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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Anfitriones, de Inge Martín, tormentos y tormentas domésticas

domingo 12 de septiembre de 2021, 10:37h

La actriz Inge Martín estrena su primer drama largo, en el que la apariencia de amistad, las redes sociales, las relaciones de poder y la inmigración desatan una gran tormenta en lo que iba a ser una velada tranquila, llena de giros sorprendentes que nos plantean sucesivos dilemas morales. Una voz nueva para nuestra escena que augura una trayectoria a seguir con mucha atención.

Anfitriones, de Inge Martín, tormentos y tormentas domésticas
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Anfitriones, de Inge Martín

Directora de escena: Inge Martín

Intérpretes: José Luis Alcobendas, Bruno Ciordia, Inge Martín y Lucía Quintana (sustituida en la función del 5 de septiembre por Carmen del Valle)

Lugar de representación: Teatro Quique San Francisco/ Galileo (Madrid). Gira por España

Con el título de su primer drama largo: Anfitriones, la actriz, directora de escena y ahora autora Inge Martín inicia ya un doble juego entre la apariencia y la realidad de los hechos, un conflicto casi ancestral pero que cobra hoy una acuciante vigencia con la cultura de la imagen promocionada por las televisiones y las redes sociales de internet cuyo papel resulta decisivo en la pieza. Fue un gran dramaturgo, Molière, quien al retomar el mito clásico grecolatino sobre “Anfitrión” instauró su significado moderno y habitual entre nosotros. Ya no se trata, pues, de una forma humana que el dios Zeus adopta para burlarse de un esposo, sino que en palabras del creador de El médico a palos, el verdadero “Anfitrión” -o en este caso: anfitriones-, es “aquel que nos convida a cenar”. Y así es, a primera vista, con la pareja de Gustavo y Daniela, burgueses madrileños bien acomodados, que invitan a cenar a sus amigos Verónica y Roberto en una velada donde nada resultará lo que en principio parece ser.

Si todos ellos se conocieron muchos años antes en un Taller de Escritura, ya se nos da a entender que los cuatro amigos poseen cierta predisposición innata a elaborar ficciones y cuentan ya con recursos técnicos para dar consistencia y verosimilitud a esos fingimientos urdidos en los recovecos más secretos de sus cerebros. No en vano, la anfitriona de la reunión, Daniela, es justo la autora del drama Anfitriones, lo que genera aquello que los teóricos franceses han denominado una mise en abîme (“puesta en abismo”), ya que la autora es personaje de su propia creación, en una espiral de paradojas sin fin. Su invitado Roberto se ha convertido, a su vez, en un novelista de éxito, mientras que su amiga Verónica da rienda suelta a esa destreza de crear fábulas a través de Instagram y las redes sociales, que maneja a su voluntad solo al pulsar con sus dedos las teclas de su teléfono móvil. Gustavo está detrás de la financiación -con frecuencia, muy lucrativa-, de esas quimeras de sus compañeros, amigos o socios, que circulan sin control y con efectos imprevisibles en la vida colectiva.

Pero estos cuatro aprendices de la ficción muy pronto pasarán a ser víctimas de sus propias fabulaciones. La primera de ellas, la del supuesto banquete ilusorio que de manera simulada les reúne engañosamente para festejar su vieja camaradería. La que salta por los aires cuando se desvela la oculta motivación que les llevado a reunirse. La pareja formada por Daniela y Gustavo ha infringido varias leyes y su llamada no obedece a ninguna conmemoración amistosa, sino a una comprometida petición de ayuda que supondría implicar a sus amigos en un grave quebrantamiento de la legalidad. La pieza de Inge Martín sobrepasa a partir de aquí las reglas de la comedia sustentada en el hábil cálculo de entradas y salidas de los personajes, en su presencia o ausencia táctica con medias verdades en el ambiente, recursos heredados de la tradición del más clásico vodevil, para convertirse en un “drama de poder” donde el juego de intereses y traiciones mutuas se imponen de forma descarnada. Una pugna deshonrosa a cuatro bandas, pues, que actúa como auténtico revulsivo para que las revelaciones más hirientes salgan a la superficie y hagan añicos todos los convencionalismos.

La invitación a cooperar en cualquier actuación prohibida habría causado, con toda probabilidad, un similar enfrentamiento catártico que pulverizase la ficción de afabilidad urdida por todos ellos. Pero la infracción concreta de Daniela y Gustavo no resulta banal, sino extremadamente significativa, pues le proporciona a la pieza una dimensión moral y política de proporciones insospechadas. En una alcoba de su lujosa vivienda, Gustavo y Daniela ocultan a un inmigrante musulmán que han… ¿rescatado?, ¿secuestrado?, ¿lesionado?, ¿liberado?... de un Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE). En ese instante, caemos en la cuenta de que la pareja de Daniela y Gustavo no son los “anfitriones” de sus supuestos amigos, sino que todos ellos se han convertido en el deseado, o por el contrario, involuntario “anfitrión” del extranjero huido de los trámites de la justicia. No resulta difícil percibir, a su vez, el alcance colectivo de esta situación, ya que en términos metafóricos, no solo los personajes del drama, sino todos los espectadores que asistimos a él somos los que cobijamos al forastero. O con mayor exactitud, toda la nación, todos los habitantes del territorio europeo, son los auténticos anfitriones a que alude el título de la obra, lo sean con espíritu protector o lo sean de mal grado y en actitud abiertamente hostil.

Aunque a veces se tienda a tildar, con bastante ceguera, a piezas de estas características como teatro costumbrista, en realidad nos encontramos más bien ante un realismo simbólico que plantea dilemas de gran calado, sin caer en ninguna aparatosidad ni restar sencillez expositiva y claridad formal a la obra. Estamos en la línea de la naturalidad de Claudio Tolcachir, donde el habla coloquial en acciones de aspecto cotidiano alude a disyuntivas profundas en el trasfondo simbólico del drama. Estilo que ha ido dejando más de una pieza maestra en nuestro teatro más reciente. Del mismo modo, este Anfitriones, de Inge Martín, escapa también a cualquier costumbrismo al poner en escena criaturas poliédricas, dotadas de perspicaces contradicciones y rostros multifacéticos que los alejan de cualquier personaje unidimensional.

La polisemia del inmigrante nace del hecho de no aparecer nunca en escena y no entenderse las poquísimas palabras que pronuncian en la habitación que le sirve como guarida. No es ningún secreto que en el arte teatral una de las formas más contundentes de hacer presente a un personaje consiste en ocultarlo. Nuestra imaginación entonces crea y recrea de mil formas a aquel que se halla fuera de nuestro campo de visión, bien sea por una técnica de elipsis o por efecto de algún tabú. Es cierto que no se trata de la primera vez que el teatro español más reciente ha mostrado de este modo elusivo al inmigrante. Encontramos esta fórmula, por ejemplo, en Salvajes, de José Luis Alonso de Santos, o bien en La playa, o en El cuchitril, de José Moreno Arenas. Por lo general, ha servido para desencadenar el racismo disimulado o el altruismo militante de quienes sabían de su existencia. Ahora, en Anfitriones, el espectro de las reacciones se hace más amplio y complejo. El musulmán oculto y balbuciente para quienes entran a contemplarlo y comprueban su semblante tenso, sudoroso e inexpresivo, actúa como un auténtico test de la personalidad basado en las manchas de tinta de Rorschach Ambiguas e inarticuladas, cada persona ve en esas manchas un aspecto de sí mismo, una faceta de su psique profunda, de sus creencias o prejuicios más encubiertos o secretos. Esas diversas consecuencias causa el musulmán escondido.

Esta pluralidad de reacciones ante él da pie a la autora a explorar sentimientos y conductas que en ocasiones se encuentran velados por la censura social. Un abanico de pasiones que no se limita, por cierto, al ámbito exclusivo de la inmigración. Un ejemplo patente de ello lo encarna el escritor Roberto. No creo que sea casual el hecho de que, durante la representación, cuando dedica su último libro a su amiga Verónica, en realidad le entregue la novela del autor francés Michel Houllebecq titulada Sumisión. No está de más recordar que en este relato Houllebecq fantasea con la imaginaria posibilidad de que en Francia gane las elecciones un islamista, Mohammed Ben Abbes, gracias a los votos de la inmigración musulmana con el resultado de implantar la poligamia, decretar el sometimiento de la mujer a los hombres, y convertir las universidades en centros islámicos. No se trata, pues, de un azar que el musulmán escondido en la casa se llama igual que el protagonista de esta novela, ni que Roberto se comporte con la misma actitud irrespetuosa y desafiante que Michel Houllebecq ante las premisas de lo correcto en la esfera pública europea.

En realidad, los “robertos” de nuestra sociedad -sin la fama intocable de Houlllebecq-, no pueden expresar en público sus puntos de vista, estemos a favor o radicalmente en contra de ellos, porque la cultura de la cancelación acabaría con ellos, las revistas literarias les ningunearan y su editor rescindiría los contratos. El miedo a esta muerte civil sella muchísimas bocas a través de esta censura de nuevo cuño. La dramaturga ni lo reivindica ni lo critica sino que deja que se desenvuelva con franqueza, lleve o no razón, sea dañino o aporte cierto grado de verdad. El escenario de Anfitriones se ofrece como un espacio inusual de libertad, incluso para aquello con lo que no estamos de acuerdo. Una bocanada de oxígeno frente a obras estranguladas por la ideología. El actor José Luis Alcobendas no imita los ademanes desmadejados del Houllebecq real, sino la actitud retadora de sus escritos, con un lenguaje corporal muy expresivo. Su espíritu combativo no impide que intervenga como conciliador en momentos de alta tensión -ejemplo de la multiplicidad interna del personaje-, y que deba asumir las durísimas consecuencias y dolor íntimo que su postura provoca en su vida personal.

Igual complejidad percibimos en los restantes protagonistas de Anfitriones. Con Gustavo nos topamos ante un filántropo despiadado. Su altruismo hacia el inmigrante no es más que el contrapunto de la frialdad sin compasión con la que desde su empresa va a dejar en la calle sin empleo a cientos de personas, incluyendo a alguna que ha invitado a cenar. Su discurso magnánimo está en contradicción con ese egoísmo de mal anfitrión que le permite vivir en un lujo privilegiado. Bruno Ciordia y la propia autora Inge Martín encarnan a la perfección ese matrimonio de Gustavo y Daniela cuyo discurso moralmente elevado finge no reconocer ciertas ignominias que subyacen en su ascenso social. Ese cruce entre responsabilidades ignoradas y prebendas injustas es el que hace pensar a Roberto que la filantropía de la pareja hacia la inmigración solo procede de las culpas de sus prerrogativas económicas.

Con Verónica entra en juego la víctima de nuestro propio país, no venida del extranjero, sino producto de abusos favorecidos por nuestras crisis económicas. En parte ella misma es causante de ello por entregarse al vacío intrascendente de las redes sociales, pero al mismo tiempo es una sacrificada más por los intereses de las empresas e industrias sin la más mímica sensibilidad hacia el sufrimiento que pueden causar. Verónica comienza así, como reacción, un chantaje a través de la emisión en vivo y en directo, vía digital, de lo que está sucediendo entre estos singulares anfitriones. Vencedores ante humillados, relegados frente a poderosos, silenciados contra los portadores de un discurso oficial triunfante La grata velada da paso así a una tempestad que se parece mucho a nuestras riñas sociales. Un temporal que va mucho más allá del asunto de la inmigración, controversia inicial que solo actúa como desencadenante del vendaval posterior.

Nada más valioso que la autora no utilice a ninguno de sus personajes como muñeco de ventrílocuo para adiestrarnos en qué es cierto y qué falso, qué bondadoso y qué perverso e injusto. La tormenta está ahí y el espectador se ve obligado a meditar, en medio de la borrasca, para extraer sus conclusiones personales. Esas que solo a él le pueden convencer, porque son exclusivas de su propia valoración crítica.

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