Se acabó la fiesta del rescate y del fondo estructural, porque parece que la futura fiscalidad viene dispuesta a todo: llega la verbena del ajuste y la subida fiscal, que se anuncia socializante, “igualizante” y “democratizante”. Y es el progresista Joe Biden el que lidera ahora la política recaudatoria, con el apoyo del FMI y de la OCDE, al plantear alzas fiscales a las Sociedades a los muy ricos, los que ingresen más de 400.000 dólares anuales: esto para pagar infraestructuras, dice el presidente nacido en Pensilvania, tierra de neerlandeses y de gente más llana que una “keystone”. También ha puesto en marcha el mandatario demócrata una subida memorable de impuestos a las personas físicas, aunque todavía no ha explicado muy bien para qué. Ni él ni sus asesores de los jardines babilónicos del dólar.
Y los nuevos cronistas económicos, gurús autonombrados por generación espontánea y reinas de las mañanas televisuales, dicen que el G-7 aboca a España a subir los impuestos y a darle rienda suelta al gravamen: en concreto, la obligatoriedad de que una multinacional pague impuestos también donde opera –el 15% en total de sus ingresos–: en nuestro país se calcula que se recaudarán hasta 80.000 millones de euros anuales. Aquí nuestros ingresos andan en torno al 39% del PIB, siete puntos por debajo que el resto de Europa, y nuestra deuda alcanza ya el 125% de dicho PIB. Según el informe oficial España 2050 “los más pobres pagan más impuestos en términos relativos que la clase media”. La sombra de la inflación, dicen en el American Enterprise Institute, planea sobre el mundo y el candidatísimo Casado promete que cuando él de mayor sea presidente, rebajará los impuestos, que es el mantra consabido de la propaganda cañí que nunca se cumple. O sea, que ahora que todos se disputan la primacía del sablazo, a ver quién lo da primero, recordémosles el rescate a las cajas de ahorros de 33.500 millones de euros que apoquinamos en 2012 la ciudadanía, que es la paganini de todos los cumpleaños y celebraciones de las élites. Incluso el economista jefe del Banco de España, Óscar Arce, ha dicho que “no parece posible bajar todos los impuestos”. De manera que, por un lado, adiós al paraíso fiscal de unos pocos; bye bye al “Hawái Bombay” del evasor, que siempre se iba a tomar su piña colada –o lo que se estilase– con la jai de turno a Irlanda, Luxemburgo, Países Bajos, Chipre y Malta. De manera que se nos ha prometido recaudar a los a las multinacionales “paradisiacas” y a los ricos que se escaquean de pagar a Hacienda, tras el desmadre frenético y carmesí, que diría Oscar Wilde. Para que no tengan mala conciencia, más que nada.
Al amparo de que somos o vamos a ser armonizados fiscalmente, ya que no lo podemos ser en el resto de los sentidos, los economistas del carpetovetonismo ibérico ya aplican las políticas procíclicas, consistentes en pegar la mordida en plena recesión, que se les ha dado toda la vida muy bien. Eso lo sabe la señora o el señor que vuelve casa de hacer la compra con el apio y las colas de las sardinas, encarecidos por el IVA y asomando por el carrito y le echa un ojo de refilón a la factura. El dilema sobre el ajuste de gastos (austericidio) y la subida de impuestos está ya sobre la mesa. El paquete que más nos interesa aquí es saber cómo los gobiernos van a estimular el crecimiento de las naciones y cómo se van a apañar para reducir la desigualdad. Pero para esa pregunta, la respuesta es “el teléfono de la ministra comunica, señor. Inténtelo más tarde”. Transparencia, poca; explicaciones, ninguna. Mientras, el españolito que ve la vida que pasa a lo pobre, sin enterarse. A España le hacen falta cinco puntos de PIB, unos 50.000 millones, para que cuadren las cuentas. Eso sí: la postal dinástica, el chapuzón de los “triunfitos” en paños menores enseñando “muslamen”, “culamen” y “piernamen” de los que cotizan en la bolsa de Instagram o el personal dirigente remojándose los callos en la playa, que no falten. El “like” va camino de ser la divisa mundial, y no la criptomoneda. Que hay que nutrir a las víboras de las teles, del directísimo vespertino, del Semana y a la López Ibor. Para que seamos fieles a las viejas costumbres, Amore.