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LA BÁMBOLA

John M. Keynes: andanzas del charlatán crepuscular que llora whisky

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 20 de mayo de 2021, 20:37h

Frente a cualquier pollo de barra, chulo de bar, gañán con pintas, hortera de bolera, macarrilla ilustrado, universitario lampiño, a la hora de las prospectivas económicas, aunque sentado no le lleguen los pies al suelo, pescuezo de toro con nudo de corbata tamaño melón y anchas espaldas, los ojillos siempre sonrientes, es inevitable que te citen dos nombres: Keynes y Adam Smith. Por fin, una primicia en el mercado literario español, un tocho (quinientas páginas) con la auténtica vida de John Maynard Keynes, padre de todas las torrijas cerebrales posibles: El precio de la paz: dinero, democracia y la vida de John Maynard Keynes (Paidós).

Hace unos años Richard Davenport-Hines documentó en otro libro todos su encuentros sexuales, porque mucho antes de pasear palmito por el grupo de Bloomsbury destacó en sus artes amatorias de matorral (cruising gay), donde lo apuntaba todo, desde 1901, año de su ingreso en la universidad con 17 años, hasta 1918 cuando se casa con la bailarina rusa Lydia Lopokova, solo por su amor a Diáguilev/Nijinsky. Era gracioso el dietario, para comprender la mente del economista, donde apuntaba el rango social del amante seguido del sitio del apretón/calentón, generalmente público: “Mozo de cuadra en Park Lane, El sueco de la galería Nacional, El soldado de los baños, El recluta francés, El chantajista, El ascensorista de Vauxhall, El judío, El Gran Duque Cirilio en los baños de París…”. Renegaría de su época eduardiana, a calzón quitado, como de tantas otras cosas, y así justificaría con un par su Economía a lo largo del tiempo:“Cuando los hechos cambian, cambia lo que pienso”. Renegó de la teoría económica clásica, casi por igual época que de la cofradía del ojal, sin término medio.

Keynes siempre fue un elitista, un clasista, de ahí los apuntes sobre el estrato social de amores y amantes, porque viene del Cambridge más exclusivo, de donde sale a todo correr con la bragueta abierta para tramitar los préstamos más exclusivos en los ministerios de Hacienda europeos, más preocupado por la lucha económica de los Estados Unidos a lo largo de todos sus conflictos bélicos históricos. Escribe Zachary Carter: “Keynes fue una auténtica maraña de paradojas: un burócrata que se casó con una bailarina; un hombre gay cuyo amor fue una mujer; un leal servidor del imperio británico que clamó contra el imperialismo; un pacifista que contribuyó a financiar dos guerras mundiales; un internacionalista que ensambló la arquitectura intelectual del Estado-nación moderno, y un economista que cuestionó los propios fundamentos de la economía”. ¿Y un caradura? ¿Y un cínico? ¿Y un amoral? Eso no lo cuenta Carter.

La gracia del asunto es que, a nivel internacional, se lo considera, aparte teórico político y estadista, filósofo moral. Toda la vida se perdió por el lujo desde las fiestas de principios de siglo en la desenfrenada escena artística del Círculo de Bloomsbury hasta las negociaciones de París que dieron lugar al Tratado de Versalles, por no hacer escala en el colapso del mercado en dos continentes y los avances diplomáticos hasta en las montañas nevadas de Nuevo Hampshire. Inventó el Liberalismo, mayúsculas, de la Ilustración, otra impostura, frente a las desgarradoras crisis del siglo XX. Fueron graciosos los embates –brillantemente descritos por Carter- entre los acólitos keynesianos frente a los conservadores en el marco de la Guerra Fría, que necesitaríamos otro diario anal para saber si para él, ducho en la esgrima de letrina, experto huelebraguetas, fue o no Caliente. ¿Y tras la Guerra Fría? Sobrevivieron ideas, pocas, pero la teoría económica acabó en torrija.

¿Dónde estamos hoy? Por un lado, el Globalismo, las teorías de poder a lo largo del globo terráqueo, y por el otro, sí, todos los teóricos de la Desigualdad con Piketty a la cabeza (el capitalismo como máquina trituradora de carne fresca). En este contexto debe verse a Keynes. Escribe Zachary. D. Carter, reportero en HuffPost y pluma de oro: “Al igual que muchos otros teóricos del razonamiento ético, Keynes intentaba elaborar una definición autorizada de racionalidad que justificara sus propios hábitos y preferencias. Tras esbozar sus ideas sobre la probabilidad, pasaba a sugerir que es más racional para las personas –y la propia sociedad- aspirar a pequeños bienes con una elevada probabilidad de materializarse que luchar por grandes utopías con unas mínimas probabilidades de hacerse realidad”. Su sueño para el obrero debía ser el capitalito, un poco como el guiri recién llegado a Madrid investiga sobre el cafelito, la cañita, tapita, copita… y cuanto implica nuestra tabernita.

El precio de la paz es una joya y tiene frases con las que nos pueden invitar a boquerones por los sitios: “A los estudiantes universitarios se les enseña que instó a los Gobiernos a aceptar déficits presupuestarios en una recesión y a gastar dinero cuando el sector privado no puede hacerlo. Pero su agenda económica siempre se desplegó al servicio de un proyecto social más amplio y ambicioso. Keynes fue un filósofo de la guerra y la paz, el último de los intelectuales ilustrados que concibió la teoría política, la economía y la ética como partes de un diseño unificado. Era un hombre cuyo principal proyecto no residía en la fiscalidad o el gasto público, sino en la supervivencia de lo que él llamaba la civilización, el medio cultural internacional que conectaba a un funcionario del Tesoro británico con una bailarina rusa. Una década después de Génova, cuando un periodista le preguntó si el mundo había vivido alguna vez algo parecido a la Gran Depresión, entonces en pleno auge, Keynes respondió con absoluta sinceridad: “Sí. Se llamó Edad Oscura (Alta Edad Media) y duró cuatrocientos años”. Cojonudo.

Solo hay dos economistas: los del calcetín y los de la barra libre. Los teóricos del gasto (Keynes) y tal vez aquellos a quienes el ahorro dio pistas (Adam Smith). Claro está que Adam Smith no venía de una juerga, en los baños de oro de Joy Eslava, sino de haber triturado a Locke, Rousseau, Montesquieu y etcétera. ¿Qué quiso Smith? Una sociedad capaz de regularse económicamente sin intervención estatal (sin despilfarro). He ahí el auténtico liberalismo. Y así definió Smith la característica esencial del Capitalismo como la motivación para obtener utilidades, y así lo sentencia el padre de la Economía Moderna en pleno siglo XVIII: “No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”. Era militarista e imperialista oponerse a Keynes, por la Segunda Guerra Mundial; fue autoritarista seguirle ciegos. Le dio a todo, carne y pescado, aranceles y libre cambio. Fue un tío cojonudo. Escribe como conclusión a Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero: “Si las naciones pueden aprender a dotarse de pleno empleo mediante su política interior no será necesario que haya fuerzas económicas importantes destinadas a esgrimir los intereses de un país contra los de sus vecinos”. Cojonudo. Dijo uno de sus alumnos: “Es pura razón y alegría, el genio del intelecto y el disfrute”.

Diego Medrano

Escritor

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