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Ensayo

Mauricio Wiesenthal: Concierto para libertinos

domingo 18 de julio de 2021, 19:25h
Mauricio Wiesenthal: Concierto para libertinos

Edhasa. Barcelona, 2021. 160 páginas. 14 €. Libro electrónico: 6,99 €.

Por Francisco Estévez

Una de las características más reclamadas para el arte es la condición turbadora y afilada que en su mejor expresión, aquella de genuina libertad, agita aires rebeldes contra toda constricción o norma opresiva que se preste. Así lo defendía Franz Kafka en carta a Oskar Pollak: “La literatura debe ser profundamente perturbadora como la muerte de alguien a quien amamos”, quien, a su vez, en uno de sus acostumbrados episodios de enloquecida angustia, ordenó quemar su toda su obra. El presente ensayo alberga esa inquietante característica que se augura a toda buena literatura, principalmente por esa cautivadora defensa del “libertino”, mucho más allá de los cotos del libertinaje, como apasionado defensor del ejercicio del espíritu crítico desde la más genuina libre conciencia, según expone breve pero difícilmente apelable Mauricio Wiesenthal en sus primeras páginas para después plasmar con rotundidad en la galería de retratos que compone. En una sociedad de renovados impulsos puritanos como la actual una escritura a la contra consiste en poner el dedo en llaga y renovar el compromiso por la libertad que sangraron libertinos fulgurantes, magníficos, de la talla de Giacomo Casanova, Honoré de Balzac y otras rutilantes figuras que arrojaron luz por entre esos bellos pañuelos de tierra que se extienden por el Mediterráneo, Sicilia y Capri.

Al igual que su declarado maestro, fue Stefan Zweig con su hermosísima elegía a Europa: El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Mauricio Wiesenthal, autor de culto para refinados y curtido escritor de biografías, de estupendas guías de países, de tesoros como el vino y la pintura para la mayoría, ha puesto inigualable colofón al testamento de Zweig con su elegante despedida a una manera de entender el mundo con la llamada justamente “Trilogía europea”: Libro de Réquiems (2004), El esnobismo de las golondrinas (2007) y Luz de vísperas (2008), donde unas 3000 páginas de confuso y cautivador género aglutinan la esencia del más selecto claroscuro humano que conformó la segunda mitad del siglo XX europeo. Desde entonces, viene firmando una serie de epílogos que pueden aplacar la curiosidad más opípara y entre los que el gusto privado de este cronista destaca Rainer Maria Rilke, el vidente y lo oculto, (2015) y Marrakech, fantasía en el palmeral (2016).

El presente ensayo se desea y es libreto de un concierto compuesto de un “Andante y fuga para Giacomo Casanova”, un “Adagio para Honoré de Balzac” y un “Allegro en Capri y Taormina”, desde Florencia hasta la Riviera, estas recreaciones parciales no se centran en las vaporosas polémicas de moda en nuestra contemporaneidad, sino en muy otras, aquellas de siempre, de antaño, más sustanciales y eternas, como son la seducción del intelecto, la inteligencia como gran cautivadora, las fatigas de la vida, las espinas que acompañan a toda rosa… Todo trazado de forma vívida y ajeno a pedanterías y servidumbres de uso hoy día.

Genio del mosaico y maestro de la recreación biográfica, la elegante prosa sin desfallecimiento alguno ni concesión a puerilidad de Mauricio Wiesenthal devuelve a su lugar natural el ensayo de alta divulgación al mostrarnos, por ejemplo, lo liberador del travestismo de Casanova o la fuerza que otorga el reconocimiento de las propias debilidades a Balzac, junto a su glotonería manirrota, pero también la fragilidad que imprime el no haber tenido nunca madre que ejerciera de tal, según reconoció el huidizo autor de La comedia humana, siempre con deudas entrampado.

Una punzante vitalidad recorrerá el cuerpo del lector de este ensayo, que es un verdadero canto a la libertad como ferviente esperanza, si bien melancólica. Escrito desde la elegancia más plena, aquella que en su disimulo pasa por natural, nos regala una lectura con la que colmar el vacío de estas tardes de canícula donde rememorar “amores que duraban una primavera y rencores que perduraban una eternidad” o como mejor ejemplificará D. H. Lawrence gritando por trompetilla a la pintora Dorothy Brett ya sorda: “El cometa de Whitman se ve por las mañanas, como un camino blanco que se abre paso rompiendo la sombra. Por la noche, cuando no hay luna, sólo nos llega la luz de Dostoievski”, y quien lo leyó, lo sabe.

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