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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Los hermanos Machado, de Alfonso Plou: los tabús en la guerra de las dos Españas

martes 08 de junio de 2021, 12:09h
El veterano y reconocido Teatro del Temple nos acerca a las figuras de los dos poetas, Antonio y Manuel, a quienes, tras convivir, colaborar y escribir obras teatrales juntos, la contienda fratricida les llevó a enfrentarse, de un modo radical, al estar cada uno en un bando diferente al otro
Los hermanos Machado, de Alfonso Plou: los tabús en la guerra de las dos Españas
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Los hermanos Machado, de Alfonso Plou

Director de escena: Carlos Martín

Intérpretes: Carlos Martín, Félix Martín y Alba Gallego

Lugar de representación: Teatro Fernán Gómez (Madrid). Hasta el 13 de junio y gira por España

No es la primera vez que Alfonso Plou aborda personajes históricos vinculados al conflicto secular de las “dos Españas”. Eterno combate que a veces nos crea el espejismo de desvanecerse solo para resurgir después de forma súbita, con toda su virulencia y con todo ese ardor arcaico que perdura obstinado contra toda lógica. No hace muchos años, en su drama Transición, Pou afrontaba la figura histórica de Adolfo Suárez justo como el artífice de aquel inesperado abrazo de reconciliación -para muchos imposible-, entre esas dos Españas llenas de odio recíproco. Un armisticio que durante décadas se consideró definitivo. Nueva quimera que el actual siglo XXI se ha encargado de demostrar ser muy cándida. En Transición, el carácter fugaz de aquel aparente punto final en las hostilidades, se ponía de relieve cuando el Adolfo Suárez de la pieza, en realidad, no era más que un loco recluido en un manicomio que creía ser Adolfo Suárez. Siempre con la mano tendida a sus interlocutores, su afán de acuerdo y su fe en el entendimiento entraban en el campo del ensueño, del puro deseo ilusionado, incluso cerca del delirio o el desvarío más propios de un sanatorio psiquiátrico. Un quijotismo político donde se marcaban los ideales colectivos que deberíamos sostener a todo trance y que, sin embargo, parecen predestinados a un fracaso cíclico.

Ahora, con su nuevo estreno: Los hermanos Machado (que ha ampliado funciones hasta el 13 de junio en Madrid, y luego irá de gira), Alfonso Plou y su Teatro del Temple, nos sumergen de hoz y de coz en el epicentro despiadado de esas dos Españas a través de las vicisitudes que unieron y desmembraron los vínculos de Manuel Machado frente a su hermano Antonio. ¡Extraordinario acierto esta elección! Estaba ahí, en el conocimiento de todos, la animadversión política entre ambos, una vez comenzada la Guerra Civil. Pero se necesitaba que alguien viese en ese antagonismo ideológico un formidable duelo escénico. Que construyese, sobre las tablas, a partir de los hechos históricos, un combate genuinamente dramático e hiciese que esa batalla particular simbolizara, a través de un caso concreto, el larguísimo historial de conflictos cainitas que ha caracterizado a nuestro país.

Esa fuerza simbólica se intensifica, además, por circunstancias muy singulares que hacen vibrar nuestra conciencia. El drama se desenvuelve en el ámbito íntimo de una sola familia. A pesar de las diferentes actitudes vitales y estéticas de Manuel y Antonio, los dos hermanos habían sido criados en idénticos ideales de la Institución Libre de Enseñanza, bajo la ascendencia del abuelo institucionalista Antonio Machado Núñez y de su padre Antonio Machado Álvarez, catedrático de Folclore y uno de los primeros flamencólogos hispanos, a quien le gustaba autodenominarse con el seudónimo de “Demofilo”, o amigo del pueblo. Sus estudios sobre la poesía popular española ejercieron una impronta decisiva sobre los poemas de sus hijos Manuel y Antonio, aprovechándola ambos con directrices muy divergentes entre sí. Pero el sustrato educativo común no solo incrementó la mutua cordialidad y entendimiento fraternal, sino que también hizo posible una fructífera colaboración literaria en populares dramas escritos al unísono: Juan de Maraña, Las adelfas, La Lola se va a los puertos, La duquesa de Benamejí...

Uno y otro saludaron con entusiasmo, asimismo, el cambio de régimen en 1931 y recibieron con fervor la instauración de la II República. Sin embargo, estos lazos de sangre y profundos vínculos intelectuales se hicieron añicos de forma brusca e impetuosa tras el comienzo de la Guerra Civil. Manuel Machado, que se encontraba circunstancialmente en Burgos, apoya la sublevación militar, donde se convierte en un repentino apologeta del ejército rebelde con sonetos en honor de José Antonio, así como con poemas cuyos títulos son de por sí de sobra elocuentes: “Al sable del Caudillo”, “Francisco Franco”, “Emilio Mola ¡Presente!”, “Tarifa-Toledo”, y en los que se pueden leer versos como: “De tu soberbia campaña, / Caudillo noble y valiente, /ha resurgido esplendente / una y grande y libre España.”

En la zona republicana, por el contrario, su hermano menor Antonio Machado sufre el asedio de las tropas franquistas contra Madrid, empujándolo hacia una radicalización política frontalmente opuesta a Manuel. No porque siga defendiendo el régimen legítimo de la II República, sino porque acusa a los republicanos que no militan en la izquierda de ser traidores y sediciosos por esencia y, por lo tanto, enemigos a batir sin escrúpulos. Seguía en esto el lema de Azaña: "A la derecha de Izquierda Republicana no hay nada." Para Antonio, el prototipo de cualquier votante de derechas estaba representado por Alejandro Lerroux de quien hace el siguiente dictamen: “Un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida.” Si en Burgos, Manuel atribuía el rol de Caudillo al general Francisco Franco, en el otro bando Antonio consideraba un nuevo Cid Campeador a Enrique Líster, comunista formado en la Academia Lenin de Moscú y la Academia Frunze del Ejército Rojo soviético, antes de volver a España con el fin de operar en la fuerza armada de choque del Partido Comunista Español, bautizada en la época republicana como Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), y formar parte, después, una vez iniciadas las hostilidades, del Quinto Regimiento, y dirigir la 1ª Brigada Mixta del Ejército Popular. Celebérrimo es el soneto de Antonio Machado a Líster que termina: “Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría.”

Sin ser marxista, Antonio Machado, trasladado a Valencia, se vincula con los sectores socialistas más revolucionarios y con los órganos de expresión del Partido Comunista. La derecha del otro bando, pero también la derecha republicana, no merecen para él perdón, ya que componen un todo unido por un único propósito: liquidar España, tal como consigna en su poema-panfleto “Meditación del día”, donde se lee: “Pienso en España vendida toda/ de río a río/ de monte a monte, /de mar a mar./ Toda vendida a la codicia extranjera”. Sin compartir los postulados filosóficos del marxismo, juzga a los revolucionarios con ideales soviéticos -socialistas y comunistas-, como el auténtico pueblo español al que debe unir su suerte, rindiendo así un íntimo homenaje a su propio padre y su seudónimo como amante del pueblo: “Demofilo”.

Una confrontación de tan visceral intransigencia, parece cumplir punto por punto una de las primeras descripciones de esa larga contienda entre las dos Españas, que debemos a la pluma de Benito Pérez Galdós. Para él, este fenómeno se manifiesta “en forma de pasión política, de adhesión frenética a un sistema y odio profundo al contrario.” Este arrebato de odio político se apodera con demasiada frecuencia de las entrañas de millones de compatriotas. La construcción escénica de esta colisión visceral llevada a cabo por Alfonso Plou, a partir de los dos grandes poetas, nos deja en primer término un personaje teatral memorable: el Manuel Machado de la función.

De vuelta a la casa familiar madrileña, Manuel defiende su cambio de postura frente al régimen republicano. Ahora cree en la causa franquista -o desea creer en ella-, así como en la criminalidad de las masas republicanas. Pero este bandazo en su actitud política se va abriendo a otras motivaciones mucho más oscuras, vergonzosas, quizá inconfesables. En Burgos fue detenido y llevado a una cárcel dedicada a las represalias y crímenes en la retaguardia. La decisiva intervención de su esposa, Eulalia Cáceres, logra rescatarlo del calabozo, y quizá, del cadalso, o de la simple sepultura anónima en una cuneta. Manuel ha sido, hasta entonces, un señalado adalid público de la II República. ¿Ha de serle fiel hasta la muerte? En los excelentes y reveladores diálogos del drama de Plou somos testigos de cómo el autor de Alma o El mal poema, afronta el terror ante tan ignominiosa muerte. Algo que le induce a un grave dilema: ¿a quién debe mayor lealtad, a las ideas de un programa político o al entusiasta y refinado vitalismo que ha presidido toda su existencia? Y Manuel Machado elige la vida, por encima de cualquier idea. Algo que experimenta con una furiosa y secreta convulsión interior. Ya no sabe en qué ideas cree y la intuición de haberse traicionado a sí mismo abre en su corazón una herida que no logra superar. Manuel se transforma así en un personaje agónico, en su acepción más genuinamente unamuniana, alguien que vive en una eterna y desesperada guerra secreta consigo mismo. En su disputa con Antonio, le recriminará elegir lo contrario que él: anteponer unas ideas a la propia vida, pero esa acusación se alimenta, en realidad, de una profunda mala conciencia interior.

La pieza Los hermanos Machado amplía incluso ese sentimiento de culpa a un radio de acción mucho más extenso que le inculpa también de responsabilidad de la muerte de su madre Ana Ruiz y de su hermano Antonio en febrero de 1939, en Colliure, pueblecito del sur francés. Se recoge así la tesis del gran biógrafo del autor de Campos de Castilla, Ian Gibson, quien ha dictaminado que a Antonio Machado lo mataron los sonetos franquistas de su hermano Manuel. Se puede, quizá, disentir de este diagnóstico, pues Manuel no fue responsable de las peripecias que causaron el fallecimiento de su madre y hermano, y tanto su prolongada tristeza como su predilección final por la poesía religiosa, pueden atribuirse al pesar y sentimiento de pérdida por seres muy queridos muertos en una situación tan brutalmente trágica.

En cualquier caso, el drama se decanta a favor de la sentencia de Gibson y por la culpabilidad, en términos absolutos, de Manuel. Para expresarlo visualmente, más allá de las palabras, el dramaturgo recupera una secuencia del filme surrealista de Luis Buñuel, Un perro andaluz, con guion escrito al unísono con Salvador Dalí. Aquella, precisamente, de la culpa del protagonista cinematográfico encarnada en unas cuerdas que debe arrastrar atadas a dos pianos, dos burros muertos, las Tablas de la Ley de Moisés y varios frailes maristas, la carga simbólica de la moral tradicional que le impide realizar sus verdaderos deseos. Ahora, Manuel Machado se echa sobre los hombros otras dos sogas que esta vez arrastran, por el contrario, la pesada cama de Colliure donde fallecieron su madre y su hermano. Una escena onírica donde se plasma en términos de pesadilla esa responsabilidad homicida que recaerá eternamente sobre Manuel. El actor Félix Martín encarna con una gran autenticidad todos esos complejos elementos que se dan cita con asombrosa heterogeneidad en el personaje: señorito culto, amante del pueblo con gustos elitistas, republicano franquista, vitalista sibarita y voluptuoso con fuertes creencias cristianas.

La quimera onírica no se queda ahí. La alcoba de su habitación lleva pintada en la pared el mapa de España, que se desdobla y reproduce de forma simétrica en el suelo, configurando el espacio simbólico de esas dos Españas que no se pueden tolerar y se excluyen entre sí. En ese ámbito de pesadilla, el antagonista alucinatorio de Manuel no puede ser otro, como es obvio, que Antonio Machado. En general, se subraya en él más al poeta noventayochista que al belicoso propagandista de la etapa valencia. Su carácter virtual se debe justo a que ya no está vivo. Muerto y enterrado, el poeta de Soledades solo puede retornar a la casa familiar como espectro. S trata del fantasma que invoca la mente dominada por la culpa de Manuel.

En este encuentro más espectral que verídico, se explora lo que pudo ocurrir si ambos hermanos hubieran tenido la oportunidad de conversar al concluir la contienda. Sin duda, el Antonio Machado histórico fue un poeta más original, creativo, y sobre todo profundo, que Manuel. Pero como personaje resulta aquí infinitamente más simple que su fraternal adversario. Ninguna pasión le altera, ningún rencor agita su alma, ninguna duda íntima le asalta. Sus reproches resultan tan certeros como libres de encono o resentimiento. Es decir, se trata de un ser humano muy alejado de la verdadera experiencia vital del común de los mortales que sufrieron aquellas horas bárbaras. De hecho, nada nos permite entrever los entresijos más humanos de su vida interior.

No atribuyamos esto a ninguna impericia del dramaturgo Alfonso Plou, ni menos aún al actor Carlos Martín, director también del montaje, que lo interpreta. En realidad, la cultura española derivada de los dos bandos elevó a Antonio Machado a unos altares seglares, que no por profanos hicieron de él una efigie menos sagrada. Convertido en un auténtico santo laico de nuestra moderna cultura, resulta un tabú inviolable pensar en términos críticos sobre su personalidad. Sería necesario que la admiración, incluso la legítima veneración de su poesía, no fuese una camisa de fuerza que impidiera pensar de manera analítica sobre el hombre que fue. Se precisa mucho valor para cuestionar esa superstición secular. ¿No puede plantearse, por ejemplo, que sus relaciones con Leonor o con Pilar de Valderrama, la diosa Guiomar, delatan al menos una enorme inmadurez sentimental, cuando no una incapacidad manifiesta de tratar de igual a igual a la mujer? ¿No le atribuló esa carencia emocional? Ante el hecho de la guerra, ¿no pudo cavilar para sus adentros, como el Jean Tarrou de Albert Camus en La peste, que nadie debiera ofrecer su vida por una idea? En la propia biografía de Ian Gibson, el gran hispanista se interroga: “¿Estaba el poeta al tanto de la magnitud del Terror Rojo imperante, y al cual trataba de poner coto la Junta de Defensa?”. La respuesta es un rotundo sí: sí estaba al tanto. Entonces, ¿nunca pensó, ni para sí mismo, en utilizar su enorme ascendencia para ayudar a parar esa criminalidad? ¿Por qué no alzó la voz, ni escribió una sola letra contra esa violencia inhumana? ¿Estaba de acuerdo con ella, o le era indiferente, o tenía miedo a hablar, lo consideraba un caso perdido? ¿No debió de vivir una turbulenta controversia consigo mismo, no pudo ser también un agonista, como lo fue, de otro modo, su hermano? ¿Jamás imaginó que sus diatribas inclementes contra los que no pensasen en términos de izquierda revolucionaria, ponían en peligro -si no directamente en la diana-, a personas inocentes que tenían derecho a conservar sus propias ideas? ¿No hirieron esos homicidios un corazón tan sensible, no vibró nada en su alma? ¿El ataque esquinado, más aún en aquellas circunstancias, a la obra de José Ortega y Gasset, acusándole de señoritismo cultural, no escondía una disputa más allá de lo filosófico, una animosidad, un desquite, por no dejarle aspirar a su deseada primacía en el pensamiento español?

Ya en Valencia, en plena sintonía y colaboración con las milicias comunistas alentadas por Alberti y María Teresa León, así como lideradas por Líster, todos ellos tan próximos a él, el biógrafo Ian Gibson, asimismo, se interroga: “¿Había oído Machado rumores acerca de posibles crímenes del estalinismo?” Difícil comprobar si tuvo información al respecto. ¿Pero no fue evidente la violencia ejercida contra el POUM bajo insidias que provenían del Kremlin? ¿No fue escalofriante la tortura y asesinato de Andreu Nin por no seguir escrupulosamente las directrices soviéticas? ¿No estaba al tanto de los suplicios y homicidios cometidos en las checas de Valencia, incluso contra inequívocos defensores de la República, como demostró palmariamente Ignacio Martínez de Pisón en Enterrar a los muertos? ¿No pudo pasársele por la mente que la retaguardia republicana no debía actuar con métodos análogos a la retaguardia fascista? ¿No tuvo deseos de hacer una advertencia, de oponerse de algún modo a tal brutalidad? ¿Jamás tuvo la tentación de reaccionar como lo hicieron John Dos Passos, George Orwell o el gran poeta W. H. Auden, justo después de su experiencia valenciana en la misma época?

El reto de dar respuesta a estos interrogantes, junto a otros muchos, de mayor o menor enjundia por el tabú de esa santidad laica que aprisiona la figura de Antonio Machado, impide que accedamos a un verdadero hombre de carne y hueso. Es decir, con su grandeza, pero también con sus dudas, sus errores, sus insuficiencias o sus culpas íntimas. La ausencia de toda esta complejidad innata a cualquier persona, hace que el litigio con Manuel pierda muchísima intensidad. Y que el espantoso duelo entre las dos Españas no muestre en la pieza la inclemencia y el cariz terrible, que para los unos y los otros, supuso esa confrontación. La intensidad dramática se diluye, tras haberse alzado con toda la culpa agónica de únicamente Manuel Machado. Su magnitud como drama cae bajo mínimos cuando el tabú que envuelve a Antonio Machado ejerce su pernicioso efecto inhibidor.

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