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TRIBUNA

Bienestar animal

Juan José Vijuesca
miércoles 18 de agosto de 2021, 20:23h

Boris Johnson quiere convertir el Reino Unido en líder mundial de los estándares del bienestar animal. Me parece bien y es de suponer que si lo consigue será un referente para todas las especies de la creación. Que los animales son sensibles, es decir, tienen la capacidad de experimentar sentimientos y sensaciones, es una realidad científica y de impresión emocional. El líder británico quiere hacer que todos los vertebrados e invertebrados gocen del placer de su existencia y de una muerte plácida e indolora cuando la mano del homo sapiens intervenga. Es de agradecer teniendo en cuenta la mala baba de algunos a la hora de enfrentarse a una cobra real, y lo digo con todo cariño hacia estas dulces serpientes tan extremadamente venenosas. Pero Boris Johnson se ha venido arriba y quiere que el buen trato lo sea hacia unas criaturas tan inocentes y menos mortíferas como lo son las langostas o el pulpo.

Debo decir que el bueno de Boris llega tarde. Hace unos años en Suiza prohibieron la práctica culinaria de tirar las langostas vivas al agua hirviendo para cocinarlas. El Gobierno de aquél país estableció que antes deberían ser aturdidas. Me parece una muy sensata manera de hacer que la vida nos resulte más agradable a todos. Hay zonas del caribe que según pescan la langosta son mostradas al comensal y acto seguido pasadas a cuchillo para someterlas a la parrilla sin ni siquiera dejar al crustáceo pronunciar sus últimas voluntades. Es una canallada, pero a veces lo gustativo no repara en detalles.

No tengo el placer de conocer a ningún aturdidor de crustáceos vivos; pero supongo que la técnica para conseguir el atolondre bastará con someterlos durante horas a escuchar la canción “Marinero de luces” de Isabel Pantoja. Esto traerá cola porque los animalistas exigirán además una dosis de epidural con cargo a la Seguridad Social. Cosa de lo más natural. ”No es fácil ser aturdidor”, a decir de mi amigo Cartapacio Mascarpone, contador de oropéndolas y nubes de evolución, que no obstante recomienda recurrir a la Moncloa: “Son los mejores en eso de atolondrar al personal”.

¿Por qué una langosta goza de unos privilegios que otros seres vivos no tenemos? Se preguntará el cangrejo común. De los moluscos ya ni les cuento. A nadie se le escapa la tortura para berberechos, mejillones, ostras o almejas a los que por allanamiento de morada se les abre su concha sin orden judicial y venga darle al gusto y al regusto del maltrato que mañana es tarde. Lo de matar para comer es una costumbre que viene de antiguo, lo que sucede es que desde un tiempo a esta parte nos ha dado por la erótica del paladar a base de comer verde. A mí me gusta, pero guardando el equilibrio entre lo sólido y lo gaseoso.

Quienes hemos hecho la mili sabemos muy bien de los secretos que tiene el cocinar para un regimiento. Les aseguro que aquello era el tótem de los paladares más exigentes. Coleópteros alados y pequeños roedores con más mili que el mástil de la bandera buscaban su oportunidad para zambullirse en la olla de las 1.500 raciones del rancho. Les aseguro que no eran tiempos de aturdidores a menos que el sargento de cocina fuera vegano, cosa que dudo por su acostumbrada frase: “Lo que no mata, engorda” Y aquí seguimos disfrutando de nuestras sistólica y diastólica.

Pero volviendo a la gastronomía vanguardista, les diré que el sacrificio de las especies dolientes para caprichosos comensales, por aquello de pagar las excelencias sin reparar en cargos de conciencia, nos conduce al denominado oro negro comestible: El caviar. Simples huevas del esturión arrebatadas del seno materno para los placeres de ciertos humanos a modo gourmet y que no deja de ser un bocado lleno de magnicidio. No quisiera ser desagradable, pero a lo mejor algunos de estos comensales luego están a favor del aborto.

El camino para la concordia terrenal es la de convivir con el debido respeto, ya sea con el escarabajo pelotero o las esponjas marinas; ahora bien, para casos de mayor enjundia recomiendo mantener la calma cuando el adversario se trate de un león hambriento y no haya aturdidor por los alrededores. Lo más sensato es que te encomiendes al artículo 15 de la Constitución Española: “Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte”. Más que nada por si cuela. Nunca se sabe.

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