He escrito un libro titulado La caída del imperio soviético (Actas). La idea de este libro surgió de mi admirado César Alonso de los Ríos quien, conociendo bien mi biografía, o sea que yo había nacido en Moscú y pasado muchos años de mi vida en la Unión Soviética, me dijo, después de haberse producido el descalabro total de la URSS: “Boris, por qué no escribes un libro explicando, siendo tú un testigo presencial, las principales causas que llevaron a este gran país que estaba dominando medio mundo, a resquebrajarse por sí solo, sin ninguna causa catastrófica exterior o una explosión social interior, que lo justificara. Aquí en España conocemos muy poco, salvo algunos tópicos y anécdotas, este monumental fracaso del comunismo en su “alma mater” más grande del universo”. (“Jamás una gran potencia se desintegró tan completa y rápidamente sin que antes hubiese perdido una guerra” - dirá en su momento Henry Kissinger, confirmando las palabras de Cesar Alonso de los Ríos”).
Después de que César nos dejara, Dios lo tenga a su lado, Agapito Maestre no dejó de recordarme las conversaciones sobre la caída del comunismo que mantuvimos los tres en muchas de nuestras reuniones. Jamás terminamos nuestros encuentros sin que me recordará: “Boris, por favor, escribe ese libro sobre la Unión Soviética, porque fuiste un testigo privilegiado de esa caída. Tú vivías allí. Pocos tienen los conocimientos de ese país que tú atesoras por biografía y sabiduría. Escribe, por favor, tu experiencia de la caída de la Unión Soviética”.
Seguí los consejos de mis dos ilustres amigos míos y, finalmente, escribí el libro, ampliando la idea de la caída de la URSS a la de la caída también de sus satélites socialistas-comunistas que formaban aquel “universo comunista” al que se refería amigo Cesar. Así nació esta obra, magníficamente confeccionada en los talleres de la editorial ACTAS.
En ella analizo y dibujo con todo lujo de detalles y con la máxima objetividad posible, cómo y porqué había desaparecido, a finales de diciembre de 1991, del mapa mundial el último Imperio más grande del planeta, el “Soviético”, al que componía la Unión Soviética y así llamados países “satélites” del Bloque Socialista: Polonia, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, Rumania y la República Democrática Alemana (Alemania Oriental).
A todos estos países los unía la misma estructura política y económica: un único partido en el poder, el Partido Comunista, aunque con diferentes nombres, pero con la misma definición ideológica y organización. Los mismos “patriarcas” encabezando estos países y sus respectivos partidos. Idéntico sistema económico, centralizado y planificado. Y con problemas internos parecidos.
El descalabro final del Imperio empezó en el llamado “Quinquenio de los fastuosos funerales”, 1980-1985, bautizado así por el pueblo soviético debido a que la matriz del Imperio, la URSS, era un país famoso por sus planes quinquenales para el desarrollo de su economía socialista. Y, precisamente, en estos cinco años, unos tras otros fueron muriendo los más destacados miembros, que formaban el “núcleo duro” del Politburó (Buró Político) del PCUS, el máximo órgano del poder en la URSS desde que Stalin fuera elegido secretario general del Partido Bolchevique, después de la muerte de Lenin en 1924.
La galería de estos personajes “moribundos”, con sus biografías y las particularidades más destacadas y hasta divertidas, abre el relato del libro. Ante los ojos del lector van pasando los personajes tan famosos del régimen soviético como:
- El “premier” Alexéi Kosýguin, que a lo largo de 16 años - un récord absoluto en la historia de Rusia y de la URSS - estaba encabezando los sucesivos gobiernos soviéticos desde la época de Stalin hasta y durante de la era de Brézhnev. Un hombre serio y duro, responsable del funcionamiento de la economía socialista, centralizada y planificada, y quien le gustaba llamarse a sí mismo el “Ingeniero Jefe de la URSS”.
- El “Cardenal Gris”, Mijail Súslov, el guardián de la pureza de la “Biblia” marxista-leninista. Un destacado miembro del Politburó a quien el mismísimo Stalin, le pedía alguna que otra “estrofa” marxista para su discurso de turno. Un personaje gris, tanto por dentro, como por fuera, seco, asceta, siempre con su traje, gabardina/abrigo y sombrero de color gris - de allí viene el apodo - que luchaba implacablemente contra cualquier oposición o disidencia al régimen soviético y a la doctrina comunista oficialmente establecida en la URSS, sometiendo a una férrea censura los medios de comunicación, las publicaciones literarias, las obras del cine y del teatro, así como la pintura y la música, tanto extranjera como la propia. De su vigilancia férrea e implacable se nutrían los campos del Gulag.
- El todopoderoso y más longevo en el cargo del Secretario General del PCUS, Leonid Brézhnev, un amante de las condecoraciones - las acumuló 114 -, de la caza y de las carreras por las avenidas moscovitas, cortadas por la policía de tráfico, en las más de 40 coches de su colección de las marcas extranjeras más famosas, aparcados en el garaje del Kremlin. Un líder, reacio a cualquier cambio o reforma sustancial, que llevó la economía soviética durante los 18 años de su reinado - sólo Stalin le superó en la permanencia en la cúspide del poder en la URSS - a un estancamiento y la degradación total.
- El otro guardián, Arvid Pelshe, no tanto de la ortodoxia marxista, como su camarada en el Politburó, Súslov, sino de la “moral comunista”. Este letón de nacionalidad, a lo largo de 17 años había encabezado el Comité de Control del PCUS, un órgano creado para vigilar el cumplimiento de las normas de buena conducta de todos los comunistas soviéticos y para velar, también, por el adecuado cumplimiento, a todos los niveles, de las decisiones tomadas por los órganos directivos del Partido.
- El espía número uno del país, Yuriy Andrópov, Jefe de la temida policía política - la KGB -, un luchador incansable de cualquier brote de disidencia o de las actividades contrarias al régimen soviético. Sofisticó los métodos de la represión que empleaba su predecesora, la sanguinaria NKVD de Stalin en la época del terror rojo, por el aislamiento a los indeseables para el régimen, no en los campos siberianos del Gulag, sino en las clínicas psiquiátricas “especializadas”. Tenía una fama de “intelectual”, entre de sus colegas del Politburó, y de amante de la música clásica, en su modalidad “de la cámara”, como decía un chiste, jugando con que la palabra “cámara” en ruso significa también la “cámara carcelaria”.
- El creador del “escudo nuclear” soviético, el mariscal Dmitriy Ustínov, que a lo largo de 43 años pertenecía a los círculos del poder donde se tomaban las decisiones cruciales para el desarrollo del ejército soviético y el diseño de la política de defensa del país. Gracias al empeño de ese mariscal de la industria bélica y de sus predecesores en el cargo, en gastar más y más en la producción del armamento y el mantenimiento de un ejército más numeroso del mundo, el pueblo soviético, durante más de 70 años del régimen comunista, estaba sufriendo grandes limitaciones a la hora de adquirir los productos básicos de alimentación y de artículos de la primera necesidad, ya que la mayor parte del presupuesto del estado se gastaba en los cañones y solo lo que se quedaba en mantequilla.
- El finalista en esta carrera mortuoria en la cúspide del poder soviético, Konstantin Chernenko, el que menos tiempo permaneció en el Olimpo del Politburó - solo 11 meses -, pero durante 18 años era la mano derecha de Brézhnev, ocupando el cargo del Jefe de la Organización del Partido. Fue el último Secretario General enterrado en la necrópolis para las más destacadas figuras del Régimen Soviético, en la Plaza Roja, frente a la Muralla del Kremlin y al lado del Mausoleo de Lenin.
En las biografías y las actitudes de los personajes de la “galería”, con muchos detalles y peculiaridades de cada uno de ellos, como en un espejo, se refleja la vida de todo un país y de sus ciudadanos, a los que estos “galeristas”, junto con los demás máximos dirigentes de la URSS, estaban llevando, durante más de siete decenios, a la tierra prometida del Comunismo Mundial.
La muerte de Chernenko puso punto final al “quinquenio de los fastuosos funerales” y dio comienzo al comienzo de una nueva etapa en la vida del país, la Perestroika, del nuevo líder reformista Mijail Gorbachov, elegido el Secretario General del PCUS, después de la muerte del “finalista” Chernenko.
La mayor parte del libro, está dedicada, precisamente, al análisis y la descripción de las reformas democráticas del sistema político y de la liberación de la centralizada y planificada economía del régimen socialista que el nuevo Secretario General había empezado a partir del marzo de 1995.
Cuento sobre la enorme resistencia dentro de la cúpula del Partido y de la nomenclatura administrativa a los cambios que estaba promoviendo Gorbachov; sobre las discrepancias entre los propios reformistas acerca de cómo mejor y con más eficacia llevar las reformas a la práctica, dos visiones contrapuestas, capitaneadas por Gorbachov y su rival más carismático Boris Yeltsin.
El lector encontrará unos episodios llenos de dramatismo, como los sucedidos, en agosto de 1991, cuando los altos cargos del Partido y del Gobierno, contrarios a la Perestroika, intentaron dar golpe de estado para desbancar a Gorbachov y acabar con las reformas democráticas. O cuando surgieron unos sangrientos enfrentamientos entre las élites nacionalistas de las Repúblicas, que formaban parte de la Unión Soviética, pidiendo la independencia y la separación de la URSS, y cómo el gobierno “central”, el Kremlin, intentaba reprimir estas reivindicaciones “nacional-separatistas”.
O que decir del episodio, cuando los líderes de las tres Repúblicas más importantes de la URSS, Boris Yeltsin (la Federación Rusa), Leonid Kravchuk (Ucrania) y Stanislav Shushkévich (Bielorrusia), el día 8 de diciembre de 1991, en una residencia vip de descanso para la alta nomenclatura soviética, situada en un exótico lugar de Bielorrusia, en plena naturaleza virgen, llamado Visculí – a 350 kilómetros de la capital -, casi a escondidas y a espaldas del presidente de la URSS, Mujail Gorbachov, firmaron un documento que había denunciado el Acuerdo de la formación de URSS, elaborado hacia 69 años por los entonces líderes de estas mismas tres Repúblicas. Con este Protocolo de Viskulí, la Unión Soviética, como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica había dejado de existir.
Y, por supuesto, en el libro se está dando el minucioso análisis de los errores de la Perestroika y de las principales causas que la habían llevado a un absoluto fracaso, culminado con el citado Protocolo de Visculí.
En varios capítulos del libro se describe la influencia de las reformas en la URSS en los propios procesos de la democratización en los países del Bloque Socialista, que llevaron a su descalabro total, con la caída del Muro de Berlín como el símbolo inequívoco.
En fin, a los que interesan los temas que he mencionado brevemente en este artículo, encontrarán en las 540 páginas del libro, cuya publicación estoy anunciando, una abundante información y las repuestas a las preguntas que hasta ahora, quizás, no las tuvieran. Ojalá cubra sus expectativas. Y por último, no puedo no resaltar, como ya he mencionado antes, la espectacular edición del libro, con un gran formato, una muy atractiva portada y más de 70 fotos de la época que acompañan la narrativa del texto.