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Novela

Delphine de Vigan: Las gratitudes

domingo 21 de marzo de 2021, 18:15h
Delphine de Vigan: Las gratitudes

Traducción de Pablo Martín Sánchez. Anagrama. Barcelona, 2021. 176 páginas. 18, 90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Francisco Estévez

La francesa Delphine de Vigan gracias al éxito cosechado en relevantes premios del país vecino ha conseguido buenas ventas que le permitieron profesionalizar la escritura. Vuelve ahora a la palestra con un estilo sencillo desprovisto de cualquier alarde pero rozando la planicie, que trata temas de relieve contemporánea, sin embargo, con cierto efectismo sentimental. Aquí tratará de los últimos meses de vida de una anciana enferma de extraña afasia que comienza primero a confundir y después olvidar las palabras, lo cual no le impedirá realizar una auténtica epifanía, recordar a su vecina y al logopeda que la cuida, la importancia de la gratitud, en definitiva de decir gracias. Con dos voces narrativas, alterna lo oculto y lo explícito, simbolizadas de alguna manera por Marie, la vecina de casa, y Jérôme, el logopeda, que quedan unidos estrechamente a Michka Seld, la protagonista. Todo sea dicho, si leyéramos en clave autobiográfica, ambas mujeres bien pudieran representar la bipolaridad de la madre de la autora cuya enfermedad la arrastró al suicidio (atiéndase esa excavación de la memoria propuesta en Nada se opone a la noche, aparecida en nuestro país en el mismo sello en 2012).

Cómo llenar de sentido y volver a la vida una expresión tan manoseada y vaciada de contenido como es el agradecimiento. Cuáles son las palabras adecuadas y justas, representan una búsqueda incesante, como el propio estilo de esta novela breve, austera y concisa, deseosa de significado pero acaso con un éxito limitado, cercenado a lo previsible y socialmente valorado. Si Las gratitudes desea ofrecer junto a la anterior novela Las lealtades un friso de los sentimientos humanos, para ello debiera haber mostrado la lengua como una posibilidad activa de victoria frente al silencio, respecto a las fatigas y las ternuras que implican la ancianidad, de otra forma, la búsqueda incansable del sosiego a través de la plenitud, en fin temas todos que asedian el asunto central de la conciencia humana, y que aquí parecen desvaídos apenas trazados de manera acuosa por decirlo con metáfora manoseada pero aún de posible eficacia.

Ciertamente la gratitud es un argumento mayor de la actualidad sobre el que reflexionar. Pero alrededor de él la autora de No y yo (2007), podría haber asediado la cuestión de la superpoblación mundial, apenas sugerida (p. 21), o de la ancianidad que subyace a la afasia y otras enfermedades de la edad como el Alzheimer, verdaderamente uno de los grandes temas de calado de nuestra sociedad, tan narcisista ella, que condena y esconde a sus mayores a los arrabales geriátricos de la misma. Además de la afasia, la residencia de Tercera Edad -digámoslo sin eufemismo- el geriátrico y la vejez son temas sobre los que pasa de puntillas la novela desperdiciando una y otra vez posibilidades de levantar vuelo. Acaso el episodio de la discusión con la directora (pp. 67-69) del geriátrico y alguna reflexión suelta de Jerome: “Envejeces es aprender a perder” que recuerda aquel eco heideggeriano por el cual el hombre es un ser para la muerte, indispensable antagonista de nuestra vida y a la postre pérdida final.

Tampoco ha gustado profundizar en el intricado problema lingüístico más allá de esa extraña afasia y la solución que encuentra junto a Jerome, acaso las mejores páginas del texto, y de conciencia que representan las enfermedades de la edad, tales como la demencia o esa dichosa plaga del Alhzeimer (recordemos que ya puede ser detectable décadas antes cuando aún es tratable dicha lacra y carecemos de un proyecto global de investigación que permitiera librarnos en pocos años de tan cruel enfermedad).

Por el resto, no es más criticable la falta de ambición de Delphine de Vigan, sí lo es que ceñida en estricto sentido al tema, el cual podría haber sido excelente desafío literario, queda en el enésimo elogio del consuelo de algunas palabras, este y no otro es el espacio configurado por el presente texto. Aparte, todo en él permanece demasiado explícito, acariciando el formato de tesis con unos personajes algo acartonados. Más grave si cabe, al lector se le excluye del discernimiento del sentido de la obra literaria, el cual ya bien cerrado resulta imposible de desambiguar en otro aspecto. Pero aún peor, le toma por ignorante en varios asuntos, un botón como muestra (si entendemos como según parece que no ha sido el traductor quien ha puesto en cursiva las siguientes palabras): “Un zumito de manzana con una pajita y un pastelito envuelto en un plastiquito”, para indicar que es la enfermera con su tic apreciativo y afectado quien está hablando. A la altura del 2021, pero ya desde la novelas de Galdós, este tipo de errores es llanamente tomar al lector por incompetente y olvidarse de la historia literaria de los últimos 100 años, cosas veredes. Por otra parte, el minimalismo del que hace gala el texto no ha conseguido frenar cierto sentimentalismo. Estamos ante literatura que gasta pólvora con tiro fallido en una diana mayor, propio para personas poco exigentes pero hambrientas de ligero dramatismo y raudales de emoción.

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