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Novela

Naoko Abe: El hombre que salvó los cerezos

domingo 04 de julio de 2021, 18:43h
Naoko Abe: El hombre que salvó los cerezos

Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Anagrama. Barcelona, 2021. 448 páginas. 21, 90 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por José Pazó Espinosa

Había una vez un hombre muy rico inglés. Mal estudiante, le gustaban los pájaros y se dedicó a observarlos hasta que se cansó. Asustado por la escatológica precisión de los artículos de otros aficionados que aparecían en el Monthly Chronicle o el familiar Illustrated London News, cambió su afición por la de los árboles. Esto ocurría en la época en la que los ricos ingleses vivían en casas en la campiña de los alrededores de Londres, a tiro de tren, pasaban en ellas un frío invernal y húmedo que combatían con gruesos suéteres de lana shetland, y se distraían con hobbies que llenaban sus horas y que les servían para sobrellevar extraños matrimonios en los que cada cónyuge era un planeta que giraba alrededor de un sol ausente. También, detrás de cada arbusto, se escondía un William the menace con la cara cubierta de carbón y dispuesto a deshacer cualquier estado de armonía, aunque esa historia la contó Richmal Crompton, no Naoko Abe.

Este niño, joven o viejo (porque los ricos ingleses de aquella época no tenían edad) descubrió en su jardín dos cerezos y, como buen excéntrico cubierto de tweed desde la cuna, los hizo su centro de atención, afectiva e intelectual. Esta afición le llevó a su vez a indagar el origen de esos árboles, y rápidamente acabó en Japón en 1926, subiendo por sus montañas y apuntando en un cuaderno sus experiencias, mientras su mujer, en una habitación del hotel Imperial de Tokio (u otro similar) hacía puzles de la torre Eiffel. Así, de vuelta a su fría aunque encantadora casa de la campiña (después morada y estudio de Alan Parsons), escribió un tratado sobre los cerezos ornamentales que le llevó 20 años y que es un clásico hoy en día.

No solo eso, empeñado en enmendarles la plana a los japoneses en cuanto a los cerezos, les dijo que algunas variedades estaban en peligro de extinción, y se dedicó a llevarse esquejes a su casa de la campiña para injertarlos y jugar con ellos los amables, aunque húmedos, días de primavera. Se escribió con botanistas nipones, defendió la variedad Taihaku, el gran blanco, como el cerezo primordial, odió el kanzan por su aspecto lujurioso y sexual, y atacó el Somei-yoshino, el cerezo bajo el que los japoneses se emborrachan con sake en primavera en cualquier parque del país hoy en día, por ser una variedad homogénea y vulgar. Tanto se ocupó de los cerezos, que, en el más puro estilo de la escuela pública británica, acabó con el mote de Cherry, ‘cereza’ o ‘cerezo’, que las dos traducciones son posibles.

Naoko Abe, periodista de la política nipona, nos cuenta esta historia, la de Collingwood Ingram (1880-1981). Lo hace en un libro particular, que no es una novela ni un ensayo, sino más bien un documental literario. Lo hace con un estilo pulcro, extremadamente diplomático (nada de la semiguasa de esta crítica), y lleno de apartes históricos muy interesantes sobre el valor semiótico del cerezo en la cultura nipona del siglo XX. A veces se lee como un extraño libro postcolonial, en el que el colonizado pide casi perdón por su situación y acepta la bondad del colonizador. En este sentido, refleja todavía pulsiones que vienen de la época Meiji, de cuando Japón se vio forzado por las circunstancias a abrir sus fronteras al bárbaro occidental, por mucho tweed y cuaderno que llevara.

Debe saberse que cada japonés ve el ser humano como un pétalo de sakura, de una flor de cerezo. Nacemos, nos mostramos en nuestro particular esplendor, y luego caemos mecidos por la brisa, para dar lugar a los que vendrán después. En ese vuelo del pétalo están encapsulados muchos principios estéticos nipones: el mundo flotante, la nostalgia de las cosas o mono no aware, la unión de la belleza con su decaimiento; la entrega de la vida en el caso de los kamikaze, la inevitabilidad del decurso de la existencia. Este libro, hiperbólico en cuanto a la cualidad salvadora de Ingram, y quizá por eso de enorme éxito en el mundo anglosajón nos habla también sutilmente de eso, de la necesidad de comprender nuestra existencia mediante símbolos y mediante minúsculos detalles de la naturaleza en la que todavía, muchas veces mentalmente, nos cobijamos.

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