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TRIBUNA

Menos la salud, lo demás es un juego

miércoles 14 de julio de 2021, 20:31h
Actualizado el: 14 de julio de 2021, 22:18h

Entre el niño y el adulto no hay mucha diferencia. Por naturaleza el hombre es un ser lúdico, un niño que nunca termina de madurar. Es más, a veces en la adultez, esa arrebatada pasión por el juego hace que se desvanezca toda forma de criterio. En el vistoso fútbol, por ejemplo, se enfrentan dos equipos de once combatientes estratégicamente entrenados para superar al rival. La estipulada competencia, regida y negociada gracias al milagro de la comunicación satelital tiene en nuestros días presencia en cada rincón del planeta y desata la pasión de millones de ansiosos espectadores.

La noción de los juego del hombre, menos metafísica que vital, ha servido para explicar muchas cosas, desde el origen del Estado en Ortega hasta las formas artísticas en Caillois, e inclusive en toda forma de actividad del hombre, como se empeñó en verlo Huizinga en su bien leído volumen Homo ludens. Defínase como se quiera, el hecho es que, en la práctica, todo juego se reduce a competencia, es decir, a lucha; esto es, a esa forma de ser tan presencial que es la agresividad humana. En este caso controlada por reglas que rigen el enfrentamiento.

Quizá por eso sigue siendo tan popular el boxeo, que de juego tiene muy poco, salvo un mínimo de reglas que lo limitan a un espacio, un tiempo, un peso y unas zonas de castigo; pero, sobre todo, porque en lugar de jugar, de recrear otro mundo al margen del real, los jugadores (los combatientes) del boxeo, reducidos al mínimo (uno por lado), lo que hacen es sólo pelear y reproducir la más elemental y primaria de las conductas humanas. Mirándolo bien, en vez de juego, el boxeo es una expresión social directa; o sea, la forma fundamental de vida irracional que es tratar de matar al otro.

Pero lo más difícil en estos tiempos es sustraerse del fútbol, el encuentro deportivo más importante del planeta, transformado en un productivo y fabuloso negocio. Un juego que cambia radicalmente hábitos y obligaciones, una pasión de multitudes que seduce a los hombres desde su invención, hace ya más de un dilatado siglo.

Que yo sepa, en el terreno de las letras, salvo Borges y Cabrera Infante, no cuenta con detractores, sino más bien con devotos que lo han practicado, como Albert Camus y Miguel Hernández, que fueron arqueros (o porteros como se dice en España) y Osvaldo Soriano, buen marcador de punta con el que llegué a jugar; también están aquellos que le han dedicado poemas, como Rafael Alberti, autor de la Oda a Platsko, donde canta las proezas de un arquero húngaro, consagrado en Barcelona. O quienes lo han indagado desde la admirativa emoción o el implacable humor, como Juan Villoro y Javier Marías, Eduardo Galeano y Roberto Fontanarrosa, Quino y Caloi.

Pero como el fútbol abarca la sociología, la psicología y la literatura. Entre sus principales estudiosos, ha contado con el filósofo español Juan Nuño, que observó, con algo de dramatismo, en uno de sus análisis: “Un partido de fútbol es más angustioso y dramático que otro juego cualquiera porque en él, el tiempo corre paralelo al de la existencia humana... La pasión que genera el fútbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte, que está presidiendo todos los actos humanos, cada vez que esos actos se miden con el paso del tiempo”.

Ahora bien, como se demuestra en cada encuentro, es todo un universo el que se crea y se recrea alrededor de un partido de fútbol, que parece lo más simple del mundo, aunque no es tan así. Pues en el mismo contexto caben infinidad de técnicas, estrategias, anécdotas y hasta novelescos episodios. En ello, por parte del público y el periodismo, está el reconocimiento a la destreza, a la velocidad y al vigor; sin excluir las puras sutilezas, el engaño y la astucia. También, en un terreno más ennoblecedor, suele hacerse presente la nobleza, el coraje y la lealtad del que asiste a un compañero caído en ese campo de batalla, que es la cancha donde se desarrolla el partido. Todo, claro, sin dejar de tener en cuenta las particulares miserias humanas, desprovistas de toda hidalguía, cobardes si se quiere, que inapelablemente afloran de pronto con brutalidad despiadada, dirigida hacia las piernas del rival.

Quien ha jugado al fútbol -y yo hablo desde adentro porque he sido un entusiasta jugador- sabe muy bien que esta pasión ingobernable es, por lo común, también ineludible. Todos, quien más quien menos, somos hinchas de un equipo. Y como en todos lados se cuecen habas y se habla de fútbol, no podemos eludir el compromiso. Más aún en un momento como este en que la Argentina después de 28 años de sufrir eliminaciones ha ganado la Copa Sudamericana. Sin pasar por alto el dramatismo de la pandemia, que ha eliminado la presencia de público en las tribunas y una crisis estructural que aqueja al país desde hace décadas.

El triunfo, en este caso, ha servido para rendir tributo al ídolo Lionel Messi, uno de sus más reconocidos jugadores a nivel mundial. Todos estos gladiadores, brillaron en el estadio Maracaná, que no es poca cosa, derrotando a Brasil, uno de nuestros más tradicionales adversarios, y brindando una gran alegría al castigado pueblo argentino.

Así, el gloriosa Messi parece haber cobrado venganza en un sufrido encuentro en el que puso a prueba su resistencia al dolor. Nuestro 10 ha logrado algo que no pudo el enorme Maradona: ganar una Copa de América; aunque el difunto 10 ganó un mundial. A esta hazaña muy reciente se sumó el delicado gol de Ángel Di María, que sepultó el invicto de un Brasil que no perdía desde noviembre de 2019. La Canarinha, una aplanadora del torneo, que eliminó a Chile y a Colombia, entre los favoritos, quedó frustrada frente una defensa argentina que aún con sus flaquezas montó una barricada infranqueable.

Lo cierto es que Brasil lo intentó hasta el último momento. Pero fue en vano. Su comandante Neymar, sin brazalete de capitán, llevó a sus compañeros a atacar cualquier espacio o grieta que dejaran los muchachos argentinos. Lo intentaron con el pujante copetudo rubicundo Richarlison, pero no hubo suerte. Emiliano Martínez, la revelación del año, negó cualquier ataque de los brasileños. Fue tan así que Tite, el desesperado entrenador, mandó al campo a un avasallante Vinicius, que solo había jugado contra Ecuador y estaba ansioso de marcar un gol. No fue posible. Nada, nada de nada; y a resignarse, queridos vecinos.

Tampoco Emerson encontró profundidad en sus ataques, y logró marcar ni siquiera el gol del empate (cuando lo lograron fue anulado por posición adelantada). En el tobillo derecho del derecho defensor argentino Gonzalo Montiel se resumía la resistencia argentina: como un gladiador romano, chorreando sangre, el muchacho siguió firme. Messi, incluso, tuvo la oportunidad para hacer el 2-0, pero ya las piernas no le respondieron y es natural, transita las 34 primaveras y el fútbol es hoy deporte de altísima competición; a esa edad ya se debe asumir como veterano. En fin, Brasil presionó, presionó y presionó; Argentina aguantó, aguantó y aguantó. Y eso fue todo hasta la pitada final. La clave. Once titanes, enfundado en la albiceleste, que ya sabe lo que es ganar.

Hecha esta temeraria y pedestre crónica deportiva, que no es muy de mis dominios, cierro con un hecho menos piadoso que melancólico y preocupante. Esto se ha dado en un momento que la Argentina alcanza las casi 100 mil muertes por la peste que acosa a la humanidad y que, desde el poder no se ha tratado con la seriedad que merece. Vacunados vip, etcétera, etcétera, falta de segundas dosis, etcétera, etcétera...

Tanto es así, que el propio Lionel Messi, se dice de buena fuente, fue quien frustró el recibimiento que esperaban darle al equipo los presidentes Fernández Fernández. La razón es que la Fundación Messi donó 32 ventiladores mecánicos a Rosario, su patria chica, para asistir a los internados en terapia intensiva afectados por la pandemia de coronavirus, y desde el 8 de agosto del año pasado aún están retenidos, inexplicablemente, en el depósito del aeropuerto, a la espera de una habilitación de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) para poder ser distribuidos y usados en los hospitales.

En fin, cosas del fútbol, este juego del hombre que convoca multitudes, brinda alegrías y desencantos y, en casos como este, desalienta las ambiciones triunfalistas de fracasados políticos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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