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Relatos

Akutagawa Ryunosuke: El tabaco y el diablo

domingo 16 de mayo de 2021, 21:53h
Akutagawa Ryunosuke: El tabaco y el diablo

Traducción de Hidehito Higashitani y Javier Rubiera. Satori. Gijón, 2021. 268 páginas. 22 €.

Por José Pazó Espinosa

De vez en cuando se publican libros que reúnen características inusuales. El tabaco y el diablo y otros relatos cristianos, del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa es uno de ellos. Akutagawa da nombre a uno de los premios literarios más importantes de Japón, pero además es un autor irreductible al tiempo, cuya obra no solo se enseña en los colegios e institutos nipones como lectura obligatoria, sino que además no deja de interesar a lectores adultos. Forma sin duda parte del canon literario japonés moderno, y casi diría que no se llega a ser japonés si no se conoce a Akutagawa. Tal es el poder de este escritor que nació en 1892, y se suicidó a los 35 años, con una sobredosis de veronal. Su existencia siempre fue frágil, a pesar de su éxito, y vivió muchos años atormentado por la sombra de la locura de su madre, y su posible caída en esa misma locura. De alguna manera, Akutagawa se sentía como esas flores de primavera a punto de caer al suelo tras su apogeo, como las hojas de otoño que esperan ya solo la ráfaga de viento que las separe de la rama. Lo expresó cuando le preguntaron cómo se encontraba poco antes de morir con la expresión Bonyari shita fuan, que viene a significar que se encontraba con una vaga ansiedad, palabras que se han hecho célebres.

Akutagawa era un escritor de la distancia corta de relatos, no de novelas. Ha escrito algunos de los cuentos japoneses más célebres de todos los tiempos: Rashomon (llevado al cine por Kurosawa), La nariz, Kappa o La vida de un idiota. El especialista en Japón Antonio Cabezas dijo de él, con su humor andaluz, que era “uno que escribió muchos cuentos con más suavidad que un gato y más intenciones que un miura”. Pero en verdad algo así es Akutagawa: un escritor que se lee, se disfruta y no se olvida. Aúna simplicidad, elegancia, inteligencia, ironía y una mirada que, siendo profundamente japonesa, traspasa fronteras.

El tabaco y el diablo y otros relatos cristianos es una recopilación de doce cuentos de tema cristiano escritos por Akutagawa entre 1916 y 1924. Es decir, es una rareza propia solo de alguien dado a las rarezas. La recopilación, la traducción y el estudio introductorio ha sido llevado a cabo por Hidehito Higashitani y Javier Rubiera, que ya nos habían regalado hace años con la traducción de Fushikaden de Zeami, el tratado canónico del teatro Noh. Esta vez, en una espléndida edición de Satori, han conseguido realzar y dar sentido a la recopilación de estos cuentos divertidos, oblicuos, iluminadores de la naturaleza humana y sus entresijos casi sin quererlo.

Nuestro autor, sintió en su juventud una atracción por lo cristiano. Hay que recordar que el cristianismo fue introducido en Japón en el siglo XVI, en 1543, por portugueses y españoles fundamentalmente, para ser prohibido poco después, en 1630. Esos casi cien años de contacto dejaron una huella visible e invisible: muchas palabras tomadas del portugués y del castellano, algunas comidas y costumbres. Entre ellas, quizá el tabaco. El libro se abre con el cuento que da título a la recopilación, “El tabaco y el diablo”. Se trata de un cuento divertido, jocoso, con algo de enxiempla medieval, y prepara al lector para lo que vendrá después, una explosión de sincretismo, de tratamiento de lo católico por los japoneses, de juegos literarios y conceptuales del más alto nivel. Y, como decía antes, divertidos. Este cuento, se abre con un poema jocoso del periodo Edo que marca el tono de lo que vendrá después: “Lo que no produce efecto: / el decreto de prohibición de la compraventa de tabaco, / el uso de moneda no oficial, / la voz del emperador / y la receta del antipático médico de renombre”. Aunque, como decimos, no solo el humor impregna estos relatos, sino el verdadero interés humano, con esa ambigüedad que tanto gustaba al autor de Rashomon.

Akutagawa usa abundantes recursos narrativos: alterna la primera y la tercera persona, emplea a veces el registro de la crónica, otras el texto es introducido por un narrador ficticio, y en ocasiones se inventa fuentes y datos. El resultado es siempre brillante, realista y propio de alguien que sabía mucho más de cristianismo de lo que a veces afirmaba. En este sentido el libro es una delicia para quien le gusta la literatura y sus formas. Es un libro escrito por un escritor, si es que esto tiene sentido hoy en día. Además, la inclusión de muchos términos japoneses para designar a los nanban (salvajes occidentales) y a los kirishitan, o cristianos en terminología japonesa, sirve para dar fondo y escenario lingüístico a estas historias de santones chuscos, de fe nebulosa y campesinos que burlan al diablo. Hay en ellos a veces ecos de anécdota gallega de un Cunqueiro budista, otras regusto de un Fernández Flórez sintoísta.

Es un libro sugerente, que sorprende porque uno no espera estas consecuencias de unos cuentos de tema muy occidental escritos por un japonés, por muy gato y miura que sea. Para comprenderlo o saborearlo mejor, el libro incluye un glosario de esos términos japoneses relacionados con el kirishitan mono, las cosas cristianas, que se completan con unas notas que en ese caso aportan información relevante para quien quiera remansarse en ellas.

Es difícil destacar un cuento en particular, y el lector debe decidirlo por su cuenta y riesgo. No le va a ser fácil, ya que se va a encontrar con una recua de personajes y trucos literarios que querrán llevarlo cada uno a su huerto: diablos, mártires, sacerdotes, viudas de samuráis, criminales, mujeres que se hacen pasar por hombres, sirvientas descaradas, apóstatas, apariciones de ensoñación, objetos que se animan a hablar y narradores emboscados tras voces, textos y datos, muchas veces inventados. Si a alguien esto no le suena cervantino, que tire la primera piedra. En definitiva, unas extraordinarias novelas ejemplares de un autor que siempre creyó en algo que hoy a menudo se olvida: que la primera y más importante globalización es la del espíritu, no la del comercio o las máquinas, y que la literatura siempre ha sido en ese sentido un recurso insustituible. Como comentamos, Akutagawa se suicidó a los 35 años. Antes de morir, afirmó también que “la vida es unos juegos olímpicos organizados por un grupo de lunáticos.” Ahí quedan las palabras de este gato con las intenciones de un miura.

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