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TRIBUNA

La Feria que trae cola

jueves 16 de septiembre de 2021, 20:09h

El otro día fui a firmar ejemplares de mi último libro, recientemente editado por la Editorial “Actas” – “La Caída del Imperio Soviético” – en la caseta nº 221 en la Feria del Libro de Madrid.

Lo primero que me impresionó muy gratamente fue una cola sin fin que precedía la entrada a la Feria. Una cola fluida, bien organizada, que se deslizaba por el antiguo Paseo de coches del Parque del Retiro, entrando en la propia exposición librera y, atravesándola, salía por otro lado del Paseo.

La sociedad sigue viva y, aunque “amordazada” por el virus y las mascarillas, ha venido aquí, al emblemático parque madrileño con ganas de leer y ver a sus escritores preferidos. La Feria del Libro Madrid siempre era una auténtica fiesta de la escritura y de la lectura, estas dos caras, sin las cuales no existiría una “moneda” cultural, llamada el “libro”, casi la “libra”, la moneda inglesa.

Tuve el privilegio, como el autor que iba a firmar, de poder entrar en la Feria sin hacer cola que, como me comentaban los que, sí, tuvieron que aguantarla, duraba de tres cuartos a una hora. ¡Vaya el interés por el libro!

Las colas de esta magnitud sólo las he visto en la Unión Soviética, en la época de la escasez de los alimentos y artículos de primera necesidad, como la harina o el papel higiénico, las colas que son, precisamente, unos de los protagonistas de mi libro La Caída del Imperio Soviético que yo iba a firmar.

Entusiasmado con esta afluencia de los lectores y con la esperanza de que un riachuelo de este mar humano llegaría a la caseta con mis libros para poder firmarlos con mi agradecimiento y la satisfacción. Porque, para un autor no hay más satisfacción que encontrar e, incluso, ver la cara de su lector, esta magia que representa la Feria del Libro y los eventos parecidos de promoción de la lectura y de la escritura a la vez.

Con la ansia y la ilusión de firmar y ver muchas caras de mis lectores – he traído varías plumas por si a una sola se la acabase la tinta – me he incorporado a mi puesto de escritor firmante.

Por el largo camino hasta mi caseta, que se encontraba casi al final del recinto ferial, he podido observar, a diestra y siniestra, cientos de casetas, llenas de libros de todo los títulos imaginables, de todos los colores y tamaños de las portadas, del diverso material publicitario, y las caras de algunos de los autores de estos libros, en el “marco” de unos metros cuadrados de las casetas, esperando cada uno a “su” lector, con la misma esperanza y la pluma cargada, como las mías.

Sentado, a veces levantándome para estirar las piernas y también la mano algo dormida, sujetando la pluma sin escribir, estaba observando la continua corriente humana que estaba pasando ante mis hijos. Mujeres y hombres de todas las edades, los niños con sus padres, familias enteras, amigos reencontrados en la Feria, amantes, no sólo de la lectura…

“¿Pero, por qué nadie se acerca a pedir mi libro, donde está mi lector entre tanta avalancha humana que estaba “arrasando” el Paseo de coches, sin coches desde hace un montón de años?” – preguntaba yo a mí mismo.

En este momento, una familia se acercó a la caseta, para mirar los libros expuestos por la editorial – magníficos e interesantísimos volúmenes sobre la historia de todas las épocas, incluida la temporánea: Vikingos, Confederación, Españoles olvidados del Pacífico, Nace la Legión y muchos más libros que me rodeaban por todos lados – y el hijo mayor dice a su padre: “Mira, papá, Los Vikingos, los de la tele”. El padre cogía un ejemplar y lo estaba mirando junto con el hijo. Luego lo puso en su sitio y con un tímido “gracias” la familia prosiguió su maratón por la Feria.

De comprar, nada. Tampoco miraban mucho. Esta misma familia, cuando dije al padre si quería ver mi libro que cuenta un acontecimiento histórico más importante del siglo XX ,ni me contestó. “Claro, no es “mi” lector” – pensé yo para consolarme. – ¿Pero dónde, carajo, está el mío?

Cansado de esperar silenciosamente, empiezo a hacer algo para atraer la atención de la marea. Veo a un joven, en cuya camiseta estaba puesto en inglés “Hamlet, la tragedia escrita por William Shakespeare” o algo por el estilo, y le hago el gesto para que se acercara y le pregunto: “¿Conoce usted una tragedia más grande que la de Hamlet?”. El hombre, algo sorprendido y confundido, me contesta: “No. ¿Y por qué?”. Le digo: “Aquí tiene usted una historia más trágica que la de Shakespeare, una caída de un Imperio más grande del planeta, incomparable con la Dinamarca del Hamlet y todo fue solo hace treinta años. ¿Quiere ojear el libro?”. “No” – dice el hombre en tono enfadado de haber caído en una trampa de ironía y se aleja rápidamente de la caseta.

De repente, una chica, vestida de mujer, se acerca y, sin mirar a los demás libros expuestos en la caseta, me dice: “Quiero comprar su libro, ¿me lo puede firmar?”. “Claro que, si, y con mucho gusto” – contesto, pensando: “Por fin, veo a “mi” lector” – “¿Cómo se llama usted para escribir la dedicatoria?”. “Es para mi padre, Carlos, le gusta la historia” – contesta la moza. “¿Y a usted? – pregunto. “Me paso de la historia” – contesta sin más.

Un señor con gafas, con pinta de un maestro y un estudioso, se para y observa atentamente los libros. Llega el turno del mío y yo, viendo que el hombre estaba por marcharse, sin comentar nada, ni tocar ningún volumen, le pregunto: “¿Conoce usted por qué había caído el Imperio Soviético?”. “Algo sé, pero no mucho. Tengo una opinión. El presidente Yeltsin estaba aficionado a la bebida…”. “También Churchill bebía como un cosaco – interrumpí a mi potencial lector – y, además, fumaba unos purazos sin cesar. Yeltsin no fumaba. Sin embargo, juzgamos a Churchill no por cuánto él bebía y fumaba, sino por lo que hizo para su país. Si quiere conocer lo que hizo Yeltsin, lo encontrará en este libro La caída del Imperio Soviético”. Algo intrigado y ojeando el libro, fijándose en las magníficas fotos de la época, “mi lector” decidió comprar el libro y le escribí una larga y agradecida dedicatoria.

A uno, con semblanza de un profesor universitario, que con soltura estaba hablando con el editor sobre los temas históricos de los libros presentados, le pregunto, para atraer atención hacia mi libro, al que ni miró, aunque estuviera expuesto en la primera fila y en una pila de ejemplares, que si conoce que, Alexis, el hijo menor del último Zar ruso, Nicolás II, fusilado junto con toda su familia por los bolcheviques, se sobrevivió y luego fue uno de los ministros de Stalin. Intrigado, me dice que no lo conocía y pregunta si de verdad fue así. Le digo que si quiere saberlo debe comprar mi libro y se enterará de muchas cosas más de la historia de la URSS que, seguramente, las desconoce. Finalmente, compró el libro, demostrando que la curiosidad humana no tiene límites, solo hay que saber despertarla.

Un joven, de 20-25 años, mirando, de paso, lo expuesto en la caseta – donde yo estaba sentado, buscando con los ojos a “mi lector” entre la marea humana que iba fluyendo ante mí –, de repente, se acerca y se dirige para ver mi libro más de cerca. Él estaba dudando, coger o no, alguno de los varios ejemplares puestos para ser firmados y yo, para animarle, le digo al joven: “Puedes coger y ojear el libro. ¿Sabes algo de la caída del comunismo en la URSS y en los países socialistas sus satélites? Este libro lo cuenta”. “Muy poco. Soy rumano y desde hace más de 15 años vivo en España” – me contesta. “Entonces, este es tu libro. Hay en él un capítulo entero que cuenta con todos los detalles, algunos muy poco conocidos, cómo y quién estaba detrás de la caída y la muerte violenta del presidente Ceausescu” – comento yo y empiezo a buscar las páginas donde se estaban relatados aquellos sucesos de la “perestroika” en Rumania. “No, gracias, no voy a comprar el libro ahora. Luego a la vuelta” – dijo el joven rumano y se marchó. No volvió. Fue una excusa. Quizás a él el nombre de Ceausescu le sonara lo mismo que a un español de su edad el de Franco. La gente joven, tal como lo veo, se interesa poca por la reciente historia de sus propios países, les atraen más las antiguas leyendas medievales, muchas de ellas reproducidas en la gran pantalla del cine o en los teleseries.

Hubo otras anécdotas de mis “no lectores”, que no sabían que el Imperio Soviético lo formaban no solo la Unión Soviética, sino seis países centroeuropeos más, como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Alemania Oriental y Rumania; que Cuba no formaba parte de este Imperio; que el Muro de Berlín no fue construido por Alemania Occidental, sino por la Oriental, para que los alemanes del Este no pudieran fugarse del mundo comunista al capitalista y no al revés, como pensaban algunos; que Boris Yeltsin no dio el golpe contra Gorbachov en agosto de 1991, sino le salvó del golpe que intentaron dar sus propios camaradas, descontentos con la “perestroika”; que los ciudadanos soviéticos no podían viajar al extranjero sin el permiso especial de las autoridades; que la música jazz y pop, como la pintura abstracta, estaban prohibidas en la URSS, y otras cosas que mucha gente desconoce, engañada, en su momento, por la audaz propaganda soviética.

Después de tres horas y media de mucho sentar, observar y poco firmar, salí del recinto ferial del lado opuesto al del por donde he entrado y fui sorprendido por una enorme cola, que no era para entrar en la Feria, de la que acababa de salir, sino que iba a una caseta o algo parecido, montado fuera del recinto ferial, pero a su lado.

La cola estaba formada, en su mayoría, por la gente joven, los adolescentes, con y sin padres. Una cola tan larga o más que la para entrar en la propia Feria. Resultó que esta larguísima serpiente humana iba para comprar un nuevo libro de una escritora de moda, que contaba “cómo engañar a tu propio karma”. Así me lo ha explicado una joven a que he preguntado sobre el “destino” de esta impresionante cola.

Sin entender para qué hay que engañar al karma y que tanta gente quería aprenderlo – tarea, en mi modesta opinión, totalmente inútil; al karma no se lo puede engañar, al revés sí; el karma es como una genoma humana, dada a cada individuo por el Creador, el Dios, y engañar al karma es como engañar al Dios, nunca terminaría bien – y viendo esta enorme cola, de nuevo me vino a la memoria las colas “soviéticas”.

Y pensé: “Bueno, esta gente por lo menos aguarda cola para comprar los libros y no el jabón o una ración de azúcar, como lo ocurría a los ciudadanos soviéticos. Aunque, quién sabe, si esto no pudiera ocurrir de nuevo a los que no quieren estudiar y conocer el verdadero “karma de la Historia”, para no estar engañados y castigados por su ignorancia voluntaria.

Así que, “mi” querido lector, quien quiera conocer el verdadero rostro del karma del comunismo, los invito a leer mi libro La Caída del Imperio Soviético y, si quieren que lo firme, los espero en la Feria, el sábado 25 de septiembre, del 17.30 al 20.30 de la tarde.
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