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Ensayo

Julio Llamazares: Primavera extremeña

domingo 16 de mayo de 2021, 22:00h
Julio Llamazares: Primavera extremeña

Alfaguara. Barcelona, 2020. 320 páginas.19, 90 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Carmen R. Santos

El maldito virus que se ha cobrado millones de víctimas y trastocado nuestras vidas, aún no ha desaparecido. Por eso es vital no bajar la guardia y seguir cumpliendo estrictamente todas las medidas de seguridad. El fin del estado de alarma y el proceso de vacunación no significan en absoluto que nos despreocupemos, pues las consecuencias serían terribles. Sin embargo, bien es cierto que la situación no es igual al momento en que se desató la pandemia. Precisamente ese momento es el que centra este trabajo del escritor leonés Julio Llamazares (Vergamián, 1955), cuya obra se extiende prácticamente por todos los géneros, con títulos, entre otros, como los poemarios La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve, las recopilaciones de artículos En Babia y Entre perro y lobo, las novelas La lluvia amarilla y Luna de lobos , las colecciones de relatos Escenas de cine mudo y Los viajeros de Madrid, las crónicas El entierro de Genarín, o los libros de viajes El río del olvido y Atlas de la España imaginaria.

A medio camino entre la crónica, el ensayo y la literatura de viajes, con toques poéticos, se encuentra esta Primavera extremeña, subtitulada Apuntes del natural, quizá una de las obras más personales de Llamazares, enriquecida con las estupendas acuarelas de su amigo y vecino Konrad Laudenbacher, un alemán enamorado de España, ex conservador jefe y restaurador de la Pinacoteca Nueva de Múnich. El 13 de marzo de 2020, “año bisiesto, año siniestro”, recuerda Llamazares el refrán que hemos padecido con creces, decidió trasladarse con su familia a una casa ubicada en la sierra de los Lagares, cerca de la localidad extremeña de Trujillo. No era la primera vez que Llamazares acudía a ese lagar, pero nunca antes lo había hecho acuciado por tan horribles circunstancias ni había permanecido allí tanto tiempo, tres meses, como en esta ocasión. En ese refugio, como los personajes del Decameron de Boccaccio, que huían de la peste en la Florencia renacentista, Llamazares y su familia vivieron una “primavera extremeña, primavera mortal y hermosa, primavera llena de luces y de animales en libertad, pese a la gran tragedia que se cernía sobre el planeta”.

Llamazares nos invita a compartir esa estancia, en la que, sin olvidar el sufrimiento que se había apoderado de todos, disfrutó de un tiempo y un lugar privilegiados. Asistimos a salidas para comprar provisiones, conversaciones, visionado de películas, etapas del confinamiento decretado por el Gobierno, el avance de la pandemia, reencuentro con conocidos de la zona, manteniendo precauciones y distancia…, y lecturas, en especial, confiesa, una que le acompañó con fuerza: “Me hizo relativizar mis preocupaciones al ponerlas al lado de otras mucho peores: las de los habitantes del pueblo griego ocupado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial cuya maestra entretenía a los niños contándoles la Ilíada de Homero, para que, por comparación, se olvidaran también de las suyas. El asedio de Troya era su título y su autor un completo desconocido para mí hasta ese momento: un griego afincado en Suecia de nombre Theodor Kallifatides”.

Un libro escrito con autenticidad, triste por la situación que lo impulsó, pero también luminoso. Como la propia vida, siempre repleta de contradicciones, acechada por la tragedia, un oxímoron continuo, donde y el dolor y la alegría, la belleza y el horror, la crueldad y la empatía se dan la mano.

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