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TRIBUNA

¿Querías manada? Pues toma manada

lunes 24 de mayo de 2021, 20:17h

Los animales se pelean conforme a sus rituales naturales, a veces con tanto estruendo que cruje la tierra y su clamoroso estallido clama al cielo, pensemos en las berreas de los cérvidos estallando furiosamente sus astas entre sí, o en los ritos de liderazgo de las manadas de lobos. La fuerza bruta así ejercida tiene algo de grandioso y de admirable, pero también de cruel y de humillante para los que resultan perdedores, cuya tristeza les marca de por vida, si es que sobreviven. Ay de los vencidos, vae victis. Es, de cualquier modo, la habitud inesquivable, la normalidad de rebaño, la forma de resolución de los conflictos biológicos.

El problema surge cuando la noción de normalidad de rebaño se extiende analógicamente a las personas que han pasado por una vacuna (género vacuno), como si ésta significara la solución de todos los conflictos virales, es decir, de los que se resuelven mediante la fuerza (vir). Cuando has vacunado a un humano que se comporta como una cabra o como un cabrón, no por el mero hecho de haber sido vacunado él dejas tú de seguir peligrosamente rodeado de vacas, toros, cabras y cabrones.

Un rebaño humano no alcanza nunca la normalidad rebañega que pudiera preservarle de nuevos peligros sanitarios, pues, incluso revacunado, reina en él la tensión (antipática o empática), aunque no falten los borreguilmente anestesiados que entonan baladas monocordes al matadero porque ya estaban anestesiados antes de estarlo. Lo que realmente acontece es que los matarifes hacen un uso marranamente interesado de los marranos humanos, como en la Granja de Orwell, poniendo de manifiesto que unos son más marranos humanos que otros.

Pero al rebaño que le quiten lo bailao al son del botellón. Ellos seguirán en el pescante de la caravana alentados por el síndrome de seguridad que sienten mientras hacen restallar el látigo durante la estampida, ante la cual la pradera misma retumba y se conmueve bajo el imperio arrasador de sus pezuñas al galope. ¿A quién le importa que los menos aptos se queden atrás y vayan a las uvis cazados por el arco tenso del guerrero vírico? Los recién salidos del gimnasio humanes (para que rime en consonante con orangutanes) se sienten fuertes, veloces, imparables durante su euforia ejecutiva, pero nunca compasivos con los más débiles. La compasión le es definitivamente ajena a la manada. Cuando los “normalizados” actúan, se sienten eufóricos por haber recuperado la libertad de orinarse en las esquinas, subirse a las farolas, emborracharse para compartir su euforia de garrafón, y berrear ante los hospitales en que se lucha a vida o muerte para recuperar la salud perdida.

En esa situación pierden la conciencia del bien y del mal que hubieran podido haber tenido alguna vez. Se trata de una mutación regresiva directamente proporcional al tamaño de la manada, en cuyo interior brilla por su ausencia cualquier aspiración de racionalidad. ¿Libertad de rebaño? A por ellos, oé, a por ellos oé, que le quiten el tapón al botellón, porque su espuma es bella, refrescante, joven, y así va a ser siempre, a follar, a follar, que el mundo se va a acabar. Manada que es frenada no es manada, manada unida jamás será vencida. Una manada contenta lo mismo te canta el himno de la Fai (Federación anarquista Ibérica), que el de la Failange, al fin y al cabo después de la jocunda juventud y de la molesta vejez se apoderará de nosotros la herrumbre del humus de nuestro homo, según se canta en los colegios mayores universitarios en la imposición de becas. Una manada desinhibida de jóvenes “sobradamente preparados” (¿?), pero con electroencefalograma plano, es un espectáculo apenas comparable al de las ruinas de Palmira. Nos sonríe la historia, somos jóvenes, los dioses lares nos bendicen, aunque no sepamos quién coño son los dioses lares, ni los manes, ni los penates, ni los dioses penenes.

Si hablamos de normalidad o anormalidad estadística, me encantan los cementerios de muertos bien rellenos. Para una mente despejada de telarañas, la lógica binaria ofrece cuatro posibilidades: a) que lo bueno moralmente sea normal sociológicamente; b) que lo bueno moralmente sea anormal sociológicamente; c) que lo malo moralmente sea normal sociológicamente; d) que lo malo moralmente sea anormal sociológicamente; sin embargo para la manada no hay lógica del menudeo, ya que lo bueno es bueno porque es social, y lo social es social porque es bueno. Todos berreando, conjunto sinfónico.

No tenemos tiempo en nuestra grey calentina para tanto rollo filosófico. No hay que dar buenas razones para justificar las preferencias; si a) defiende lo que b) impugna, no se hace preciso dialogar sobre ello, para qué vamos a enfadarnos, aunque tampoco falten los convictos que se defienden como gato panza arriba contra cualquier aspiración universalista razonable. Cuando estos termocéfalos son muchos, todo se acidifica y la ley del garrotazo se impone: a mayor cantidad, menos calidad discursiva. A partir de tales presupuestos, el mal gusto mayoritario queda estatuido como el gusto más exquisito; en definitiva, el tribunal de la razón soy yo, sin que nadie pueda juzgarme: tanta es la necesidad que tengo de mí mismo, que he nacido para colmar la necesidad que tengo de mí mismo, inmune a la responsabilidad.

¿Querías manada? Pues toma manada. A las huestes de los hunos seguirán los otros, y nosotros seguiremos informando si es que para entonces hemos logrado sobrevivir.

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