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AL PASO

La carga de la soberanía

Juan José Solozábal
martes 25 de mayo de 2021, 20:13h

La crisis actual con Marruecos pone de relieve de modo incuestionable el núcleo irreductible, el contenido esencial de la política que, como se ve en ciertos momentos, va justo de soberanía, de saber quien manda de verdad, de si somos dueños de nuestros atributos como Estado, esto es, si tenemos dominio sobre las fronteras y antes de nada disponemos de seguridad dentro de nuestro territorio. La política, en este estadio elemental y obvio, no va de discutir sobre lo que podemos o queremos hacer con nuestra vida colectiva, optando entre diferentes alternativas y ponderando sus ventajas o inconvenientes respectivos. Se trata de nuestra afirmación como unidad política, que no puede ser negada ni puesta en cuestión en la esfera internacional, como tampoco lo puede ser en la esfera interna. La carga de la soberanía, ante los demás, como la de la unidad, para hacia dentro, es irrenunciable o diferible. Tampoco es aplazable o demorable. Conoce momentos decisivos, en los que se presenta de manera implacable, sin admitir disimulo, tregua o dilación. Es la hora de la verdad. En tales momentos somos interpelados como nación, que no existe si no es capaz de responder de manera unánime, alerta ante el peligro exterior o interior. No hubo fisuras en la crisis de Septiembre de 2017, ni puede haberla ahora. Puede discutirse el tipo de reacción en tales casos, se trate de la declaración de independencia entonces o el desbordamiento de nuestros límites ahora, pero no su necesidad imperiosa como réplica debida, dando por sentado que ha de ser legal, esto es, jurídicamente irreprochable, considerado el plano interno o internacional, y además proporcionada.

Por supuesto es el Gobierno, que dirige la política nacional, quien, en la crisis, decide lo que ha de hacerse, pues la conducción del Estado tiene un significado proyectivo y a largo plazo, pero también reactivo, afrontando lo que en un grave momento requiere la comunidad. No ha de escatimarse entonces la legitimidad al Gobierno para responder a los desafíos existenciales de los que estamos hablando. De modo que según lo que podríamos llamar patriotismo institucional, la oposición debe respaldar sin fisuras al Gobierno, esto es, reconocer su liderazgo en la política adoptada en la ocasión por el Ejecutivo. No va a ser tanto el acierto en las medidas a tomar lo que valoren los ciudadanos con ocasión de la crisis, sino la disposición a la hora de afrontarla, la serenidad, la determinación y el coraje en el embate. Y la prueba medirá tanto al Gobierno como a la oposición, aunque obviamente la resolución sea cuestión preferente del Ejecutivo. No deberían perder de vista, ni el Gobierno ni la oposición, que los ciudadanos no esperan como conducta de su clase política en la dificultad, la confrontación y la disputa, según líneas partidistas o ideológicas, sino la colaboración y el refuerzo mutuo.

Claro que la oposición no desaparece en la tormenta, y que su contribución será imprescindible para establecer las causas que la originaron. Para muchos el tratamiento del gobierno de Rajoy a la apuesta independentista resultó equivocado y frustrante. Creimos ver dejación y falta de previsión, en vez de determinación e iniciativa. Ello no fue obstáculo para apoyar la respuesta del Estado al desafío, tan inevitable como necesaria, que el presidente Rajoy, en el momento oportuno, lideró.

Quizás ahora el espejo refleje una imagen correspondiente hasta cierto punto. El apoyo al Gobierno debe acompañarse de una solicitud de atención del Ejecutivo español en una doble dirección. Primero, no es fácilmente explicable que los servicios de información no captasen indicio alguno de la preparación de la avalancha marroquí sobre nuestras fronteras en Ceuta y Melilla; y que no se previniese la sobreactuación de Marruecos en relación con el tratamiento hospitalario al líder del Frente Polisario, llevado a cabo en unas condiciones algo rocambolescas y que ha acabado, como no podía ser de otra forma, en el pleno conocimiento de nuestro susceptible vecino. En segundo lugar, lo que puede pedirse de la política exterior de un gobierno democrático es decencia, esto es, una orientación general hacia la paz y la defensa de los derechos humanos, pero también realismo, quiere decirse atención, junto a los valores, también a nuestros intereses geoestratégicos y de vecindad. Pareciera como si en ocasiones se olvidara que ha de hacerse compatible el ideal y la prudencia.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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