Apuntaba yo mismo este fin de semana que Pedro Sánchez ha dado la razón a todos los que criticábamos la gestión de su Gobierno por ineficaces, ya que ha cambiado a un buen puñado de ellos. El presidente del Gobierno de coalición ha sorprendido porque nadie se esperaba un ejercicio de autocrítica tan importante, eso que tanto se le reclamaba en otras ocasiones con tanto ahínco. Pero no se esperaba, es verdad, que cesaran tantos pesos pesados de su gabinete, lo que demuestra que él mismo se ha dado cuenta de que casi nada funcionaba. Cruzamos los dedos, por el bien de todos, para que los nuevos funcionen.
Decía, yo mismo también, que a Sánchez se le preguntaba mucho últimamente por una posible crisis de Gobierno y metía entre paréntesis un elocuente “por algo será”. Además de las razones obvias de contemplar un Ejecutivo absolutamente descoordinado que hace aguas por todas partes –incluso en los departamentos de Unidas Podemos que no ha podido cambiar por estar bajo cláusula de contrato–, el comentario ahora entrecomillado se debe a que el presidente llevaba meses barruntando y cavilando y pergeñando su golpe de mano. Tampoco lo debía tener muy claro porque diferentes fuentes apuntan a que lo ideado a principios de mayo poco a nada tiene que ver con la escabechina que llevó a cabo este fin de semana.
Ridículos varios de última hora, sumados a los que viene protagonizando el Ejecutivo de Pedro Sánchez y, hasta hace poco, Pablo Iglesias, le han, se puede decir en aras de una obligada supervivencia, “obligado” a un cambio radical para salvar la cara –y otra parte del cuerpo menos bonita– y procurar llegar a las elecciones generales con alguna opción de repetir en la Moncloa.
Sin extenderme mucho y aludiendo únicamente a hechos acaecidos en las últimas semanas, la caída en picado en todas las encuestas tras los indultos a los presos condenados, no arrepentidos y amenazantes con repetir, del procés; así como el desastre en las elecciones de Madrid, que ha dado alas a su principal competidor en la oposición; la mala gestión en Ceuta con el órdago de Marruecos tras otra pésima diligencia a cuenta del líder del Frente Polisario en territorio español; el rescate de una aerolínea deficitaria y con claros intereses en un régimen autoritario chavista, que viene, además, detrás de otro episodio oscuro –y sin ánimo de aclarar– del encuentro del ministro Ábalos con “alevosía y nocturnidad” en el Aeropuerto de Madrid en el ya conocido como ‘Delcygate’; o el ridículo espantoso a nivel mundial de Sánchez persiguiendo y suplicando al presidente de los EEUU, Joe Biden, unas tristes palabras para “vender” un encuentro bilateral, obligaban a una reacción inmediata.
Así, no estaba en la agenda presidencial mover el avispero de su coexistencia con Podemos, que podría provocar su salida abrupta de Moncloa de no satisfacer las exigencias de la formación morada, pero sí, como hemos visto, prescindir de algunos de sus pesos pesados, miembros y ‘miembras’ relevantes del entorno, ‘rasputines’ de la corte, muñidores de intrigas y estrategias que no le estaban llevando a un buen fin.
Y en estas, también sale de la foto Iván Redondo. El todopoderoso publicista, otrora genio en la sombra, virtuoso controlador y promotor de los éxitos de Pedro Sánchez se queda fuera del Ejecutivo. El presidente prescinde del fiel reflejo de hasta dónde llega el influjo de las series de Netflix sobre política en las que hay que estar cambiando el guión de forma permanente y que, siempre según fuentes gubernamentales, fiscalizaba toda la acción de Gobierno.
Pero la realidad y los hechos son tozudos y hay que saber reconocer aciertos y errores. A Redondo únicamente hay que reconocerle el mérito de “vender España” a los que quieren destruirla. Ha llevado al extremo la máxima de que “el fin justifica los medios” y no le ha importado lo más mínimo pactar con independentistas, nacionalistas y filoterroristas por tener a su pupilo Sánchez en la silla monclovita. Y sí, supo comprar el voto traidor del PNV en el momento justo para sacar adelante la moción de censura contra Mariano Rajoy. Hasta ahí, su acierto, aunque solo para Sánchez, que es el que le contrata. España aún se lamenta...
Pero después, por resultados, hay que apuntar en el haber de los estrategas de Sánchez que han perdido la Junta de Andalucía tras 36 años de gobierno ininterrumpido, perdieron la Alcaldía de Madrid, que tenía casi garantizada la candidata Manuela Carmena, y se la regalaron al PP, pero es que también consiguieron resucitar a Pablo Casado cuando decidieron repetir las elecciones generales. Esto último les llevó a ver mermada su representación parlamentaria y obligados a pactar con lo que les ha hipotecado toda la legislatura. Y finalmente, la Comunidad de Madrid. La victoria de Isabel Díaz Ayuso debe mucho a las cabezas pensantes de Moncloa.
De esta forma, Iván Redondo se puede atribuir el mérito de llevar al poder al presidente del Gobierno más condicionado de la democracia y de conseguir por poco tiempo la Alcaldía de Murcia, pero su estrategia ha provocado la cuarta mayoría absoluta al PP en Galicia y allí ha superado al PSOE gallego en votos el BNG, igual que Bildu en el País Vasco y que Más Madrid en la Comunidad madrileña. El balance no es tan bueno.
Sánchez ya no cuenta con él, ni con muchos más. Pero debería temer todo lo que sabe, que se intuye muy relevante. El nuevo “más favorito” de Sánchez ahora se llama Félix Bolaños, que no es nuevo pero adquiere más protagonismo para cuestiones de prioridad máxima como las relaciones con los independentistas de ERC y la mesa de diálogo. Recordado por ser el que organizó la exhumación de Franco, el nuevo ministro de la Presidencia será el más cercano al líder con carga política. Ya saben, otras vicepresidencias llevarán la carga económica.
También desembarca Óscar López. Dicen que al echar a Redondo para traerse al de los Paradores, Sánchez se reconcilia con el PSOE. No se acaba de entender muy bien toda vez que es el propio presidente del Gobierno el que nombra ministras con la única intención final de colocar sus piezas estratégicamente para acabar relegando a las voces críticas dentro del partido.
Con el tiempo veremos cómo de bien o de menos mal funciona el Gobierno tras la purga, entre otros, de los que más saben de las “cloacas” de Moncloa. Si Ábalos se despide diciendo que ha sido un "orgullo haber pertenecido al Gobierno de España, no de un Gobierno (en clara referencia al de Sánchez), sino del servicio a España" es porque no se va muy contento. El presidente debe haber llegado a un buen entendimiento para que no se hagan públicos algunos de los episodios más oscuros y menos explicados del Ejecutivo hasta ahora. ¿Habrán firmado un pacto de silencio? ¿Tendrá cruzados los dedos?