www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Primero, Camus

Juan José Solozábal
jueves 04 de septiembre de 2008, 20:23h
Ya habrán notado los lectores que hay dos autores de los que este verano me cuesta desprenderme y son Albert Camus y José de Arteche. No tengo que decirles que la relación que establezco entre ellos no es otra que la problemática vasca, como objeto, quizás como obsesión invariable. Pienso que nuestra atención sobre el País Vasco está muchas veces desenfocada, urgida por acontecimientos inevitables y perentorios, que exigen respuesta inmediata y seria, pero que nos impiden una mirada más larga y profunda, más verdadera diría yo, que puede ser favorecida por la reconsideración de estos dos autores. Hablemos hoy sólo de Camus.

La obra de Camus, al menos la directamente política, está dominada en primer lugar por su voluntad de no escurrir el bulto jamás, poniendo su pluma siempre al servicio de la clarificación y la libertad. Se trata de denunciar la justificación del homicidio, del sacrificio de ningún inocente a favor de objetivos o ideales políticos impuestos por necesidades históricas o designios revolucionarios. Nada puede edificarse sobre el crimen político, esto es , la violencia, que no sea un régimen de mentira y excepción. No ha de renunciarse a la justicia, así el patriota Camus no concibe la lealtad a una Francia injusta u opresora, pero a su consecución no puede sacrificarse la libertad, pues de lo que se trata es de afirmar un orden humano, progresiva, obstinadamente, es la expresión favorita de nuestro autor, perfectible.

Camus empleó su libertad radical, lo que identificaríamos con su rebeldía, especialmente en dos importantes causas. Estaba convencido de que la tercera guerra mundial era inevitable, pero se resistía a incorporarse a quienes desde la izquierda estaban dispuestos a justificar el totalitarismo de bloques que terminase, incluso criminalmente, con la crítica o la oposición política, aunque fuese para facilitar la victoria de la revolución. Así sus planteamientos son claramente anti schmittianos. Su pensamiento no aspira a la guerra como momento decisivo del conflicto político, ni plantea la unanimidad como mecanismo obligado para acabar ganando. Camus es pacifista porque conoce las miserias del conflicto armado, y pluralista, porque no contempla justificación alguna, ni conservadora ni revolucionaria, del sacrificio de la libertad.

El problema argelino fue el otro tablero en el que se desenvolvió Albert Camus. Lo hizo desde la implicación más absoluta, pues argelina fue su infancia y su juventud, la patria en que adquirió conciencia de la dignidad de todo ser humano, y su identificación con la causa de los más débiles tiene que ver con la pobreza, sólo material, de su propio hogar familiar. Sus “crónicas argelinas” son una denuncia de las condiciones de vida de una tierra que el considera injustamente tratada especialmente en lo que se refiere a su población árabe, pero no sólo a ella, pues Camus recuerda el modelo particular de colonización argelina. Pero el testimonio de Camus supone explícitamente una denuncia de la violencia para resolver el problema argelino, al que ni el terrorismo árabe ni la represión francesa serán capaces de poner remedio. No acertó es verdad con la solución, la independencia de la colonia llegaría en 1962 apenas dos años después de su muerte, pero su coraje y limpieza de intenciones le justifican para siempre.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios