonomía externa de aquellos pobladores, su arquitectura, sus túnicas, sus adornos, sus singularidades costumbristas, con el propósito de alcanzar su esencia mediante los libros depositados en sus anaqueles. Alguien podría dejarse ganar por la frustración de no disponer de un acceso directo, es decir, la típica ilusión de revivir de forma instantánea aquellos acontecimientos. Pero no es ese el espíritu de Viejo amigo Cicerón, pues la intermediación de los libros representa el ideal humanista del conocimiento a través de la lectura, que en sí misma encarna las virtudes analíticas que suelen faltar en el tropel de sucesos en el momento en que estos ocurren. En beneficio de estos valores, el dramaturgo recupera una de las célebres máximas ciceronianas: “Los libros son los únicos amigos que no traicionan”.

Cuando en el teatro los espectadores contemplen esta gran biblioteca, deberían tener en mente también la arquitectura romana del coliseo de Mérida en el trasfondo, pues los tomos de sus textos constituyen el único túnel mágico que nos puede remitir a otra época y otra vida. Un viaje fantástico cuyo placer se enriquece con valiosísimas conclusiones desde las que interpretar nuestra propia existencia. En la gran mesa central de la biblioteca, un joven estudiante actual duerme abrumado por las lecturas contrapuestas sobre Marco Tulio Cicerón, mientras alguien entra de forma discreta para devolver un libro, despierta al muchacho y se presenta a sí mismo como: ¡Marco Tulio Cicerón! Se trata de uno de esos deslumbrantes juegos malabares que caracterizan la dramaturgia de Ernesto Caballero, donde pasado y presente, realidad y ficción, quedan trenzados entre sí en un nudo de asombrosas implicaciones. Nuestra imaginación vuela, y nos sugiere innumerables posibilidades. Este sabio intruso -interpretado magistralmente por José María Pou-, quizá no sea más que un sueño de ese confuso estudiante, un producto de la somnolencia para procurar poner orden en su cabeza perpleja. Pero también pudiera ser, por el contrario, un simple loco cuya paranoia ha desembocado en creerse que es nada más y nada menos que Cicerón. Del mismo modo que podría tratarse de un ilustrado y cáustico erudito que juega a representar al autor de las Catilinarias para poner a prueba, y ofrecer una brillante lección socrática, al estudiante y su compañera. Aunque tampoco cabe descartar que nos encontremos ante una presencia fantasmal del propio Marco Tulio. Pues a fin de cuentas desde los mismos orígenes del teatro ha sido una constante la aparición escénica de espectros que retornan para recordar una verdad oculta. No olvidemos la espectral llegada de Darío en Los persas, de Esquilo, para narrar desde la muerte cuáles fueron sus errores y demandar a los vivos que no los vuelvan a repetir.

Sea cual sea la respuesta de la imaginación del público, ese enigmático personaje que pudiera ser una cosa o la otra, cumple no obstante igual misión que el fantasmal Darío de Esquilo: revelar los errores catastróficos que se tienden a omitir, comunicar las equivocaciones personales que el orgullo le impidió reconocer en vida, avisarnos de que nada está escrito de antemano y que resulta perentorio no caer en idénticos yerros que causaron tanta sangre y dolor en el pasado. Por ello Viejo amigo Cicerón, no presenta al cónsul y prodigioso orador romano como una efigie mitificada. Desde que Petrarca rescató su obra, abriendo camino al humanismo renacentista, Marco Tulio Cicerón fue juzgado por los intelectuales occidentales como un incorruptible defensor de las libertades de la República romana. Sin embargo, Ernesto Caballero nos los muestra como un ser de carne y hueso, nada endiosado, alguien que duda y teme, y que una vez ha pasado todo, se empeña en un autoexamen sin cortapisas de sí mismo para dilucidar aquellos desaciertos que favorecieron la extinción de la era republicana y la llegada al poder del autoritarismo imperial que ya dominó a Roma hasta su caída.

En esta revisión, el estudiante accede a encarnar a su esclavo Tirón, y su compañera a Tulia, su hija, interpretados con solidez por Alejandro Bordanove y Maria Cirici. Ambos transitan desde el más cercano presente al más remoto pasado con una divertida versatilidad, permitiendo al intempestivo Cicerón de esta pieza revivir las pasiones pretéritas para acto continuo meditar sobre ellas de forma desapasionada y lúcida de donde se desprenden lecciones lanzadas a nuestra vida contemporánea. José María Pou realiza esta espiral de metamorfosis con una naturalidad pasmosa, en un ejercicio de dominio escénico asombroso. Un perpetuo pulso en situaciones extremas, resuelto con una sencillez magistral.

Su primer enorme error lo detecta justo en el desenlace de su primer gran éxito. Marco Tulio Cicerón desempeña un papel decisivo en la desarticulación de la conjura de Lucio Sergio Catilina, que a través de un frenético populismo, se había atraído a una multitud de descontentos para acabar con la República e imponer una dictadura personal. Logró que los más encumbrados conspiradores que seguían a Catalina fuesen ejecutados, paso imprescindible a la derrota del aspirante a tirano. Aunque el Cicerón histórico exhibiese con orgullo su acierto al salvar los valores republicanos, ahora, en su autoanálisis, se aflige por haber ajusticiado a los conjurados sin someterlos a un juicio previo. Este cargo de conciencia que le atormenta no es una cuestión menor, pues se trata de una acción donde se salta las leyes pasando de hacer justicia a realizar una venganza. En ese aspecto, su comportamiento se aproxima al de los enemigos que combatía. Cuando la acción obedece a pasiones personales y no se encauza mediante las leyes institucionales, la justicia no se distingue de la simple represalia de un caudillo. Defendiendo la República, la traicionaba, abriendo las puertas a las aspiraciones de otros déspotas más feroces que Catilina, como en efecto fueron de forma sucesiva Julio César, Marco Antonio y Octavio.

Más aún, su posible intervención en la intriga para asesinar a Julio César repetía la misma virtud donde se cobijaba idéntico error: poner a salvo la libertad republicana, pero haciendo uso de métodos criminales propios de los déspotas. Y ese furor que ahora genera en él una profunda mala conciencia, en vez de salvaguardar el libre albedrio, solo engendrará una espiral de violencia donde el triunfo está reservado al líder criminal más despiadado. Las instituciones que sostenían la libertad estaban así internamente heridas de muerte.

La obra expresa esta autoinculpación a través de un sueño del gran orador análogo -y a la vez divergente-, a la última estremecedora escena de Ricardo III, de William Shakespeare. En esta, el tirano Gloucester contempla, durante una pesadilla previa a la gran batalla final, a todas y cada una de las víctimas que ordenó matar, en un desfile macabro en el que cada una de ellas le recuerda el crimen y le sentencia a ser derrotado en el combate que se iniciará con la aurora. Cicerón también contempla similar cortejo, con idénticas recriminaciones de sus víctimas: Catilina, Julio César, o los herederos de este, Marco Antonio y Octavio. Solo que aquí los inmolados no son víctimas inocentes, sino depredadores humanos de una fiereza bárbara. La hábil dirección escénica de Mario Gas alcanza aquí un momento logradísimo, al proyectar sobre las paredes de la biblioteca, ocultando lo volúmenes, los rostros gigantescos de estos endiosados aristócratas, reprochando las culpas ciertas de Cicerón, a la vez que autojustifican sus actos criminales. Frente al insigne orador, las bocas de estos sátrapas recuerdan las fauces del Saturno de Goya devorando a uno de sus hijos. La filmación expresionista de sus fisonomías, nos evoca a su vez aquella serie de lienzos de Francis Bacon inspirados en el retrato del Papa Inocencio X, de Velázquez, donde tras el aparente señorío y majestad del rostro, se trasparenta la insaciable ferocidad de una bestia inhumana. Todos ellos, en efecto, responsables de crímenes monstruosos, encubiertos por panegíricos pagados con oro. Ante ellos, la escrupulosa autoinculpación de Marco Tulio resulta poca cosa, pero persiste el gran reparo de no haberlos combatido solo con la ley a través de las instituciones. Pues vencidos por esa vía, la espiral de venganzas quizá no habría demolido desde dentro a la propia República.

La reflexión crítica de Cicerón -sea este la quimera de un sueño, el aquejado de un trastorno de identidad disociativo, un docto y travieso sabio, o una reencarnación dispuesta a recrearse en el juego escénico-, que comparte con los dos estudiantes, es decir, su esclavo Tirón y su hija Tulia, va más allá de sus posibles culpas personales al dictaminar las causas últimas de la impotencia de la República frente a sus enemigos. Todo apunta a que Pompeyo y él mismo se pertrecharon en la defensa de la legalidad sin atender a los motivos de la desafección de las masas hacia sus gobernantes. Sentencia: “Es peligroso un pueblo que se siente abandonado o que nada tiene que perder”. Desdeñado y ofendido, se dejará guiar por los impulsos más irracionales del rencor colectivo. Contemplando las vicisitudes en su conjunto, confirma que “el resentimiento de las almas heridas es lo que en realidad mueve la Historia”. Perder esto de vista es el inicio de toda decadencia, el principio del fin da la convivencia.

La idea de que el resentimiento constituye el impulsor más implacable de los sucesos históricos, es una rotunda afirmación de Alexis de Tocqueville a propósito de su diagnóstico de la Revolución francesa, sin dejar de lado los textos ciceronianos sobre la violencia civil. Algo que por cierto hizo a Nietzsche situar el resentimiento del débil -en su Genealogía de la moral-, como el punto de partida de la moralización de los valores, lo que provocó una acertada réplica de Karl Jaspers desautorizándolo. Pero nuestro Cicerón, pionero de estas tesis, no se adentra en estas especulaciones. Solo comprueba que la demanda primaria e irreflexiva de dignidad, sin una gestión inteligente, desata el furor cainita. Sin él, los dictadores no tendrían ninguna oportunidad de imponer su irrevocable imperio. Los heraldos que allanan su camino divulgan discursos demagógicos, sembrando el odio en el magna colectivo, con palabras y máximas que los ciudadanos emplean para apuñalarse entre sí. Desatado el cainismo, la ley se ve desbordada, y la masa termina por confiarse a un salvador que se conduce como un Dios implacable a sangre y fuego.

Todos los esfuerzos de Cicerón resultaron infructuosos y su persona fue cazada en plena huida a la salida de un bosque. Su cabeza y manos cortadas remitidas a una sede imperial dominada por el odio. Su lengua detestada agujereada e injuriada. Y su cabeza cercenada expuesta al escarnio público, concitando el espectáculo más asistentes que los reunidos para oír sus discursos.

Constata, ya sin ira, ante el auditorio, este triunfo del resentimiento criminal administrado por demagogos sin escrúpulos, y confiesa a Tirón y Tulia su ingenuidad juvenil al creer que las libertades de la República, una vez conquistadas, estaban a salvo eternamente. Solo tras estas revelaciones es cuando Cicerón se encara con nosotros, frente a frente a los contemporáneos de hoy. Conociendo los funestos hechos históricos que acaba de revivir, ¿realmente pensamos que nuestras libertades democráticas están aseguradas de forma perpetua? ¿La simiente del resentimiento no trabaja desde sus propias entrañas para destruirlas? ¿Nos podemos permitir desconocer lo que ya sucedió? Quizá la violencia germine con nuevas máscaras y los destructores de la democracia se presenten como supuestos adalides de la libertad. Sembrando el odio, alimentando el resquemor, socavando los tribunales y los parlamentos, coaccionando a los medios de comunicación independientes, intimidando a los disidentes con etiquetas denigratorias, desencadenado la muerte civil de aquellos que no se plieguen a las consignas lanzadas como armas. Si el rencor cainita triunfa con estas estrategias, la violencia posterior será avasalladora e irreversible.

Llegado a este punto, Cicerón no se lamenta del pasado ni de su trágica experiencia. Ya nada puede cambiarla. Su esperanza consiste, por el contrario, en que su conocimiento nos permita no repetirla. Desde dos mil años atrás, su increpación alcanza pletórica de firmeza a los espectadores que hemos contemplado su trayectoria vital, diciéndonos a la cara: “Una vez reconocidos los derechos de cada individuo, deberíamos preguntarnos: ¿qué podemos hacer juntos?” Y esta gran interrogación resuena en la cabeza del público mucho después de acabar la función.

Significa no dejarnos embarcar en la política del resentimiento, ni abandonarnos a un guerracivilismo que solo encubra a opresores en la cúspide del poder. La causa de que este drama se repita una y otra vez estriba en que con mucha frecuencia olvidamos cosas que una vez supimos. Los sueños con los ojos abiertos de obras como Viejo amigo Cicerón, vienen a subsanar esa malhadada amnesia con el fin de obligarnos a reaccionar a tiempo.

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