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ESCRITO AL RASO

Multazos al cabildeo parlamentario

David Felipe Arranz
lunes 24 de mayo de 2021, 20:12h

Agenda reformista de Sánchez en la enmarañada selva del poder. El político no nace ni muere, sino que, simplemente, brota del suelo húmedo y desaparece cuando se limpia a fondo esa superficie. Para que parezca que no es así y que no crecen como los hongos, habemus apunte con el nuevo cuento de la buena pipa o de los lobbies, que hasta ahora podían (parece) permitirse el lujo de la abstracción y el tenebrismo, de manera que todo lo público se venía fraguando desde los “reservados” del Hemiciclo, desde que se aprobó la Constitución, allá por 1978. En realidad, la relación del diputado con el lobista era –y es– así como el bosquejo de la trastienda del Poder, entre la caricatura y el aguafuerte, de esta España árida que ya forma parte del paisaje, aunque Rafa Simancas diga ahora, con eso de la “mejora de la calidad democrática”, que la pandemia ha vuelto más buenos a sus señorías, que no nos lo creemos.

Todas las cosas de este mundo y del otro requieren su tiempo; así que le ha llegado el turno al tiempo de las multas a sus señorías, en relación con los grupos de presión o lobbies, que es donde está el negocio de la política, el mercadeo de las puertas giratorias y el motor de la aprobación de muchas leyes del mercado y del medro. Parece que el PSOE quiere reformar el título XIV del reglamento y empezar a sancionar a miembros de la Cámara que se pasen de listos y de contactos clientelares, según la proposición de ley que va a llevar al pleno. La intención es retirarles los cargos y eliminar prebendas y complementos salariales –que son muchos, hasta 1.550 euros al mes– en concepto de multa a los parlamentarios que tengan alergia a la transparencia de sus actividades en el congreso con demás lobistas y representantes de los grupos de cabildeo que, como todo el mundo sabe, van a su interés. Para que nos hagamos una idea de lo bien que viven allí, ni siquiera el reglamento actual tiene establecido aún el plazo para que sus señorías rellenen el formulario de transparencia, donde se supone va su declaración de bienes o actividades, que se ha de publicar al principio y al final de cada legislatura. Como si eso fuese un control que ni en las aduanas, vamos. Hoy, el incumplidor, recibe “una reprobación ética o moral” por parte del secretario general del Congreso, si acaso, porque el político nos ha acostumbrado a pendular, violentamente, de la mentira a la riqueza. O, lo que es lo mismo, de la carroña al palacio.

Ahora, en el año 2021 de la era de Paquirrín y los isleños tentados, novísimos verracos ibéricos, nos salen con que este es un asunto que quedó pendiente en la redacción constitucional; que se les olvidó, vamos. Y eso no se lo cree ni San Martín de Porres, siendo como era tan humilde, agarrado a su humilde escoba en el virreinato del Perú. Entonces, llegan en este momento, cuarenta y tres años después, y dicen que lo del maridaje político con su correspondiente lobby “feroz” es “un espacio normativamente gris, carente de una regulación específica y sin que exista un catálogo de obligaciones claras”, lo que viene a ser lo mismo que la cueva de Alí Babá y los cuarenta diputados. La propuesta se divide en tres artículos y dos disposiciones nuevas, que pocas nos parecen para las Cortes pintorescas y atrabiliarias –por llamarlas de alguna manera– que nos gastamos en la carrera de San Jerónimo. Porque lo de las puertas giratorias de sus señorías está a la orden del día y muchos –no decimos todos– hacen la carrera haciendo favores por verse después en el Ibex-35 y otros despachos de influencias, que son como los “influencers”, pero sin enseñar el culo al personal vía Instagram ni soltando ocurrencias por YouTube. Un influyente es una celebrity de hemiciclo, pero con más dinero, más comisiones, más chalés y cava en la Costa del Sol.

Ahora, por tanto, quieren enseñar a los lobbies a comportarse, empezando por su registro en las Cortes de carácter público, que es como pedirle a Mata Hari que firme en la hoja de asistencia a clase. Nos enteramos además de que existe una Oficina de Conflicto de Intereses de las Cortes que prometen velará por el cumplimiento de la nueva normativa que se quiere aprobar –en apariencia– y que hoy está cubierta de telarañas. Definen, así, a los lobistas como representantes de “grupos de presión que pretenden influir en la elaboración, tramitación o aprobación de proyectos y proposiciones legislativas o de otras iniciativas parlamentarias”. Ahí es nada.

Fuera del lobby no puede medrar el diputado, por eso creemos que estas nuevas reglas que propone el socialismo del siglo XXI se dictan contra natura y no las querrán aprobar los miembros del Congreso, por la misma razón que no se puede pedir a la zorra que no cace gallinas o al piojo y la garrapata que no le chupen la sangre al huésped. Ni usted y yo nos los creemos a ellos ni a todos sus arrepentimientos, incluyendo sus castigos sobre el papel, por la sencilla razón de que entender y esclarecer lo que hasta hoy ha sido intencionadamente confuso es ponerle el cascabel a un gato que hace años dejó de cazar ratones para darle al caviar, porque se nos ha vuelto más listo que el hambre.

Twitter: @dfarranz

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