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Poesía

Inmaculada Lergo: El cuerpo del veneno

domingo 28 de marzo de 2021, 18:35h
Inmaculada Lergo: El cuerpo del veneno

Point de Lunettes. Sevilla, 2020. 74 páginas. 10 €.

Por Virgilio Cara Valero

En el conjunto de poemas que supone El cuerpo del veneno, la nueva entrega de la colección esquenocomo de la editorial Point de Lunettes, nada parece dejado al azar y todo, por el contrario, se intuye solidariamente unificado por la justa compensación entre la comunicación de la emoción y el firme apoyo de la experiencia crítica y los conocimientos literarios de la autora.

Inmaculada Lergo demuestra haber asimilado los tópicos poéticos y retóricos de la tradición literaria que, consciente o inconscientemente, van apareciendo tanto en la organización general del libro como en el contenido de los textos. Así, las composiciones aparecen articuladas en cuatro secciones, "En agua, o aire, o fuego", "El paso entre los árboles", "Mandarinas cuadradas" y "Lejanías entreabiertas", encabezadas por citas de autores peruanos y españoles (Carlos Germán Belli, Fray Luis de León, Antonio Machado y Francisco Bendezú) que funcionan como exordios de cada capítulo y preámbulo emocional de sus expresiones, a la vez que definen sus preferencias líricas; y, fiel también a la herencia de la oratoria, el volumen se cierra con un "Estrambote" que, en un sólo poema, “Oleaje”, resume, como tópico de la conclusión y de manera confesional, las deudas literarias y los sentimientos encontrados y expuestos en los poemas anteriores, al tiempo que se mantiene el tono cadencioso que ha ido dando forma al conjunto: "Y nunca se detiene ese oleaje / que borra con oficio milenario / el afán de mis huellas: / un día sobre el otro todo vuelve / a ser igual mañana".

Porque será esta idea, un tanto desesperanzada, sobre la imposibilidad de trascender el tiempo y el hecho de que su paso inevitable no supone sino un conjunto de derrotas para el ser humano, la que se va sucediendo en las dos primeras partes del libro, asentada sólidamente sobre los tópicos clásicos del tempus fugit, el memento mori o el de contemptu mundi: "...cuando sé / que no habrá luces ya ni habrá reverso / en el naipe del tiempo...", un tiempo de cuyo paso inexorable es consciente, que le recuerda la brevedad de la vida y ante el que poco puede oponer si no es, en algunas ocasiones, el deseo de la inconsciencia y el equilibrio: "...libérame del hilo de la araña / y del escepticismo que florece / al borde del camino / cuando los años pasan.", la necesidad de superar la aceptación pasiva: "Y siento que rumor, águila y nube / hubiera preferido ser, en vez, / de la constancia mansa de lo quieto." o, y he aquí quizá, junto al amor, el único resquicio que le permite, a través de un ejercicio metapoético, salvarse del naufragio, la pasión por la literatura: "Porque no falte sangre en el veneno / porque me quiero ahogar en esas aguas."

Será en la sección de "Mandarinas cuadradas", donde descienda la intensidad elegiaca y la poeta, acompañada ahora por un amante al que se dirige y que la acompaña, se atreva a traspasar los cristales de las ventanas, a abrir las puertas cerradas o a saltar los muros que la separan del mundo, para dar paso, después, a los poemas de "Lejanías entreabiertas", algunos de ellos construidos sobre la metáfora del otoño, como una de las edades del hombre, donde la palabra poética se hace más firme y más firme la voz que reivindica una identidad, frente a la que aparecen espejos y hologramas, que ha estado buscando a lo largo del libro: "...que me siento como un holograma / impreciso, sustituto y falso / de la realidad..." y, de una manera casi panteísta, mediante la evocación a la naturaleza, la lleve a aceptarse dentro del orden establecido del cosmos (La fruta verdadera, Otoño, Monitio o Suma teológica).

Hay venenos que matan pero, también, los hay que curan, capaces de inhibir, mezclándose con la sangre, las hemorragias del pesimismo, de la insatisfacción, de "la terquedad opaca de la carne", de la fragilidad de lo humano, que rompen la coraza y que dejan abierta la herida por la que fluye el pensamiento. Quizá sea esta idea la que propone El cuerpo del veneno, título en el que también se recoge otro tópico clásico, la de que quien aprende a desdeñar alguna vez las cosas perecederas podrá vivir para siempre en la poesía.

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