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TRIBUNA

Villalar, 500 años después (I)

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 24 de abril de 2021, 19:31h

La batalla de Villalar (23 de abril de 1521), y la derrota del ejército comunero, con sus principales dirigentes, Juan de Padilla (1490-1521), Juan Bravo (1483-1521) y Francisco Maldonado (1480-1521), ejecutados después en la plaza mayor de esa villa castellana, se ha convertido en un mito, que ha sido visto y tratado de manera diferente a lo largo de la historia.

A los líderes comuneros, me parece a mí, después de su martirio, les pasó algo parecido a lo que les sucedió a los grandes conquistadores de América: fueron olvidados durante siglos y tuvo que llegar el liberalismo, y la construcción de Estados constitucionales en América y en España, para que fuesen recuperados por las correspondientes historias nacionales.

Así que Padilla, Bravo y Maldonado resucitaron a la vez que Cristobal Colón, Hernán Cortés y Francisco Pizarro para la tradición histórica. Tienen rasgos compartidos: nacieron en similar época, años en los que los Reyes Católicos unificaron el Reino de Castilla y Aragón; fueron partícipes de la expansión de las Monarquías atlánticas hacia nuevos horizontes geográficos y económicos; y todos ellos pertenecieron a la clase social o estamento privilegiado de la nobleza castellana, y en eso, también fueron parte de la nobleza europea.

Soy de los que piensan que ese olvido de la nobleza que representaron los caudillos comuneros, y los conquistadores de las Indias, revela la naturaleza diferencial y propia de la Monarquía que se estructuró como potencia mundial durante el reinado de los Reyes Católicos, y sus sucesores, los reyes Habsburgo o Austrias españoles.

La Monarquía hispánica, unificada definitivamente por el rey Carlos I, se apoyó políticamente en la Iglesia de sus reinos, y mucho menos en el otro estamento privilegiado, la nobleza. John H. Elliott, en su libro famoso La España Imperial (1963), resaltó el primero el hecho de que la unidad de los reinos hispánicos se basaba sólo en una moneda común (en el supremo nivel monetario), y en la Inquisición, un tribunal eclesiástico que los monarcas católicos lo terminaron integrando en su aparato estatal de gobierno.

Esta apreciación mía viene a coincidir con la opinión del gran historiador de las ideas políticas, José Antonio Maravall (1911-1986), quien en su obra Las Comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna (1963), sostuvo que los comuneros estuvieron a punto de realizar una revolución que se adelantaría más de un siglo a las revoluciones inglesas (1642-1689), y que supuso que el rey tuvo que ceder buena parte de su soberanía al parlamento inglés, y luego, británico.

En efecto, las Cortes, reunidas sucesivamente en Valladolid, Santiago, Coruña y Tordesillas, lideradas por los comuneros, entre 1520 y 1521, asumieron el gobierno del Reino, exigieron derechos del rey a cambio de pagar impuestos, y propusieron que las Cortes decidieran por sí mismas disminuir la presión fiscal de los súbditos, al mismo tiempo que reclamaban para el Reino tributos que estaban en poder de la gran nobleza y de las oligarquías urbanas.

Una de las resoluciones aprobadas por los comuneros decía: “Item, que de aquí a delante de tres en tres años, las ciudades e villas que tienen voto en Cortes, se puedan ayuntar e se junten por sus procuradores, que sean elegidos de todos tres estados, como de suso esta dicho en los procuradores. Y lo puedan hacer en ausencia y sin licencia de sus altezas y de los reyes sus sucesores…”

Nos encontramos, indudablemente, ante una literatura revolucionaria: las Cortes, elegidas, reclaman para sí parte de la soberanía del rey.

Los comuneros estaban reivindicando funciones de control para una institución antigua -las Cortes-, para fiscalizar a otra claramente novedosa -la monarquía autoritaria de Carlos de Habsburgo-. Carlos I iba a partir del reino para ser elegido emperador del sacro imperio romano germánico, y para hacer frente a nuevos gastos fuera del reino, estaba exigiendo más dinero en impuestos de sus súbditos.

Exactamente como el Inglaterra, a partir del año 1642. Allí, la vieja institución medieval, el parlamento, se enfrentó al monarca Estuardo, aliado con los grandes señores de latifundios, y titulares de diócesis anglicanas. Carlos I Estuardo era entonces lo más moderno, pues gobernaba como lo hacía el imitado rey de Francia (Luis XIII, y su sucesor, Luis XIV, envidiado por su poder y sus triunfos en toda Europa).

¿Por qué fracasaron los comuneros en comparación con la gentry, la nobleza media inglesa, estableciendo controles al gobierno del rey, y consagrando la división de poderes del reino? ¿Por qué ningún noble español no pudo hacer algo parecido a lo que escribió el barón de Montesquieu en Francia? ¿Por qué en España se reivindicó más la Justicia que la Libertad, cuando se quiso reformar el Estado? ¿Por qué los comuneros fueron olvidados hasta que cierto liberalismo los convirtió en ejemplo? Intentaré responder a estas preguntas, cuando prosiga, en próximos artículos, con la historia de los comuneros y su derrota en Villalar.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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