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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Estado B, de Jordi Casanovas: el lastre suicida del dinero negro

Estado B, de Jordi Casanovas: el lastre suicida del dinero negro
domingo 28 de marzo de 2021, 14:12h

La famosa obra “Ruz-Bárcenas”, producción de Teatro del Barrio, se reformula y actualiza ahora con gran acierto para desembocar en “Estado B”, inyectándole una lograda tensión dramática.

Estado B. Kitchen/Ruz-Bárcenas, de Jordi Casanovas

Director de escena: Alberto Sanjuan con la colaboración de Pilar Gómez

Intérpretes: Pedro Casablanc, Manolo Solo

Lugar de representación: Teatro del Barrio (Madrid). Gira por España

Por Rafael Fuentes

La ya célebre pieza de Jordi Casanovas, Ruz-Bárcenas, más conocida popularmente como Bárcenas, retorna a los escenarios españoles rebautizada con el título Estado B. Kitchen /Ruz-Bárcenas. Un cambio respaldado por la inclusión de nuevas escenas, justificadas a su vez por los nuevos procesamientos judiciales y revelaciones inéditas en torno al antiguo tesorero del Partido Popular (PP), Luis Bárcenas. Una ampliación que sin duda beneficia y añade mucho valor dramático a la obra original. Ese primer Bárcenas se remontaba al año 2014. El dramaturgo catalán, autor de numerosos dramas políticos como Transición, Idiota o Jauría, se sintió entonces espoleado por la publicación en la prensa de los apuntes manuscritos de la entonces supuesta “Caja B” del partido de Génova 13, y, más aún, por la rectificación en 2013 del extesorero ante el juez Pablo Ruz, desdiciéndose de la línea mantenida hasta ese momento. Si antes había sostenido en sede judicial que la financiación del partido se atuvo escrupulosamente a la ley, ahora, una vez encarcelado en Soto del Real, tomó la decisión de desdecirse de sus declaraciones iniciales para admitir que había sido testigo y protagonista de cobros de grandes partidas económicas a empresarios con el fin de financiar campañas electorales, sobrepasando todos los límites legales establecidos y sin pasar ningún registro de cara a las retribuciones a la Hacienda pública. Junto a ese primer fraude, la declaración de Luis Bárcenas incorporaba otra no menos explosiva en términos políticos: parte de ese “dinero negro” se empleó en pagar sobresueldos los altos cargos de la formación, en sobres con billetes de quinientos euros, defraudando así las correspondientes obligaciones de impuestos. La acusación afectada al recién elegido presidente del Gobierno Mariano Rajoy.

Ante la controversia desatada en aquel instante sobre la veracidad o no de tan demoledoras manifestaciones, Jordi Casanovas decidió abordar el caso a través de la fórmula de “Teatro-documento”. En síntesis, este método consiste en poner en escena testimonios ajenos a la fantasía del creador. En este caso, el autor s limitó a sintetizar las preguntas del juez Ruz y las rotundas respuestas de Bárcenas desde el banquillo de los acusados.


Al margen de las conclusiones políticas que tan escueta exposición de hechos origina entre los espectadores -propósito último de la representación-, el más destacado valor de lo estrictamente escénico de esta pieza, radica en la memorable interpretación de Pedro Casablanc encarnando a Luis Bárcenas. Limitada, en apariencia, su capacidad expresiva al verse obligado a permanecer en la silla ante un gran micrófono, logra sin embargo trasmitir con formidable eficacia el carácter de su personaje. El tajante y perentorio aplomo de sus réplicas a Pablo Ruz, la rocosas impasibilidad con que rectifica lo que antes había dicho, la autoritaria impaciencia ante las dudas del magistrado que le está tomando declaración, las miradas de reojo al público que le rodea, tan inquisitivas como despóticas y despreciativas al unísono, configuran el perfil riguroso de la personalidad que subyace más allá de las palabras que pronuncia, sean estas verdades incontrovertibles o patrañas producto de negociaciones bajo cuerda.

En la propuesta actual de Casanovas, este retrato profundo, navegando entre medias verdades e imposturas, ocupa solo el primer tramo del drama. El talón de Aquiles de esta primera sección, donde se compendia la primera versión de este “Teatro-documento”, estriba en la ausencia de cualquier pulso entre el juez y el inculpado. Aunque en los resúmenes del montaje se hable de un “careo” entre ambos, y pese a que el título primitivo se enuncie como Ruz-Bárcenas, sugiriendo un duro cara a cara entre ambos, donde luchen la justicia y el delincuente, la verdad contra el falsificador, la integridad contra el corrupto, en realidad nada de eso se ve en la puesta en escena. De hecho, solo escuchamos preguntas monótonas por parte del representante de la ley, que se suceden de un modo neutro y burocrático, como si las respuestas ya estuviesen acordadas de antemano. En ningún momento percibimos un intento de indagación más allá de las afirmaciones enfáticas del reo, no se exploran sus contradicciones ni se inquiere sobre las razones de cambio de postura tan radicales. Y como no existe ninguna clase de presión por parte del togado, tampoco constatamos ninguna evasiva por parte de Bárcenas, ningún subterfugio ni circunloquio. Entre ambos no se produce tensión dramática alguna ni conflicto de intereses o propósitos antagónicos, con lo que la anunciada acometida entre los dos se esfuma y la teatralidad se desploma, dejado únicamente en pie el interés periodístico, meramente informativo, de lo dicho en la sala.

Esta enorme carencia de dramatismo quizá sea producto de la escrupulosa sinceridad de Jordi Casanovas. Desde sus orígenes, el “Teatro-documento” se construye, en efecto, a partir de documentos auténticos, pero que también son seleccionados y ordenados con arreglo a un combate genuinamente escénico. Es de sobra conocido de qué modo el creador del género, Georg Büchner, en La muerte de Danton, recurre a fuentes documentales diversas, como publicaciones de publicaciones coetáneas al Terror revolucionario capitalizado por Robespierre, o aportaciones incontrovertibles de historiadores como Adolphe Thiers. Sin embargo, Büchner toma de un lado y de otro para armar un brillantísimo collage en el que la tragedia clásica es desbordada por el nihilismo de los impulsos, las determinaciones autodestructivas o la angustia de los que se saben condenados a la guillotina por las mismas ideas y principios políticos que guían su propia actuación histórica. Los documentos en los que se basa Georg Büchner son objetivos, pero el resultado final de su pieza no es otro que un conflicto trágico moderno que no estaba expresado en los escritos que le servían de partida. En Ruz-Bárcenas, el dramaturgo catalán se ciñe tanto al interrogatorio estrictamente administrativo del juez Pablo Ruz, de forma puntillosa, que no logra articular un drama ni superar lo funcionarial del sumario que le sirve de apoyo.


Cariz muy distinto posee la segunda parte del espectáculo estrenado ahora, sin duda propiciada por los asombrosos giros y golpes de efecto experimentados por esta causa judicial, junto a otras paralelas, concomitantes o que presentan intersección con ella. Sentencias de la Audiencia Nacional y del Tribunal Supremo han confirmado la efectiva existencia de una contabilidad B en dinero negro del PP en la época de Bárcenas. Sin embargo, este ha sido incapaz de aportar pruebas validas para encausar a antiguos compañeros de militancia. El soberbio tesorero se ha rectificado a sí mismo en innumerables ocasiones, hasta el punto de que un hipotético drama documento que pusiera a tres o cuatro Bárcenas en distintos momentos procesales mostraría un conflicto infinitamente mayor consigo mismo que el percibido ante el juez Ruz, por más que su aparente contundencia distinguía una versión y la contraria. Sospechosamente, sus feroces acusaciones apuntaban siempre hacia sus enemigos íntimos dentro de la organización a la que perteneció, eludiendo como por arte de magia a otros protegidos por la fidelidad o el miedo. ¿Ha pactado una venganza en clave personal, dentro de esta confusísima trama? ¿Trata con ello de poner a salvo la inaudita fortuna que escondió en el sistema bancario de Suiza? Más de una vez, la ciudadanía ha observado cómo las penas de reclusión son un mal menor para los ladrones a gran escala, si a cambio logran conservar el inmenso patrimonio sustraído.

Esa experiencia hace pensar a muchos que el verdadero castigo y reinserción de este tipo de delincuentes sería la devolución íntegra del capital amasado, y que solo una vez devuelto a las arcas públicas podría contemplarse una colaboración del maleante de altos vuelos en el esclarecimiento de estos delitos. Pero nada de esto ha sucedido con Luis Bárcenas -en consonancia con otros egregios precedentes-, pues de su pasmoso patrimonio lejos de nuestras fronteras no sabemos todavía nada. Ni su procedencia ni la razón de su gigantesca cuantía, ni si el Estado podrá o no reclamarlo. Aún, después de ampliada la obra de Casanovas, se ha orquestado una nueva ronda de comparecencias del personaje, ahora judiciales y parlamentarias, auspiciadas bajo el ridículo epígrafe de “Las Confesiones de Bárcenas”. ¿Confesiones? ¿Cómo las de san Agustín o Rousseau? Se quiere fingir que estas sí poseen una auténtica veracidad, como si fueran la purga de un alma contrita ante su inmensa culpa. Operación político-mediática ante la que solo cabe soltar la carcajada. Bárcenas se vuelve a contradecir, y alguien que conocía desde el principio la maniobra la etiquetó de “confesión” porque sabía de antemano que la tormenta de acusaciones carecía de la más mínima evidencia probatoria. Si el ya célebre tesorero quisiera iniciar una auténtica confesión que comience a explicar cómo y por qué empezó a robar, que aclare con detalle cómo acumuló la hacienda oculta en Suiza, haga un ejercicio de contrición y devuelva el dinero protegido por las montañas y las cajas fuertes helvéticas. Solo entonces comenzaría a recobrar algo de credibilidad.

Mientras tanto, otros casos incluso más graves, empezaron sus procedimientos en los juzgados españoles. Uno de los más relevantes en torno a Bárcenas es el bautizado como “Kitchen”, donde se investiga el presunto robo al tesorero y su familia de pruebas que certificaran sus acusaciones, utilizando los servicios de seguridad del Estado en defensa de un grupo de políticos entonces al frente del Gobierno. De probarse de forma fehaciente, sería algo sin duda demoledor. Jordi Casanovas se ha centrado, con acierto, en su versión renovada del drama, en esta intriga, constituyendo la segunda parte de la pieza. Ahora la base documental ya no se sustenta en ningún sumario, sino por el contrario en una grabación de sonido donde el comisario José Manuel Villajero presiona al chófer de Bárcenas, Sergio Ríos, para que sustraiga materiales brutalmente comprometedores. Recurrir a esta evidencia para continuar desarrollando el “Teatro-documento” implica un doble tino del autor, ahora con plenitud de índole dramática. La pieza, que serpenteaba sin pulso, recobra de forma repentina toda su viveza escénica. No estamos ante un tedioso peloteo de preguntas y réplicas, sino que los personajes inician una taimada partida empleando cada uno de ellos sus particulares armas. Pedro Casablanc da un triple salto mortal para meterse casi por arte de magia en la piel del escurridizo Villajero. Ante el angustiado Sergio Ríos, ahora sí interpretado con enorme habilidad por Manolo Solo, Villajero despliega, según la ocasión, todas las armas de un rey de las cloacas del Estado. Sobre todo, la mentira, acompañada siempre de la impostura de una falsa camaradería cañi. También el halago, la amenaza, el premio o la promesa. Frente a él, el desasistido Sergio Ríos no se engaña, aunque le conviene fingir que se lo cree todo. Juega sus cartas, sustrae algo, pero no lo sustancial, presionando a Villajero para que haga realidad sus ofertas y contrapartidas mafiosas en la compra de voluntades. Un litigio soberbio, taimado, vivo, revelador. Aquí el documento dramatizado por el autor no le encorseta, sino que le sirve un material de alto voltaje dramático. Como espectador, deja con ganas de más.

A través de textos proyectados en el fondo del escenario, se reubica el conjunto de la acción, que ahora se rebautiza, de forma legítima, como Estado B. La versión inicial de hace seis años, Ruz-Bárcenas, parecía apuntar a una incriminación casi en exclusiva al partido de centro-derecha a escala nacional. Ahora, por el contrario, ese reverso oscuro del Estado arroja sus sombras también al impune Jordi Pujol y el desfalco sin límites de Convergència i Unió, a las estafas de sindicalistas e inmensas sustracciones del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), lanzando idéntica sospecha de negrura sobre la jefatura del Estado. Pareciese que todos los estamentos de la política escondiesen una cara B, donde los chantajes y tráficos de poder tuviesen como objetivo acumular ingentes cantidades de dinero negro. En unos casos ya probados en sede judicial, y en otros, con inquietantes indicios que ya de por sí generan una profunda desafección de la ciudadanía ante las instituciones y los políticos.

¿Cómo reaccionar? El autor hace gala de una gran prudencia para no ofrecer, desde l púlpito de las tablas, ninguna de las soluciones o reacciones que con toda seguridad rondan por su cabeza. Algo que se agradece. Pero no es muy difícil intuir las dos grandes líneas de reacción entre los espectadores, que no han de ser muy distintas a las del resto del conjunto de la sociedad. Una la de desear una demolición del actual sistema político arramblando a la vez con su cara A y su cara B, haciendo tabla rasa para erigir otro orden utópico, con el indudable riesgo de que una acción destructiva de esta índole sea capitalizada por demagogos, por lo general animados por ocultos programas autoritarios. La otra vía, seguiría quizá un proyecto reformista, donde se implementen medidas de trasparencia en todos los ámbitos, democratización de la vida interna de los partidos, separación más efectiva entre los poderes del Estado para que el entramado de contrapesos y supervisiones mutuas evite imposiciones corruptas.


Nada imposible, pues ya funciona en naciones europeas de nuestro entorno. Propósitos que no dejan de encerrar otros peligros catastróficos. El principal que el orden político solo finja esos cambios y los simule en un juego de simples apariencias. De producirse esto último, podrá aparentar una solución en falso, alargada en el tiempo por las inercias sociales. Pero de no ser así, una situación estancada generaría a medio plazo una implosión que una vez desencadenada, ya no cuenta con marcha atrás.

Ante un Estado B de tan graves consecuencias colectivas, se requiere que aquellos que están al frente de la jefatura del Estado, junto a los presidentes de las múltiples administraciones y los nuevos líderes políticos hoy recién llegados al poder, sean capaces de idear y ejecutar proyectos renovadores de calado, abandonando las actuales simulaciones con vistas a objetivos de cortísimo plazo por completo inútiles.

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