www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Ensayo

Enrique Toral Peñaranda: Historia de un viejo papel

domingo 04 de abril de 2021, 23:13h
Enrique Toral Peñaranda: Historia de un viejo papel

Edición facsimilar. Introducción de Marta Palenque. Universidad de Sevilla. Sevilla, 2020. 154 páginas. 11 €.

Por Inmaculada Lergo

Por poco mitómano y curioso que sea un lector, la posibilidad de poder asomarse a la intimidad del trabajo creativo, a esa labor retirada y oculta que esconde toda obra literaria, no solo le resultará tentadora sino un lujo, raramente al alcance cuando se trata de autores de la talla, como es el caso aquí, de Gustavo Adolfo Bécquer. Esa es la oportunidad que nos brinda la edición facsimilar de Historia de un viejo papel. Glosas al texto becqueriano de la rima “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, de Enrique Toral Peñaranda, preparada de forma esmerada por Marta Palenque, buena conocedora de la figura del poeta sevillano. Palenque, asimismo, ha comisariado la conmemoración del 150 aniversario de la muerte de Bécquer, organizando en el Centro Andaluz de las Letras (Sevilla, noviembre de 2020), la exposición “De la parte de vida que me toca”, en la que igualmente se evidencia el empeño de mostrar al público las diversas facetas del hombre que fue Bécquer, no solo la de escritor, superando esa imagen de mito y leyenda tan arraigada en que se mantiene envuelto.

Ese “viejo papel” que se rescata es el borrador manuscrito de la conocida rima LXXIII, “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”. Su existencia se dio a conocer en el homenaje que La Ilustración Artística rindió al poeta en 1886; pero fue el decidido impulso por su difusión de Enrique Toral Peñaranda -a quien le llegó tras sucesivas herencias familiares-, el que lo sacó a la luz. Toral organizó en febrero de 1950 una charla en el Círculo de Gil Blas, en Madrid, con cuyo texto, junto a unos capítulos preliminares dedicados a Narciso Campillo y a Francisco Rodríguez-Zapata, y una carta prólogo de Ángel Cruz Rueda, compuso una plaquette de 33 ejemplares. A ella le siguieron otras dos ediciones igualmente no venales: una en 1954 y otra en 1973, de 50 y 100 ejemplares respectivamente.

La presente edición facsimilar lo es del texto de 1973, a la que se añade, por vez primera, la reproducción fotográfica del manuscrito (hoy propiedad de la Asociación Cultural Enrique Toral y Pilar Soler, radicada en Alcalá la Real, Jaén, que ha colaborado en la edición del volumen), que incluye uno de esos dibujos que el poeta solía realizar mientras escribía. Esta se completa y acompaña con la transcripción del mismo, con sus vacilaciones, tachaduras, anotaciones, etc., realizada por Palenque; y con algunas otras ilustraciones de Bécquer. Además del estudio introductorio y la bibliografía. Un impecable trabajo que data y aclara todo lo referente a la transmisión del texto; que contextualiza, especialmente en las figuras “protagonistas” de la historia del documento -Narciso Campillo y Carlos Peñaranda-; y que hace el seguimiento del autógrafo hasta la presente edición. Campillo fue a quien Bécquer regaló el “papel” que nos ocupa. Ambos coincidieron en el Colegio de San Telmo de Sevilla, destinado a niños huérfanos necesitados pero de buena cuna. Pese al cierre del colegio al año siguiente de su ingreso, ambos se mantuvieron muy unidos, por amistad y por la literatura, al punto de que Toral afirma que sin la figura de Narciso Campillo “no se comprende del todo la formación literaria de Bécquer, del que es, en cierto modo, claroscuro”.

Junto al de su divulgación, Enrique Toral persiguió un propósito al enseñar este manuscrito, el cual explicita a través de una imagen: la del poeta sentado a su mesa “escribiendo y pensando, escribiendo despacio”, en una paciente y concienzuda labor que forjará al escritor que conocemos hoy; aparentemente, “el poeta más espontáneo y fácil que ha existido”, pero cuya soltura y sencillez son el resultado de un meticuloso quehacer. Cuenta por eso Toral que el profesor y poeta Francisco Rodríguez-Zapata, cuya influencia en Bécquer fue grande, tenía un dogma para la poesía: “pulir hasta que no se note que se pulió”; enseñanza a la que fueron fieles tanto Bécquer como Campillo. El arraigado error de que Bécquer escribía a vuelapluma sus rimas en tarjetas de visita –de ahí su brevedad–, obviamente, no se sostiene, aunque parece que sigue siendo necesario repetirlo. Y Toral lo apostilla: “Nada más lejos de nuestros datos”. Las rimas eran –afirma– “auténticas manifestaciones de su alma atormentada”, y el escribirlas, el plasmar gráficamente sus sentimientos le costaba una “tortura”. Por eso, cuando contempla esta vieja cuartilla amarillenta, siente la emoción de ver cómo surgen las primeras ideas, que son apenas como una “crisálida”, y se comparte la “impotencia terriblemente angustiadora del poeta” tratando de “expresar todas las ideas sugeridas por su calurosa imaginación”, hasta forjar “los versos perfectos” que hoy admiramos.

Por todo ello, no quiero dejar de advertir que el valor de rescate de esta “preciosa reliquia” -con ser ciertamente considerable- no se agota en él, sino que saca a la palestra un tema de controvertida actualidad, pues hoy en día, en que la línea entre la Poesía y otras formas de expresión más espontáneas -tanto en las redes como en publicaciones en papel- que se apropian de ese prestigioso marbete parece desdibujarse, la simple observación del paciente ejercicio llevado a cabo por el poeta al que erróneamente adjudicamos un escritura de rápida, fácil, y casi divina “inspiración”, es de una valía extraordinaria para colocar las cosas en su sitio.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+

0 comentarios