Con este título acaba de publicar Javier Barraca Mairal un estimulante libro. (Editorial Ygriega. Madrid 2021). Hace notar Barraca que la ética se estudiaba antes en las facultades promovidas por instituciones eclesiásticas, en forma de teología moral y doctrina social. Hoy, casi todos los centros educativos, sean religiosos o no, promueven la ética (Pag. 48).
Pero más bien la pregunta pertinente es ¿qué tipo de ética? Pues los valores y pseudovalores que ahora se difunden en las escuelas y los mass-media van desde la defensa de la igualdad en derechos de los ciudadanos hasta la permisividad del aborto, la eutanasia y el cambio de sexo a capricho. Por tanto, la respuesta hemos de buscarla en el epígrafe que viene en el libro a continuación de la anterior cita: Sobre el fundamento de la ética.
Barraca se remite a Zubiri: La ética se fundamenta, en ultimo extremo, tal como explica Zubiri, en la realidad. La existencia de la ética se basa, en concreto, en la forma de ser de determinada realidad: la vida humana. (Pag. 50).
Con todos mis respetos para Zubiri y los que le siguen, la vida humana es. No debe-ser. Se trata de un hecho, de una realidad, algo que en efecto existe en este mundo. Pero existe no de modo necesario, sino contingente. El hombre podría no haber existido nunca. O podría haber sido diferente de como es. Hace falta algo más firme y sólido para fundamentar la ética que la realidad de la vida humana. Si ése fuera el criterio último de la moralidad, tanto los que no matan como los asesinos entrarían en el mismo saco. Tanto unos como otros abundan en la realidad de la vida humana.
Pretender que los cimientos de la la ética descansen en esa frágil base de lo contingente es incurrir en la falacia denunciada ya por Hume hace un par de siglos: de un es no se deriva un debe-ser. Afortunadamente, la formalización de la lógica ha explicado y confirmado la más bien instintiva anticipación de Hume. Para fundamentar la ética hace falta lo necesario y lógicamente válido, es decir, Dios como Ipsum Esse et Ipsa Veritas. Lo obligatorio y lo necesario se formalizan en la nueva lógica de la misma manera. Que la nueva lógica da en el clavo lo confirma el hecho del universal uso de los ordenadores gracias a ella construidos.
Por eso, resulta irónico que a continuación añada Barraca la ética debe fundamentarse de un modo científico, es decir riguroso. A la luz de la lógica la tesis de Zubiri no tiene nada de científica ni de rigurosa. En los miles de páginas de todos sus abundantes libros no encontraremos una sola fórmula del nuevo cálculo lógico. Sencillamente, lo desconocía.
Con todo, y para ser ecuánimes, distingamos dos maneras de incurrir en la falacia es → debe ser. Hay una manera burda e impresentable, y hay una manera más fina y en cierto modo hasta disculpable.
La manera grosera es el hedonismo. Lo bueno es el placer y lo malo el dolor. El utilitarismo parece más elaborado. Pero en realidad no es sino hedonismo retardado. Hay que esperar a las consecuencias, y ver entonces si lo placentero excede a lo doloroso, o al revés. Pero dolor y placer son. De ellos no se deduce un debe-ser.
La manera más refinada es la regla secundum naturam, iniciada por Aristóteles y sostenida durante siglos por la filosofía escolástica. Se supone que conocemos la natura hominis. Zubiri está dentro de esa larga tradición escolástica. Sin duda fue consciente de sus deficiencias, y trató de mejorarla. Pero su mente era retorcida como la de Husserl. En vez de aclarar los conceptos, sólo conseguía embrollarlos más de lo que estaban.
Entre medias estaría la Escuela de Frankfurt. El consenso es más digno que el placer. Pero en el venturoso caso de que se alcanzase, sería también un hecho de este mundo, algo que es.
Sin embargo, el insuficiente recurso a Zubiri en nada empaña el excelente, sensato y positivo enfoque del libro de Barraca en las cuestiones concretas que analiza a continuación.
La palabra deber sugiere que lo debido hay que hacerlo, guste o no guste. Sin embargo, en la práctica los casos en que lo debido no nos gusta son mucho más frecuentes que aquellos en que lo debido y lo querido concuerdan. La palabra vocación sugiere más bien este acuerdo. Nuestras obligaciones se hacen placenteras, cuando coinciden agradablemente con las inclinaciones de nuestro temperamento o carácter. Cuando se tiene vocación profesional, cuando se ama una profesión con sinceridad, no se mide, no se calcula en exceso, no se es mezquino en generosidad ni en esfuerzo en relación con ella (pag 78). En el libro de Barraca el lector encontrará atinadas recomendaciones sobre la vocación. Buena parte de lo que nos hace felices en esta vida consiste en acertar en el desarrollo de nuestra vocación profesional.
Es también muy pedagógica y constructiva la parte titulada El Respeto a los principios jurídicos básicos. Las consideraciones que en ella se contienen son muy oportunas hoy día, cuando la gente reclama obsesivamente sus derechos y piensa demasiado poco, o más bien nada, en sus obligaciones. Como bien observa Barraca el Derecho nos exige sin duda “una formación continua” (Pag. 133). La educación en valores, de la que tanto se habla ahora, consiste ante todo en el conocimiento de nuestras obligaciones éticas. Hay que enseñar a los niños que primero son las obligaciones, y luego vienen los derechos. La sociedad sólo prospera cuando la prioridad de los deberes sobre los derechos ha sido inculcada desde la infancia.
Otro aspecto tratado acertadamente por Barraca es el de los valores éticos que deben presidir una empresa comercial o industrial. No por tener finalidad económica deja de ser humana. Pero se hace en efecto inhumana en la medida en que la sociedad, viciada por un consumismo salvaje, empuja a los empresarios al olvido sistemático de los valores. La aberración axiológica de buscar exclusivamente el beneficio económico, por encima de cualquier otra consideración, es lo único que les guía.
Dice Barraca al respecto: El funcionalismo se ha apoderado, con demasiada frecuencia, de organizaciones de todo tamaño y sesgo, hasta conducir a muchas de ellas a la deshumanización y a una honda crisis institucional. La relación
instrumental “sujeto-cosa” se ha convertido en un paradigma moderno de los vínculos humanos y ha colonizado espacios del mundo moderno -como el del trabajo, la organización y la empresa- en los que su dominio genera una descarnada y abusiva “manipulación”. A este propósito cabe aportar como ejemplo gráfico ilustrativo las ya clásicas escenas de la célebre obra cinematográfica “Tiempos modernos” de Chaplin. (Pag. 99).
En resumen, las pertinentes y sensatas recomendaciones de Barraca sobre el trabajo, el deber y la vocación ganarían mucho, en su doble capacidad de mover a la superación personal y al tiempo favorecer la mejora social, si se remitiesen a una fundamentación de la ética más robusta que la endeble propuesta de Zubiri.