Vieja Europa
jueves 04 de septiembre de 2008, 20:29h
El reciente conflicto entre Rusia y Georgia me ha recordado, y mucho, el título de la segunda parte de La rebelión de las masas, “¿Quién manda en el mundo?” y su hipótesis, fechada en 1930: si Europa no se decidía a hacerlo, nadie mandaría en el mundo. (Resulta ahora interesante recordar que añadía la observación de que tal ejercicio sólo se podría llevar a cabo si surgía algo así como unos Estados Unidos de Europa.)
Es sabido que, en efecto, Europa no hizo lo que tenía que hacer y sobrevino la SGM. El nuevo orden surgido del desastre, confirmó el diagnóstico de Ortega: las dos potencias emergentes, ambas herederas de la vieja Europa, se repartían el mundo en zonas de influencia, pero cada una de ellas sufrió un punto –o varios—ciego de impotencia, que les condujo de crisis en crisis a no ser capaces de “mandar en el mundo”. USA era aún un “pueblo joven”, que no había sufrido lo bastante como para comprender los entresijos de la historia (Ortega dixit) y la URSS, aunque tenía un proyecto teóricamente universalista, salido del idealismo alemán, fue llevado a la práctica combinando técnicas psicológicas aparentemente sofisticadas, manejadas con la sensibilidad de un torturador, con recetas económicas sencillamente suicidas.
Mandar, en el sentido en que empleamos el término aquí significa imponer por la persuasión o/y la fuerza, un conjunto de reglas morales y pragmáticas que las sociedades acatan como una especie de acuerdo de mínimos. Esto es lo que Europa había creado desde mediados del siglo XIX hasta el estallido de la Gran Guerra. Pero como ya se ha dicho, Europa se suicida en ese ciclo de guerras civiles de 1914 a 1945 y el ente histórico que surge de sus cenizas no está claro que conserve algo de aquel pequeño saliente de Asia (Valery) que edificó su identidad en oposición consciente a la vastedad asiática. En términos políticos, la democracia griega contra el despotismo persa.
Pero las ficciones, como los fantasmas, pueden caminar a su aire durante bastante tiempo. La caída del muro de Berlín fue una buena ocasión para que la Unión Europea reaccionara. Con “reaccionar” quiero decir recuperar el pulso histórico y responsabilizarse del presente, aun sabiendo que no podía mandar en el mundo. No lo hizo cuando el “Genio maligno” de la Historia la puso a prueba. Me refiero al conflicto de la antigua Yugoslavia, en el que Europa –en el doble sentido de “UE” y como conjunto de Estados?, no supo reaccionar ni política ni moral ni históricamente. La reciente decisión unilateral del Departamento de Estado de conceder la independencia a Kosovo en febrero pasado, sea cual fuere la apariencia que se haya dado a su proclamación, parece indicar que los aliados europeos son igual de aliados que antes pero ahora un poco más súbditos.
Rusia ha leído muy bien los hechos y presentado, en consecuencia, sus credenciales de potencia imperial asiática –insisto: no europea?, invadiendo Georgia. Todos los hechos menudos que sirven a Putin para justificar su gesto ante la comunidad internacional y a la UE para mirar a otro lado y hacer como que no pasa nada, no deben distraernos del alcance genuinamente histórico de esa guerra mínima a orillas del mar Negro y encima de otro mar de gas y petróleo. Es posible que Putin considere que Rusia, la tercera Jerusalén, está de nuevo, en condiciones de “mandar en el mundo”, después de las desconsideraciones y vejaciones padecidas después de 1991.
¿Tendría razón Hegel cuando sentía nostalgia de la joven América al contemplar con inmenso hastío “el museo histórico de la vieja Europa”? (Y eso que aún no íbamos camino de convertirnos en parque temático, de compras y atracciones del resto del mundo). Desde luego, quien sí tiene razón es Pato?ka ?filósofo checo, fundador del movimiento de resistencia a la ocupación soviética Carta 77? cuando previó la aparición de “herederos que jamás permitirán que Europa vuelva a ser lo que fue”.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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