Pedro Sánchez ha vuelto a demostrar su cobardía, su pánico a perder el poder. Encara su primera crisis de Gobierno y no se atreve a cesar a un solo ministro de Podemos. Destituye a 8 socialistas en una amplia e inesperada revolución. Incluso a su gurú, Iván Redondo y a su mano derecha, Carmen Calvo que abandona el Ejecutivo no por haber sido una simple voz de su amo, si no por osar enfrentarse a Irene Montero. Porque Yolanda Díaz ha participado en la remodelación; o mejor, ha impuesto sus condiciones. Mantiene a todo su equipo, incluso a Garzón y Castells, por poner solo dos ejemplos, que atentan contra la lógica. El responsable de Consumo, además de sus ataques al turismo y a la industria ganadera con ridículas teorías animalistas, no ha sido capaz de poner en marcha una sola iniciativa, no ha propuesto una sola ley. No ha dado un palo al agua. Se ha limitado a rodearse de cientos de asesores, naturalmente comunistas, pagados con sueldos desorbitados. Ya se le conoce como el ministro invisible. Pero conserva su poltrona. Como el de Universidades, que no ha llegado a pisar una sola Facultad ni ha dedicado un minuto a resolver los muchos problemas de profesores y estudiantes. Dos lastres que seguirán montados en sus coches oficiales, cobrando por nada y, eso sí, portando sus relucientes carteras como si se tratara de relevantes dirigentes políticos.
La sustitución en la Vicepresidencia primera de Carmen Calvo por Nadia Calviño, sin embargo, es un acierto. La ministra de Economía ha demostrado su inteligencia y su experiencia; es reconocida y admirada en Bruselas y ha sido capaz de frenar algunas de las delirantes propuestas de Podemos. También es lógica la destitución de González Laya, después de la nefasta gestión de la crisis con Marruecos y de la irregular entrada en España del líder del Polisario. Juan Carlos Campo deja la cartera de Justicia como chivo expiatorio de la indignidad de los indultos. Como si fuera el responsable de los enjuagues del presidente con sus socios separatistas. La caída de Pedro Duque es irrelevante. Nadie sabía si seguía en la estación espacial internacional, estaba en su despacho o en la luna. Extraña la salida de Iván Redondo. Hay que esperar a saber qué destino le espera, pues sin duda, será relevante. Como también resulta inesperada la salida de José Luis Ábalos, el testaferro político del presidente. Era de esperar la destitución de María Jesús Montero como portavoz del Gobierno. En sus ruedas de Prensa, hablaba sin parar y sin decir nada que no fuera propaganda; sobre todo contra el PP. La salida de Isabel Celaá aliviará, de momento, el mundo educativo. Deja el legado de una ley que nadie ha entendido ni aceptado. Y el mundo cultural no echará de menos a Rodríguez Uribes.
Políticamente, sin embargo, lo esencial es que en cuanto se supo que Pedro Sánchez preparaba una crisis de Gobierno ya se filtró que Podemos había advertido de que no se tocara a un solo ministro de su partido sin su consentimiento. Y, de nuevo, el presidente se ha plegado al chantaje de los comunistas para mantener la poltrona, su única obsesión. La arrogancia y soberbia del jefe del Ejecutivo se esfuman cuando vislumbra el más mínimo riesgo de perder el poder. Y temía que Podemos rompiera la coalición si se alteraba el acuerdo. Al final, todo queda en un espectacular golpe de marketing político. Ni siquiera se ha atrevido a reducir el número de ministros, el que debería haber sido el motivo principal para abordar una crisis de Gobierno. Solo elimina una de las vicepresidencias. España es el país con el Ejecutivo más abultado y caro de Europa. Y ese récord no se toca.