Sucedió en 2019, pero se ha conocido ahora gracias a Radio Canadá. En 20219, el Consejo Escolar Católico de Providence (Ontario) quemó unos 30 libros y cómics y retiró de las bibliotecas casi cinco mil porque, según ellos, propagaban estereotipos. Entre ellos, había algunos de Tintín y de Lucky Luke. Después, por cierto, enterraron las cenizas “en la esperanza de que creceremos en un país inclusivo donde todos podrán vivir con seguridad y prosperidad” como decía el vídeo educativo que produjeron después de la ceremonia de “purificación por las llamas” en la que entregaron los libros al fuego. Otras quemas parecidas iban a realizarse en otros lugares, pero se suspendieron por la pandemia.
Entre los títulos que fueron pasto del fuego estaba, por ejemplo, “Tintín en América”. Según un informe realizado para el consejo escolar, el cómic contiene “lenguaje inaceptable”, “informaciones erróneas”, una “presentación negativa de los pueblos autóctonos” y una “representación defectuosa de los autóctonos en los dibujos”. Acusan a Tintín de emplear la expresión “un verdadero piel roja” y de ir a fotografiarlo. “El templo del sol”, otra aventura del reportero del “Petit Vingtieme”, ha tenido algo más de suerte. Sólo la han retirado de las estanterías. Se impide su lectura, pero al menos no le han prendido fuego. Lucky Luke, por cierto, también ha ardido en la hoguera. Al consejo le pareció que, en sus aventuras, hay un “desequilibrio de poder entre los blancos” y “los autóctonos, percibidos como los malos”.
La impulsora de la iniciativa ha sido una “investigadora independiente” y “guardiana del saber autóctona” llamada Suzy Kies vinculada al partido del presidente Justin Trudeau. El sitio web de su partido la presentaba como una “autóctona urbana de descendencia abenakis y montañesa”. Desde 2016 ha sido vicepresidenta de la Comisión de los pueblos autóctonos del Partido Liberal de Canadá, la formación de centroizquierda del presidente Justin Trudeau. La señora Kies trabaja para otros consejos escolares en proyectos similares de Ontario.
En Canadá han quemado libros.
En su tragedia “Almanzor” (1823), el gran poeta Heinrich Heine (1797-1856) escribió que “allí donde se queman libros, al final también se queman hombres”. No anduvo desencaminado el amigo de Goethe. No había transcurrido ni un siglo después de su muerte cuando, en Alemania, los nazis dieron al fuego miles de libros prohibidos el 10 de mayo de 1933 en la plaza de la Ópera de Berlín. Entre los que arrojaban los volúmenes a la hoguera no sólo había jóvenes alumnos universitarios, sino que también había profesores. Esos mismos que deberían haber enseñado a los jóvenes el espíritu y la letra de la ciencia y la cultura participaron junto a ellos en su destrucción física y simbólica.
Ahora Tintín y Lucky Luke han sufrido la ira de unos educadores que prefieren cancelar la historia a explicarla. No entraré a defender a Tintín, uno de mis grandes héroes junto a Corto Maltés y el Príncipe Valiente. Un personaje que es capaz de viajar hasta el Himalaya para rescatar a un amigo chino (“Tintín en el Tíbet”) no necesita que lo defiendan de ninguna acusación de racismo. A Lucky Luke lo conozco algo menos. De todos modos, no se trata de los personajes, sino de los lectores y de quienes les enseñan. Ese consejo escolar pensó que las llamas abrirían paso a un país “inclusivo”, pero en realidad han jalonado el camino a un lugar en el que Occidente ya ha estado. Miles de canadienses cayeron luchando, precisamente, contra esos nazis que quemaban libros.
El pensamiento “woke”, la práctica de la “cancelación” y otras tantas modas culturales son una amenaza para la libertad y la razón. Los colegios se han llenado de piquetes moralistas que no quieren crecer en el conocimiento, sino suprimirlo para que nadie se ofenda. Su idea de inclusión parte de excluir la inteligencia y la razón de cualquier proceso educativo, que para ellos es equivalente a un proceso político. Como decía Pedro Ugarte en Twitter hace unos días, “en las sociedades postmodernas, la clave no está en que uno tenga la razón, sino en que el otro tenga la culpa”.
Frente a estos intentos de adoctrinamiento, hay que resistir. Hay que defender los monumentos, el callejero, las fiestas tradicionales, el cine clásico, los juguetes de toda la vida y, por supuesto, los cómics. Por cada libro que quemen, debemos comprar tres, cuatro, diez. Por cada monumento que derriben, hay que alzar otros más firmes, más robustos y más grandes. Esta oleada de irracionalidad y sentimentalismo tiene, evidentemente, una inspiración política señora Kies es -además de investigadora y educadora- activista política. Ahí está su militancia en el partido de Trudeau para despejar toda sospecha. El progresismo lleva décadas tratando de acabar con Occidente socavando sus fundamentos.
Ahora en Canadá han empezado a quemar libros.