Está dentro de la lógica social – que no cultural – que cuando un intelectual de un Imperio, en este caso el de los EEUU, habla o expresa su opinión, en realidad ni habla ni opina, sino que pontifica. Ello suele resultar letal para el opinador imperial, porque si se equivoca, no tiene la condescendencia propia que suavizaría la falta de otro intelectual cualquiera, y que se olvidaría rápidamente, sino que el error primero abre una controversia entre cobistas e intelectuales “sensu strico”, y luego se erige en error garrafal, monumental, universal, colosal y, por tanto, inolvidable. Así como el acierto aporta la gloria al intelectual imperial, el error le lleva a la condenación y al ostracismo entre la intelectualidad no sectaria. Las dos cosas son injustas por su respuesta exagerada. Ese es el caso del economista Paul Krugman quien ha tenido la ocurrencia peregrina de comparar a los talibanes respecto a los EEUU, con los españoles de 1808 con respecto a los invasores franceses. Esta boutade de economista genial sería detectada por un simple bachiller aplicado, que hubiera estudiado un poco en 2º de Bachillerato la España de los siglos XVIII y XIX.
Aunque la Revolución Francesa ralentizó por reacción la modernización de España que los borbones trajeron durante todo el siglo XVIII con cerca de treinta ministros comprometidos personalmente con lo que podríamos llamar el Movimiento de la Ilustración, intentando domesticar a la Iglesia, entre otras instituciones, la España que se enfrenta a Francia ya no es la España del siglo XVII, y sólo hace falta leer la Prensa de la España “libre” para darse cuenta de que desde la ilustración también se combatía contra el ejército napoleónico y que el liberalismo no era incompatible con el glorioso espíritu de la independencia nacional, que escribió sin duda las páginas más gloriosas de nuestra Historia, como lo atestigua la Constitución de Cádiz, infinitamente más liberal y moderna que el Estatuto de Bayona. No todos los ilustrados fueron afrancesados, y la mayor parte si lo fueron, lo fueron forzados y traicionados después de la Guerra de Independencia, después de haber liberado la patria del francés, al llegar la violenta contrarrevolución de Fernando VII. Llama la atención la cantidad de patriotas que tuvieron que emigrar a Francia después de haberse manchado de sangre francesa hasta arriba por haber defendido nuestra independencia, y llama más la atención que la propia Francia, generosa, les proporcionase en algunos casos pensión para no morirse de hambre en suelo galo.
Pero de lo que estoy seguro que hubiera cambiado radicalmente la opinión de Paul Krugman es la lectura de la numerosa Prensa que se publicó en la zona libre, rebosante de ideas ilustradas, alegres y esperanzadas sobre la patria, junto al odio cerval – lógico – contra el invasor. Periódicos como “Almacén patriótico”, editado por el médico jacobino pacense Pedro Pascasio Fernández Sardino, “La Abeja española”, “El Robespierre español”, “El Redactor General”, “El sincero amigo del pueblo”, con magníficas colaboraciones de José Antonio Gallardo, “El patriota compostelano”, “La Campana del lugar”, con valientes artículos de Manuel de Navas, cirujano de la Armada, “Semanario Patriótico” o “El Español”, del que fuese editor el gran patriota Blanco White, dejan claro que no todo el liberalismo fue traidor y “se afrancesó”, sino que supo luchar con coraje contra el invasor y, al mismo tiempo, por la libertad en España. La mayor parte de los intelectuales que no eran orgánicos, esto es, que no vivían del Presupuesto Nacional, como los catedráticos de universidad, que apoyaron en bloque la corona de José I, amo del erario público, lucharon por la independencia y la soberanía, junto al deseo de una organización política interior liberal. Particularmente me encuentro bastante cerca de la execración de Menéndez Pelayo contra la apología de Reinoso por los afrancesados.
Paul Krugman no puede tampoco jamás olvidar que fueron los representantes del pueblo levantado en armas contra el invasor quienes redactaron la Constitución de 1812, la más progresista en la Europa de entonces. En el “Español campanero” podemos leer: “El valiente pueblo español no debe ser el ludibrio de naciones extranjeras, ni ha derramado su sangre contra el francés para quedar como estaba en los tiempos de Godoy. Guerra eterna a los tiranos del mundo: tal es el voto del “Español campanero”. Cuando la Guerra iba terminando los patriotas afirmaban que salvar la Constitución era el áncora de su esperanza. En “La Campana del lugar” podemos leer cosas como: “Destruyamos hasta el germen de la tiranía; y no reposemos hasta ver concluida la grande obra de la libertad, que con tanta gloria hemos emprendido en esta guerra de independencia nacional”. El que luego los sueños de los patriotas no se cumpliesen tuvo que ver con el giro de toda Europa al Ancien Regime, y no con el glorioso corazón patriota de España.
Ni los americanos son hoy los franceses de entonces, que dado lo que escribían en las paredes de la Catedral de Ciudad Rodrigo o en el Palacio del Viso del Marqués no eran desde luego Voltaire. Y mucho menos los cobardes asesinos fanáticos de los talibanes son hoy los españoles de entonces. Afirmar eso es una burrada y una injuria de muy mal gusto. Si bien entendemos que lo que Mr. Krugman ha dicho y escrito nace de un honesto intento de comprender algo con deficiente información. Además, un americano debería palparse mucho los botones de la chaqueta cuando hable de barbarie de otros pueblos, cuando hay toda una pletórica antología de frases ( y acciones ) muy infelices de los más excelsos presidentes norteamericanos sobre los negros y las tribus indias, empezando por Thomas Jefferson y siguiendo por James Madison, Andrew Jackson, James Buchanam o Rutherford B. Hayes. Y eso sin contar el comercio subhumano de cabelleras indias. Y lo dice alguien que ama profundamente la Democracia Americana, la institución política más importante desde la República Romana.
No negamos que la Guerra también incorporase a elementos muy rancios y retrógrados, y que algunos llamasen ya a esta Guerra “Cruzada”, por defender en esta tesitura el sentido más reaccionario de la religión católica, que se fundía con el poder político de la Iglesia y el absolutismo de la Corona. Pero ese hecho, que sin duda fundamenta la exageración de nuestro admirado intelectual norteamericano, no puede borrar la gesta de una Nación que mientras echaba al francés de nuestro sagrado solar proclamaba la Constitución de Cádiz.