Durante un mes no había cesado de llover en el campamento donde 30 mil hombres con su armamento y la correspondiente logística animal se habían reunido para celebrar un desfile que el Virrey de la India ofrecería al Emir de Afganistán y en el cual, todas las noches sin faltar, los 800 caballos del Emir, que le vinieron a acompañar desde las remotas montañas de aquel estratégico enclave en el Asia Central, salían de estampida por el lugar.
Una noche, cuando todo el mundo dormía y todavía llovía, se oyó un ruido misterioso, entre ridículo y bestial: eran los camellos de carga que se habían desbandado y corrían alocados destruyendo todo lo que pillaban al pasar.
Billy la mula, calado hasta las orejas y como no podía dormir, llegó hasta la batería de artillería en las afueras del campo y se metió debajo de unos cañones donde un soldado había montado una tienda improvisada con el impermeable del que se había despojado.
Al poco rato, tras la mula, llegó uno de aquellos camellos atolondrados y les contó que había soñado con que le habían atacado unos seres extraños y, pese a tener él el cuello tan largo, perdió la cabeza y se lanzó a correr en medio de la oscuridad.
Billy, que no creyó una palabra de todo aquello, como bienvenida le soltó al camello una doble coz en las costillas que sonó como el redoble de un tambor y a continuación le rogó que se sentara y parara de chillar “Fuego” y “Al ladrón”. “Yo entiendo que después de tantos días aquí metido uno pueda echar un galope al azar, pero hoy, colega, os habéis pasado”, añadió como colofón.
Un poco después se acercó también al improvisado refugio una pareja de los bueyes que transportaban los cañones hasta la línea de fuego, quienes sin más miramientos se plantaron allí en medio y dijeron: “Es preferible estar metidos en el barro a que no te dejen dormir a tu cuidado”.
Entre tanto, un elefante que estaba a un poste atado dijo con sumo cuidado: “Dicen que soy un anacronismo, pero puedo ver en mi cabeza lo que pasa cuando una bomba estalla. Sé Io suficiente para estar a disgusto y no lo bastante para continuar adelante.”
A ello los bueyes dijeron: “Nosotros simplemente vemos con los ojos lo que tenemos delante.” Y el elefante replicó: “No tenéis ni idea de lo que es la sangre”. “Yo de la sangre prefiero no hablar”, dijo Billy por su parte. “Esa es la clave - precisó el elefante - en la mitad del relato es donde está la verdad.”
Poco después amaneció y aunque todavía llovía como si estuvieran tirando el agua con calderos, el desfile comenzó. No obstante, al rato arreciaron aún más los chubascos y apenas se veía a tres en un burro en la lejanía. Las tropas formaron una media luna y después una línea entera de 1 kilometro de largo, que avanzó de frente tan potentemente que hacía el suelo temblar como un barco en mitad de una tormenta en alta mar.
Ante aquello, por un instante, el Emir que estaba en la tribuna sentado y que ya los tenía enfrente, pareció que iba a retroceder y abrirse paso cuchillo en mano, hasta que al final, más quietos que los clavos, los ejércitos se pararon, sonó la música de 30 bandas y se acabó el espectáculo.
Entonces, los asistentes, todavía aturdidos, se preguntaban cómo se había logrado aquel fabuloso efecto. “Ojalá pudiéramos desfilar así en Afganistán, pero somos difíciles de mandar en medio de donde estamos”, reflexionó un veterano jefe afgano.