A mis amigos catalanes, los mejores
Españoles, porque también son los de
mayor valor cívico
En la dramática pintura de Cayo Suetonio, Calígula aparece como el primer Emperador que se proclamó como un dios, aunque, al parecer, no porque fuera creyente en nada. Al contrario: como manifestación de un poder omnímodo, con arreglo al cual la infracción arbitraria de toda suerte de leyes humanas y divinas era consecuencia de una ambición sin límites y la demostración de un poder sin control ni fronteras. En la versión que Albert Camus llevó al escenario, nuestro político romano es un nihilista implacable, un narcisista subido que juega a dios deslizando su índice por un espejo. Una divinidad todopoderosa que rechaza atarse a nada: ni siquiera a sus propios sentimientos. Porque, quiere reinar en un mundo en que la libertad no es un derecho sino un privilegio del poder: la única realidad que el autócrata reconoce porque ofrece una oportunidad a lo imposible. El bien y el mal, la verdad y la mentira, no existen, más que como una manifestación del poder. Tampoco la felicidad. Quizá, en un futuro inalcanzable: por eso, pide la luna a su criado, Helicón. Lo imposible, indefinido y diferido en un tiempo remoto: ¿el 2050, tal vez? De suerte que el deseo, la esperanza de una vida en libertad y seguridad de quienes conspiran contra el provocan su ironía despectiva. El Calígula de Camus es un existencialista agónico, arbitrario y destructivo, que gobierna entre la burla y el desprecio frente a críticos y oponentes. Ni una brizna de utopía e ingenuidad.
En la actual escena española, tampoco. Advertido queda el lector, que la figura descrita por Suetonio y dibujada por Camus queda lejos de una comparación literal. No es más que una sugerencia literaria en la que desde luego sobrarían escenas del marqués de Sade; pero sugerente, en cuanto a ciertos rasgos psicopáticos: perfiles narcisistas y obsesiones de poder por encima de todo, a costa de cualquier consideración moral, pública o privada. En todo caso –y para evitar enturbiar nuestro análisis- le propongo al lector dejar fuera de un cálculo razonado mesas petitorias y otras manifestaciones que, por respetables que sean y justificadas que estén desde ciertos supuestos, son un ejercicio de catarsis colectiva, mucho más que de comprensión. Olvidemos también las luminarias de la propaganda; la del PP, en este caso. En este punto, tiene razón el Gobierno: el indulto no es un pago parlamentario para unos votos que, aprobados los presupuestos, ya no resultan críticos. Votos, de unos socios que, en todo caso, carecen de alternativa. No existe, en efecto, una alternativa política verosímil que ofrezca a los nacionalistas una ventana –en acertadas palabras de Pere Aragonés- remotamente más rentable que la que les garantiza nuestro Calígula particular, apalancado en el silla curul de la Moncloa. Tampoco son estas líneas el lugar adecuado para dilucidar el trasfondo jurídico de la medida de Gracia planeada por el Gobierno. Ni menos soy yo ponente capacitado para un análisis de tal envergadura y especialidad. Baste con reparar en el hecho de que un indulto colectivo parecería ser sinónimo de amnistía, guardando, por ahora, en un cajón de nuestra memoria, el demoledor Auto del Supremo, porque, con toda probabilidad, traerá cola.
La justificación esgrimida por el Gobierno es el bien político superior derivado del indulto: un perdón generoso que amortiguará la tensión y encauzará el problema por la vía del diálogo y el acuerdo. Aún pasando sin pestañear por la sorprendente y disparatada aseveración del Presidente del Gobierno de que las sentencias son una forma de “venganza” (aventurada afirmación que nos transporta al mundo Altomedieval anterior a las Partidas), sin duda, la reconciliación es un objetivo de gran proyección, ambicioso, deseable y respetable.
En teoría. En la práctica no se conoce un solo ejemplo histórico de un movimiento nacionalista neutralizado por vía de concesiones. No está en su naturaleza política: que es abrasiva, voraz e insaciable. Nunca están satisfechos, porque, lo que el Estado articula como acuerdos, ellos lo declinan como etapas. Lo sabemos, y lo hemos comprobado desde el Estatuto de 1979, o el más reciente de 2006: ninguno es reformable, porque todos son trampolines hacia el paraíso de la Patria irredenta. Nadie hubo en España más entusiasta del nacionalismo catalán que el padre político del Estatuto de 1932; pero tampoco nadie más desengañado que don Manuel Azaña. Invito al lector curioso a que repase la amarga correspondencia del último Presidente de la II República con su antiguo secretario, Juan José Domenchina: los nacionalistas catalanes le habían engañado y decepcionado, traicionando a la República y a España.
Pero, ¿acaso el llamado referéndum de autodeterminación traerá paz y sosiego? Pues, tampoco. Ni aunque fuera posible violentar la Constitución y –ainda mais- cambiar el sujeto de soberanía. Ni siquiera si ganaran un hipotético referéndum sería suficiente: porque, eso, la independencia de Cataluña, sería el plato fuerte. Pero, no el único. Tras ello, vendrían Los Països Catalans: el Reino de Valencia y las Baleares. Y, por fin, los condados franceses, como postre. Pues, como corresponde, a su código identitario y territorial, los nacionalistas son milenaristas y aspiran a redactar de nuevo el Tratado de los Pirineos de 1659. (Aunque bien es verdad que, en esa curva del camino, se iban a topar con una horma implacable de su propio zapato: la República Francesa, que ni admite bromas ni tiene remilgos ni complejos.
Ya se, ya se: me conozco la sonrisa indulgente ante casi cualquier análisis intelectual que de malas noticias. Pero, lo cierto es que todo el razonamiento que justifica la política de concesiones, pivota sobre el entramado psicológico que esboza una sonrisa de suficiencia. En realidad, una suerte de conjuro que sirve para ahuyentar temores y rechazar mentalmente el lado oscuro de la realidad. Cosas tan disparatadas e inverosímiles no pueden pasar: too ugly to contemplate, (que dicen los ingleses, cuando quieren apartar mentalmente una realidad demasiado desagradable para ser admitida). ¿De verdad que no? Aquí, puede pasar de todo, escribí hace muchos meses en esta misma tribuna. Y el caso es que ha pasado de todo. Y sigue pasando. Cada vez con más intensidad. Cada vez mayor el disparate: ¿o es que sentar en la Mesa de negociación (volveremos más adelante sobre tan peculiar plataforma) a un preso convicto y sentenciado en firme, al que se equipara a Nelson Mandela, nos parece poco? Me temo que tenga razón Cayetana Álvarez de Toledo. Debemos tomarles en serio: los nacionalistas dicen lo que de verdad piensan y, siempre que pueden, cumplen con su palabra maximalista, por delirante que nos parezca. De una u otra forma, ho tornaran a fer, antes o después: consumida la etapa en cuestión, romperán el acuerdo y volverán a las andadas. Las concesiones, alimentan, en lugar de saciar a la fiera.
Un elemento éste, fundamental en las teorías del apaciguamiento. Un primo mío, Ignacio Varela Díaz, en un artículo bien estructurado y mejor argumentado, ha desgranado y desmontado la falacia que socava las políticas de apaciguamiento. Sin embargo, en este caso, conviene tener presente el referente histórico. El modelo y paradigma del apaciguamiento fue la reunión de Munich durante el verano de 1938, en que los aliados aceptaron entregar al III Reich el territorio checo de los sudetes alemanes –que Hitler reclamaba, conviene recordarlo, según el principio de autodeterminación- a cambio de una vaga promesa de peace for our time. En menos de un año, la fiera nacionalista había digerido las concesiones de los aliados y, en marzo de 1939, cubierta la etapa, el Sigfrido nazi se lanzó sobre el resto de Checoslovaquia, haciendo buena la impopular predicción de Churchill: se [nos] ofreció elegir entre la guerra y la humillación; […] aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra. Y así fue. Sin disparar un tiro, la peor derrota, en el peor momento posible; la idea -que también es de Winston Churchill- necesita traducción: con el nacionalismo, las concesiones, en pos de compromisos duraderos que eludan la confrontación, son ilusorias; trampas que nos hacemos a nosotros mismos en el solitario de un temor anestesiado por la utopía. Sólo entienden el idioma de derrotas o victorias. Por eso, el problema consiste en elegir el momento y el lugar menos costoso para presentar batalla política.
Sin embargo, sería un error extremar la comparación con el clásico modelo de apaciguamiento muniqués, sin detectar una diferencia fundamental en la posición de los actores del drama, pues, en nuestro Munich actual, el reparto de papeles es muy distinto. Y este punto tiene un alcance estratégico que, en mi opinión, ayuda a entender el giro decisivo del partido socialista en la versión de su cisma sanchista. Porque, nuestro Calígula, no es un Chamberlain ingenuo e inocente, ansioso en pos de un utópico e inalcanzable final feliz de película (ni un Daladier atribulado, incapaz de afrontar la dura realidad ante sus colegas de gabinete). No. Nuestro Calígula es un Mussolini triunfante, interpretando el papel de falso mediador, pero deseoso de congraciarse con las fieras, y orgulloso de cabalgar al frente de una manada de lobos. Además, ante la parroquia constitucionalista (la inmensa mayoría del país), el jinete se presenta como domador de tigres. De modo, que si la ficción se mantiene un par de años, aún puede revalidar su poder; y si el espejismo se disipa más pronto que tarde, el que venga detrás que arreé: una amiga catalana, de lengua casi tan aguda como su cabeza, me asegura que, aunque ellos todavía no lo sepan, ya hay astutos en el PP, prestos a descubrir un nuevo Pujol “sensato y pactista”, antes de que la realidad nacionalista le convierta en traidor. (La comparación -que bien entendido está lejos de convicciones, programas y talantes políticos- se circunscribe aquí al diverso papel desempeñado por los actores en la famosa Conferencia, en relación con el reparto actual de roles). La idea fundamental, pues, es que, a estas alturas, aquí y ahora, nacionalistas y populistas son los socios estratégicos de nuestro Calígula, más allá de una coyuntura parlamentaria táctica, amortizada y blanqueada meses ha.
Y ahora, regrese el lector al primer párrafo de este artículo. No hay ingenuidad ni utopía: Calígula, Rasputín y demás electoreros de gabinete, quizá sean iletrados, pero son inteligentes; o, al menos astutos. Y viven conscientes de que los nacionalistas romperán el acuerdo, mentirán y traicionarán; entre otras cosas, porque es la forma en que ellos mismos entienden la política y la pócima que administrarán a sus socios de ocasión, cuando crean que trampa y engaño incrementan su poder. Sospechan, además, que el nacionalismo de Waterloo no puede tolerar que el pacto entre Esquerra y Sánchez salga demasiado bien durante demasiado tiempo. Así pues, ingenuidad ninguna. Lo que hay es estrategia. Por ahora, Calígula está encantado con su escolta de independentistas catalanes (en sus diversas denominaciones), Bildu-etarras, Peneuvistas, populistas (de varias “mareas”) y comunistas testimoniales. Y, desde su punto de vista -que poco tiene de socialista, puesto que sólo está orientado a maximizar poder- debemos reconocer que la idea no es mala. Porque, en ese nuevo planetario político, el PSOE (versión sanchista) queda colocado en el centro; en el centro-derecha del extremismo, se entiende. Naturalmente, en esa cosmogonía sanchista, al menos la mitad de Cataluña pasa a componer una legión de ilotas, ciudadanos de segunda clase y condición; y, como dos tercios de la España restante, queda fuera del juego político. O sea, una versión del pacto del Tinell, pero más pensada, mejor estructurada, y con más comparsas en el reparto. Nada nuevo que no hayamos leído, cuando la izquierda española sufre un ataque agudo de moralina y considera que toda oposición es una forma de perversión moral que debe ser ostraquizada del juego político. En definitiva, un plan azañista ochenta y tantos años después y con ochenta y tantos mil libros menos en la cabeza.
Ni que decir tiene que en el nuevo sistema planetario sobran muchas cosas nada fáciles de ventilar. Para empezar, el llamado “régimen del 78” y la Constitución de consenso de el derivada. Un texto que, desde los supuestos de este poder imperial, no es reformable: hay que demolerla para construir una constitución confederal de disenso. Una aventura que conlleva nada menos que un cambio en el sujeto de soberanía (lo único sistemáticamente reproducido en los textos constitucionales democráticos españoles desde 1812); asegurándose, eso sí, que a provincias y comarcas no se les ocurra aquello del Val D’Aran, y, canibalizada la soberanía nacional española, vayan a sentirse soberanos por su lado ellos también, al grito de ¡Viva Cartagena!. En todo caso, se trata de operaciones que exigen suprimir o erosionar la separación y equilibrio de poderes, violentando el Estado de Derecho y domesticando o suprimiendo los cuerpos que lo administran y custodian. Están en ello. El programa de los zapadores políticos progres, ya nos lo sabemos: al grito de la democratización de la administración, se trata de sustituir la oposición por la elección...a golpe de dedo político. El croquis de ese monstruo autoritario, cuando no totalitario, ya lo conocemos. No hace falta mirar a Venezuela: está escrito en las leyes de desconexión, aprobadas por la mayoría secesionista del Parlament hace poco más de tres años. Por fin, la Corona, en tanto que garante de una democracia parlamentaria, es, naturalmente, un obstáculo considerable a batir. (Siempre y cuando nos aseguremos que la soñada III República en nada se parecerá a la Francesa; ni menos a la de Suiza o a la de Estados Unidos, que no dudaron en cañonear a los Confederados de uno y otro lugar ante parecidos retos). Ahí es nada.
Por eso, tiene razón Teresa Freixes: no nos obsesionemos con el indulto, porque aquí lo fundamental es la Mesa. Lo de la Mesa, por cierto, tiene su traca. Son de esas enormidades que nos repiten incesantemente, como si de algo normal se tratara, a ver si nos acostumbramos al disparate. ¿La “Mesa”?. Pero, ¿qué “Mesa”? ¿No nos explicaron en el bachillerato que se inventó en el siglo XII y que se llamaba Parlamento o Cortes? Aunque, claro, si de lo que se trata es de marginar a más de la mitad de Cataluña y a dos tercios de la opinión española, se entiende que sobre y estorbe el Parlamento, y que, en su lugar, se constituya la tal Mesa, sólo compuesta por sanchistas y nacionalistas, que, con probabilidad, pactarán un referendum vergonzante, piadosamente denominado consultivo. Con todo, no desespero que la prensa y radio del Movimiento (sanchista) se descuelgue con alguna lección de moral, dizque progresista, con arreglo a la cual, en esa plataforma que están montando entre Aragonés y Sánchez de espaldas a las Cortes, la Cataluña constitucionalista y la España no-socialista aparecerán representadas en...el espíritu de una “nueva normalidad”.
Repasados los requisitos, parece obvio que la pirueta de Calígula resulta complicada. Pero, no imposible. Recordemos otra vez a Burke: para que el mal triunfe, basta con que los buenos no hagan nada, y continúen bailando confiados, al son de la lamentable letanía de que “eso aquí no puede pasar”, como un conjuro que disipe temores y nos ayude por fin a encontrar ese nacionalista “bueno y leal” que todos los gobiernos que en la Moncloa han sido siguen buscando desde hace casi medio siglo. Por eso, deberíamos tomarnos muy en serio el siniestro plan de Calígula; muy en serio, si queremos preservar una democracia parlamentaria con división y separación de poderes y un Estado de Derecho robusto.
Por José VARELA ORTEGA
Editor de EL IMPARCIAL