La fiesta del Orgullo Gay me ha sugerido las dos reflexiones siguientes. He aquí la primera.
El adjetivo idiota es quizá el más frecuente de todos los insultos. Como tal es un sentimiento, no un pensamiento. No cabe hablar de objetividad, sino en todo caso de sinceridad. Puede haber desprecio real en el corazón del que insulta, o puede tratarse de un actor de teatro que, según el guión, dice en el escenario a su mejor amigo eres un idiota.
Aquí no intentamos insultar, sino discurrir sobre la idiotez objetiva, o sea, la ignorancia o el error como tales, con independencia de quién sea o cómo sea el ignorante o el equivocado. En realidad, ése fue el sentido primario de la palabra idiota, antes de que empezase a emplearse como insulto. Sólo en ese sentido originario hablamos aquí de idiotez objetiva.
Por ejemplo, los romanos ignoraban la ley física de los vasos comunicantes. Su ignorancia fue un hecho objetivo. Por eso construyeron el Acueducto de Segovia. Gracias a esa bendita ignorancia tenemos ahora un monumento de belleza tan impresionante. Aquí al menos se cumple el refrán no hay mal que por bien no venga. Sin embargo, no por eso se anula la idiotez objetiva de los romanos, el vacío de su conocimiento respecto a la física de fluidos. Si la hubieran conocido, ni se les hubiera ocurrido la idea de construir acueductos como el de Segovia.
Era necesaria esta observación, para evitar desde el principio la acusación de que insulto a alguien. No pretendo insultar a las personas, a las que respeto como tales, sino emitir un juicio racional sobre una doctrina. Lo que es justo exigirme es que aporte pruebas objetivas y desapasionadas de lo que afirmo.
Consideremos dos soluciones distintas A y B al mismo problema matemático. Puede ocurrir que A sea verdadera y B falsa. O que B sea verdadera y A falsa. O que A y B sean ambas falsas. Lo que no puede ocurrir nunca es el cuarto caso en que A y B sean ambas verdaderas.
Sea A la frase dos y dos son cuatro, y B la frase dos y dos son cinco. En este caso A es verdadera y B falsa. Pero dejemos esto de lado, por más que a primera vista pudiera parecer lo más importante. Lo que enfatizamos aquí es el cuarto caso. O sea, que A y B no pueden ser ambas verdaderas. Pues es así como se presenta la doctrina LGTB y se justifican las leyes que en ella se han inspirado.
Sea ahora la frase A, la heterosexualidad es conforme a la naturaleza. Y la frase B, la homosexualidad es conforme a la naturaleza.
Lo que afirma la doctrina LGTB es que ambas frases son verdaderas. Tan digna, lícita y respetable es la homosexualidad como la heterosexualidad. Justo por eso el matrimonio entre homosexuales ha de tener el mismo tratamiento ante la ley y la opinión pública que el matrimonio entre heterosexuales.
Por la expresión conforme a la naturaleza entiendo exactamente esto: un hombre y una mujer pueden tener hijos; dos hombres no pueden tener hijos, ni tampoco dos mujeres. Obviamente, la expresión excluye los procedimientos artificiales para tener hijos. Son artificiales, no naturales.
Como antes indicado, de lo que se trata aquí es de la pretensión de que ambas frases sean verdaderas a la vez. Ni siquiera nos interesa dilucidar cuál sea la verdadera y cuál la falsa. Nos concentramos exclusivamente en el supuesto de que ambas fuesen verdaderas, de acuerdo con la manera en que se expone y defiende la doctrina LGTB.
Llegamos a este resultado: el supuesto de que la heterosexualidad y la homosexualidad sean ambas conformes a la naturaleza se opone a la lógica lo mismo que el supuesto de que dos y dos sean cuatro y también sean cinco. Tropezamos con el absoluto de la contradicción lógica. Lo contradictorio no puede siquiera existir. La contradicción lógica es el ejemplo perfecto de idiotez objetiva. Incluso mejor que la ignorancia de la ley física de los vasos comunicantes.
En conclusión, la expresión Orgullo Gay equivale a la expresión Orgullo de defender una doctrina objetivamente idiota.
Insistamos en la advertencia hecha al principio. El adverbio objetivamente deja bien claro que no hablo de las personas, sino de las ideas. No insulto a nadie, sino que me limito a señalar una contradicción lógica en una doctrina.
Enfoquemos ahora el tema desde otro ángulo. Esta es la segunda reflexión.
En la Sierra de Madrid, no muy lejos del Puerto de Los Cotos, hay una extensa charca, acotada con una sólida empalizada, y unos letreros con esta recomendación: Aquí se conserva una especie de sapos única en el mundo. Está en peligro de extinción. Respétala. Ayuda a su conservación.
Según la doctrina LGTB, una persona que inoculase en esos sapos un producto químico que los convirtiese en homosexuales no haría nada censurable. Su conducta sería perfectamente ecológica. También sería ecológica la conducta del que favoreciese la heterosexualidad de los sapos, y se atuviese a la recomendación de los letreros. Se contribuye lo mismo a la conservación de la especie con ambas conductas. Las dos actitudes son igualmente respetuosas con la naturaleza. Eso exige de suyo la doctrina LGTB. La igualdad de trato entre homosexualidad y heterosexualidad, que se pide ahora con tanta fuerza para el sexo humano, debiera extenderse al sexo de los sapos.
Incluso habría que acusar a la naturaleza de injusta, porque luchase ella misma contra la homosexualidad de los animales, como en efecto ocurre cuando se da el caso de alguna patología que amenace la conservación de la especie. La naturaleza se defiende instintivamente, por así decir, contra lo que impide la procreación o perjudica la heterosexualidad. La naturaleza debiera ser castigada por este atropello contra la doctrina LGTB.
Yo estuve metido, en tiempos ya muy lejanos, en asuntos ganaderos. Compramos un semental en Holanda, que nos costó un montón de dinero. Su pedigree era excelente. Tenía muy pocos meses cuando lo recibimos. Pero luego, aunque se hizo un toro enorme, nos llevamos la gran sorpresa de que no cubría las vacas, como se dice en la jerga. La costosa inversión fue un fracaso. Ni siquiera hay seguros para estos casos, que en realidad son muy raros. Se ve que es más fácil poner las leyes jurídicas de acuerdo con la doctrina LGTB que las leyes económicas. Según la doctrina LGTB, no deberíamos haber perdido dinero. De acuerdo con ella, Gioma -ése era su nombre- habría actuado conforme a la naturaleza lo mismo que sus compañeros, que sí cubrían a las vacas, aunque no tuvieran pedigree. También Gioma tendría su orgullo gay.
Aquí la expresión conforme a la naturaleza dice exactamente esto: un toro y una vaca pueden criar; dos toros no pueden criar, y dos vacas tampoco.
¿Por qué en el sexo de sapos y bovinos rechazamos la homosexualidad, y en cambio la justificamos en el sexo humano? ¿Por qué en el caso humano se puede elegir en igualdad de condiciones entre ser heterosexual y ser homosexual? ¿Por qué no lo mismo con los demás animales sexuados? ¿Por qué en el respeto incondicionado que debiéramos tener a toda la naturaleza en general se introduce la excepción del sexo humano? ¿No forma parte de la naturaleza el sexo humano al igual que el sexo de sapos y bovinos? ¿No merece el sexo humano el mismo respeto que otorgamos al sexo de otros animales? ¿Por qué homosexualidad y heterosexualidad están en igualdad de condiciones en el hombre, y en cambio no lo están en los sapos ni en los bovinos?
El que intenta honradamente responder a estas preguntas llega inevitablemente a esta conclusión: la doctrina LGTB no es ecológica. No respeta la naturaleza. La contamina.
En cambio, la Axiología propone como el valor ético más bajo y fuerte de todos, o sea, el primero que debe ser cumplido, precisamente el Respeto a la naturaleza. Y dentro de ese respeto incondicionado a la naturaleza está la conservación de cualquier especie con trasmisión sexual, lo mismo en los sapos y bovinos que en los seres humanos.
Introducir una arbitraria excepción para el sexo humano va contra la ecología. La doctrina LGTB contamina la naturaleza lo mismo que las emisiones de monóxido de carbono. El Orgullo Gay no se diferencia en nada del orgullo de los empresarios que deforestan la cuenca del Amazonas, o vierten los residuos de sus industrias en un río.
De los dos fallos contra la razón que señalamos en la doctrina LGTB, la idiotez objetiva es un error aún más profundo y radical que la contaminación de la naturaleza. Pero ambos fallos son igualmente imputables al Orgullo Gay.
La palabra naturaleza se usa siempre en este artículo en el sentido de Natur y nunca en el sentido de natura. (Cfr. La naturaleza humana, El Imparcial 04/07/21).