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TRIBUNA

Abandonados

Jesús Romero-Trillo
sábado 21 de agosto de 2021, 18:50h

Agosto de 2021 se va a recordar por la entrada de los talibanes en Kabul tras la salida del país de las tropas de EEUU. Habría mucho que decir sobre la incapacidad de la comunidad internacional y de sus organismos (OTAN, ONU, etc.) por no haber sido capaces de predecir lo que ha ocurrido. Sin embargo, el debate no debe centrarse en la salida, sino en la legitimidad y razonabilidad de la entrada de contingentes extranjeros para “arreglar” la situación de un país.

La situación en la que se encuentran los civiles afganos, en especial las mujeres, es dramática. Sin embargo, lo más sorprendente es que en veinte años de ocupación la comunidad internacional no se haya dado cuenta de que la cuestión de fondo es la coexistencia de dos modelos antagónicos de concebir la sociedad: el propuesto por los talibanes y el defendido por los gobiernos apoyados por Occidente. No se puede ignorar el inconsciente colectivo del que hablaba Jung.

Los ciudadanos afganos tenían claro que la llegada al poder de los talibanes estaba cerca. En los primeros seis meses de 2021 la Agencia Europea de Fronteras (Frontex) notificó 3.200 intentos de entradas de ciudadanos afganos en la UE, un 41% más que en 2020. Igualmente, antes de la toma de la Kabul las peticiones de asilo de afganos en la UE se habían multiplicado por tercer mes consecutivo un 33%, según los datos registrados por la Agencia Europea de Asilo (EASO). Sin embargo, a pesar de que en 2020 Afganistán fue calificado como el país menos seguro por segundo año consecutivo según el Índice de Paz Global, la inmensa mayoría de solicitudes de asilo de afganos fueron rechazadas en la UE.

La huida desesperada del país, dramáticamente representada por las imágenes en el aeropuerto de Kabul, es el símbolo de uno de los mayores fracasos geopolíticos y humanitarios de este siglo. Como ocurre en todos los conflictos, la presencia de ciudadanos afganos se concentra principalmente en los países limítrofes. Según la Alta Comisión para los Refugiados de las Naciones Unidas, en octubre de 2020 ya había en Irán una gran población de afganos: 780.000 con estatus de refugiado, 600.000 con residencia legal y dos millones sin documentación. El bloqueo del aeropuerto de Kabul hace previsible que la salida por tierra de nuevos refugiados multiplique estas cifras de manera exponencial en Irán y Pakistán en las próximas semanas.

El problema derivado es que la situación actual de inestabilidad en Oriente Medio puede aumentar en los próximos meses, pues la permeabilidad de las fronteras y, sobre todo, el contagio de las ideologías radicales puede extenderse como un polvorín. Además, como ocurrió en otros países del entorno, sigue aumentando la separación entre la élite dirigente y la población civil que asiste indefensa a las luchas de poder. En el caso de Afganistán no hemos de olvidar las acusaciones de fraude electoral en 2009 en la disputa por la presidencia del país entre Hamid Karzai y Abdullah Abdullah, y las declaraciones de Karzai reconociendo en 2013 haber recibido dinero en efectivo de manera continuada por parte de la CIA.

Una vez más la historia demuestra que cuando Occidente abandona la ocupación militar también abandona a la población civil, al igual que hacen algunos de sus líderes como el ex presidente de Afganistán Ashraf Ghani. Los ciudadanos de Afganistán y Oriente Medio que confiaban en Occidente se han visto de nuevo defraudados. No hace falta esperar a que vengan huyendo de los talibanes, miles de ellos están ya en Europa esperando el reconocimiento de asilo o están a nuestras puertas malviviendo en campos de refugiados. ¿Vamos a abandonarlos de nuevo?

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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