www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Homofobia y libertad

José Luis Martínez López-Muñiz
sábado 26 de junio de 2021, 20:04h

El Diccionario de la Lengua de la Real Academia define la homofobia como «aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales». Pero es legítimo entender que hay una gran diferencia entre lo uno y lo otro, aunque ciertamente el término se emplee para uno y otro significado y, con frecuencia, para incluir ambiguamente los dos como si fueran lo mismo o algo muy parecido. Una ambigüedad de sentido que seguramente procede también del origen más probable del uso del término con una intención descalificadora e infamatoria contra cuanto puede implicar de alguna manera rechazo o no aceptación de la homosexualidad, que se interpreta o se siente a la vez como menospreciativo de quien, en alguna medida, tenga una inclinación o una orientación de esa especie.

Llevamos ya unos cuantos años en los que minorías altamente sensibilizadas e interesadas han ido logrando imponer un clima social y político de verdadero amedrentamiento y acoso que dificulta expresar libremente lo que pueda pensarse sobre la homosexualidad y, más en general, sobre cuanto comporta la condición sexuada de la naturaleza misma de todo ser humano. Se están llevando incluso a la coercibilidad propia de las leyes medidas impositivas muy cuestionables y se pretende pasar por encima de cualquier libertad de pensamiento y de expresión, ideológica, religiosa o científica, y de los derechos de los padres en cuanto a la protección, orientación y educación de sus hijos menores.

Estos últimos días –en fechas que los grupos LGTB despliegan anualmente una especial movilización universal- ha podido llamar la atención la virulencia intransigente con que, particularmente con ocasión del último Consejo Europeo del 24 de junio, se dice que se ha visto atacada Hungría y su actual Jefe del Gobierno, conminados a retirar una ley que, al parecer, se ha aprobado en este país recientemente contra la pedofilia y que, por lo visto –no hemos podido conocer lo que dice exactamente-, prescribe que, particularmente en las escuelas, con respecto a menores de 18 años, no sea accesible la pornografía ni la promoción de la desviación de la identidad de género, el cambio de sexo o la homosexualidad. Hasta el punto de haber sido afirmado por alguno de los Jefes de Gobierno como el holandés Mark Rutte (del Partido Liberal y por la Democracia) que, con esto Hungría no tendría cabida en la Unión, que es una comunidad de valores, y que debería pedir la salida si no se quieren respetar sus valores. El Presidente Orban, Jefe del Gobierno húngaro, ha dicho que quienes han emitido juicios tan descalificadores no se han leído la ley, que solamente pretendería defender a los menores y a sus padres y no va contra los derechos de los homosexuales.

No es fácil valorar todo esto sin conocer exactamente el texto de la ley ni lo que realmente se ha dicho o se ha dejado de decir en Bruselas por unos u otros responsables políticos. Desde luego, en las Conclusiones del Consejo Europeo no se ha dicho nada. Pero es altamente sorprendente que una cuestión como esta pueda llegar a suscitar excitaciones de ánimo tan acusadas, llegándose a poner en cuestión, solo por eso, la asunción por parte de un Estado miembro del conjunto de los valores que sustentan la Unión Europea e invitándose nada menos que a quebrar el empeño solidario por mantener y reforzar la Unión. Es tan chocante, que no puede excluirse que haya habido altavoces mediáticos interesados que hayan alterado en alguna medida textos y contextos.

Una cosa es clara y sí que forma parte, indiscutiblemente, de los valores de la Unión, porque luce en el Tratado de la Unión Europea y suele estar entre los protegidos como más básicos por las Constituciones de los Estados miembros: la dignidad de cualquier persona humana y el obligado respeto y satisfacción de sus derechos fundamentales, lo que incluye naturalmente a quienes sean o se consideren homosexuales. Aunque eso no signifique, por ejemplo, que instituciones multiseculares como el matrimonio, constitutivamente heterosexuales, deban diluirse admitiendo su constitución entre personas del mismo sexo. Algunas legislaciones lo han admitido, aunque no en todos los Estados de la Unión Europea, pero las libertades de pensamiento, ideológica y religiosa, de expresión y científica, como las que garantiza la Constitución Española y la misma Carta de los derechos fundamentales de la Unión, amparan, desde luego, el derecho a disentir de la justicia de tales legislaciones.

Esas mismas libertades amparan el derecho a enjuiciar la homosexualidad –sin la menor falta de respeto a quienes la hagan más o menos propia- desde cualquiera de los puntos de vista científicos, éticos, religiosos o sociales por los que cualquier realidad humana es susceptible de ser juzgada y analizada. Forma parte del sistema de valores europeos aceptar esa libre discusión, sin vetos arbitrarios. Y no es ajeno tampoco a tales valores (art. 24 de la citada Carta), por otro lado, que, en esto, como en tantas otras cuestiones, haya que valorar y respetar la necesidad de especial protección que necesitan los menores de edad según su diversa edad y maduración para acomodar la información y formación que vayan recibiendo a sus progresivas capacidades de discernimiento y libertad, para lo que, de ordinario, la mejor garantía estará en la función tuitiva que corresponde a los padres y a lo que ellos dispongan. En esto está también el mejor baluarte de una sociedad efectivamente libre y pluralista, no sujeta a determinaciones monopólicas de quien pretenda concentrar el poder social como poder político, marginando y silenciando al discrepante.

José Luis Martínez López-Muñiz

Catedrático de Derecho Administrativo y profesor emérito de la Universidad de Valladolid

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (11)    No(0)

+
0 comentarios