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TRIBUNA

Tiempo de sonrojo

Antonio Domínguez Rey
martes 25 de mayo de 2021, 20:17h

Habrá un tiempo, no muy tardío, de sonrojo por la política contrapuesta del último año de legislatura. Especialmente, rubicundo será el color de quienes recuerden la campaña autonómica de Madrid del 4 de mayo. Haber polarizado la tensión electoral entre comunismo y libertad, o democracia versus fascismo, según los eslóganes de los dos bloques contendientes, produce hoy vergüenza ajena. Como si los españoles estuviéramos en un régimen paleocomunista al estilo soviético, de triste memoria con sus casi 70 millones de muertos en nombre de la democracia, o cápito-comunista, el chino, con rastro de otros 60 millones de cadáveres. O fuera esto, el patio hispano, un remedo del nacionalsocialismo alemán (1933-1945), o viviéramos en las trincheras de la Guerra Civil española declarada en 1936, con sus precedentes de sobra ya conocidos. A tenor de las proclamas, insultos, intentos de atemorizar a la población ─balas mensajeras incluidas─, dijérase que la capital de España vivía, hace un mes, en una proclama bélica de rémora histórica. Todo ello, además, a los pies de Europa, en plena consolidación y desarrollo político de su Unión. Increíble verificar que España estaba amenazada, y aún sigue, por el remedo bolivariano de Venezuela. Y esto liderado por dos políticos jóvenes, prácticamente bisoños, de formación humanista uno, el colega Iglesias, y técnico-económica otra, la señora Díaz Ayuso. Ambos con trasuntos anglófilos y pasados por la Universidad Complutense de Madrid.

Confieso que mi mayor sonrojo fue éste, el universitario. El nivel electoral vivido, de plaza, circo y feria, enrojece, efectivamente. Da la nota del estado real del país, pues creyó en la polarización semántica de “guerra” y amenaza totalitaria en pleno siglo XXI europeo. La población asumió el reto y votó casi en masa rechazando comunismo y fascismo en aras de la libertad. Se sentía emplazada. Tenía miedo. Alguien analizará un día la impregnación de este sentimiento colectivo. Los medios informativos, demagógicos en gran parte, exaltaron el temor con provecho económico, como si de verdad estuviéramos en un país bananero.

La trastienda de todo ello era en realidad el programa cesarista del Gobierno. El clima venía caldeado por el intento de proseguir el asalto al poder logrado tras moción de censura. El presidente Sánchez buscó ampliar el efecto herradura, y con el apoyo de un partido satélite, a las provincias murcianas y castellano-leonesas. Era el preámbulo ─se intuía─ del cerco y asalto a la comunidad de Madrid. La agudeza de Díaz Ayuso, o de quien quiera que tuvo el olfato, tal vez olisqueo de asesor astuto, al convocar elecciones autonómicas por sorpresa, fue otra baza política sonora desde 2018, fecha de la moción citada, y 2020 al constituirse el gobierno de coalición. De alcanzar lo ideado, el gobierno socio-comunista hubiera logrado, con dos cabezas y un solo cerebro, a título de historia, la presidencia del país y de la capital de España.

Y aquí llega el rubor universitario. En el Gobierno hay colegas con títulos académicos supremos ─catedráticos, rectores, ministros─ . Todos claudicaron ante la banalización del poder y sus prebendas mercenarias. Asumieron el cultivo electoral de barrio; la demagogia educativa; el allanamiento institucional; la promoción endogámica; el trueque de ideas por propaganda… Envilecieron una de las máximas instituciones del Estado. Ninguno supo alzarse en nombre de la función que ejercían o aún ejercen algunos.

Lo más llamativo fue, con todo, y aquí no se salva nadie, la carencia de horizonte europeo en las candidaturas. No se oyó aludir, por lo menos en alto, a Madrid como capital y foco europeo de cultura. Solo trazos históricos, por el Dos de Mayo de 1808, con el trasfondo de la involución socio-comunista en bambalinas; turísticos; reclamos de consumo internacional, financiero, y similares. Es cierto que entidades como el Museo del Prado, el Tyssen, la Biblioteca Nacional, el Palacio Real y el Teatro homónimo, son emblemas internacionales de cultura. No obstante, una campaña electoral autonómica no puede obviar en Madrid su título de sede del Gobierno, capital del Estado, del Reino, y plaza de cultura internacional. Esta pobreza de estímulo hundió al candidato socialista. Si hubiera abierto una brecha con el entorno zafio que lo rodeaba y teledirigía, alzando sobre el atril, la tribuna, en la pantalla, el foro, la voz que corresponde a un catedrático, exrector, exministro de Educación y Cultura ─alguien se lo insinuó a colegas suyos próximos─, no sufriría el descrédito electoral que obtuvo. Tampoco la supeditación de partido. Tendría hoy la cabeza alzada. Esto indica, por otra parte, el nivel mental y pretensiones de los cuadros socialistas y comunistas: poder, poder y poder controlado. A costa de lo que sea.

Frente a una cultura de aprovechamiento histórico de la mayor debilidad de España, se impone un replanteamiento de la función que nos atañe en Europa y ante el resto del mundo, especialmente allí donde contribuimos a crearlo. A la calamidad de la pandemia que sufrimos, se une la insolencia del tiempo perdido con el deterioro y desapego de nuestra historia, la mirada ridícula y panfletaria hacia nuestras miserias. Dilapidamos el potencial de energía creadora. Las posibilidades de futuro aún son notables. No nos referimos al programa totalitario con visos de progreso de la agenda 2030. Ni a su expansión ridícula a 2050, cortina de humo sobre la crisis de frontera con Marruecos y fracaso de política migratoria. ¿2050, tan largo me lo fiáis? El potencial español sigue siendo el sustrato histórico entendido, con Ortega y Gasset, como raíz y entorno de ideas. Nuestro perímetro se dilata con radiación creadora siempre que aunamos esfuerzos y comunidad de vivencia. Un país que emigra laboral, cultural y científicamente, mientras programa reclamos de mano de obra inculta, para explotarla, y rellenar huecos, se engaña a sí mismo.

Comencemos por integrar a los estudiantes, científicos, médicos, profesores emigrados, nueva especie de exilio cultural y principio inverso de Arquímedes, socialmente anómalo. Todo país expuesto a un fluido migratorio cualificado experimenta un déficit intelectual y vejatorio, ad ínferos, igual al peso del flujo desalojado. El vacío consecuente lo rellenan los políticos que tenemos.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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