Reconozco que, a estas alturas del partido (y menos mal que acaba de ganar el Madrid por los pelos), escribir sobre la santidad en la prensa no es como para ganar muchos lectores. Algunas personas vienen a verme con el encabezamiento alcanza la santidad, pero esa es una liebre que corre más que este galgo, siempre al final con la lengua afuera, jadeante y derrotado. Eso lo intentaba antes, pero ahora perro viejo ladra sentado, mono viejo no se sienta sobre rama seca y Carlos Díaz ya no es Carlitos verbenas, la ilusión de las nenas.
Tengo ya pocos pacientes que vengan a mi consulta lamentándose de no ser santos, aunque a veces lo sean más de lo que creen, aunque no lo crean. Como terapeuta, unas veces me siento en la silla del santo y otras en la del pecador, pero al final siempre me veo obligado a cambiar de silla; he visto a pacientes a los que les ha salido el tiro por la culata, de forma que hubiera sido mejor que no se hubieran llevado la escopeta al cuello, ya que la reculada de su disparo a veces produce en ellos severos descalabros y derrumbamientos.
Lo normal es que trigo y cizaña crezcan juntos; acabo de decir a una persona lo siguiente: “Me parece que te valoras poco, y que por contraposición hipervaloras a algunos. Esto no impide reconocer que hay humanamente gentes mejores que otras, y que en ello intervienen factores genéticos y ambientales. La vileza y la cobardía, la inepcia y el despropósito más chusco forman amalgama y alcanzan densidad de mugre. Hay una parte pecadora en los santos, y una parte santa en los pecadores. Aceptar la propia imperfección es mucho mejor que intentar ser santo tirándose de las orejas para salir del propio pozo. Sólo Dios es Santo, y los demás santificados por el amor de Dios, buenos, malos, o regulares. Es el amor -imperfecto en nosotros- lo que hace posible la perfección de Dios en nosotros. No pocos prefieren construirse una falsa perfección antes que revelar la imperfección; los primeros te engañan y se engañan a sí mismos; los segundos, sólo resultan preferibles cuando no se convierten en exhibicionistas de sus imperfecciones y son los peores”.
Aquel sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mateo 5:48) nada tiene ver con el soy perfecto porque voy al gimnasio diez veces a la semana. La perfección del Narciso es lo más patético que uno pueda echarse en cara, no sólo ridículo muscularmente, también intelectualmente (“miren cuántos libros he escrito”), y hasta miserablemente (“yo el peor de toda la humanidad”). Dejemos la rara perfección para quienes deseen alcanzar el honor de mujer barbuda o de enano de circo. Lo de la mujer barbuda es una rareza que no puede predicarse del hombre barbudo, aunque lo de enano de circo sea uno de mis deportes favoritos y no sé cuántos atropellos llevo ya a su costa.
Poco enseñó a la vida a quien midió su realidad por la altura de su presunta perfección. Poco enseñó la filosofía a quien no comprendió que no únicamente crecemos individualmente, sino también socialmente, cósmicamente, pues el crecimiento de la destrucción ecológica, de continuar así, sin que hagamos nada por frenarlo, va a hacer crecer exponencialmente los cementerios de muertos bien repletos. No hace falta ser el camarada Ministro de Educación para hacer estas reflexiones, y mucho menos para hacerlas pasar por obligatorias.
No hay cumbre borrascosa que viva al margen de la finitud ni lifting que la supere. No es que sea yo budista, pero tras la banalidad de mis esfuerzos por ser perfecto, lo que me está viniendo muy bien es el decrecimiento egocéntrico, una tarea que a mí al menos me resulta menos difícil si acepto la finitud y soy compasivo conmigo mismo y con la humanidad. Esta determinación no viene dictada por el deseo de hacer de la necesidad virtud, es decir, porque los viejos ya no tengamos más remedio que ponernos de perfil, dejar la menor huella posible en nuestra pisada sobre la arena, como aconsejan los faquires y los estalagmita subidos a una columna para no contaminarse con el humus de la tierra: esa forma pesimista de acercarse al cielo halándose los propios cabellos es un aprendizaje morboso, y está más cerca de ser tonto que de ser santo.
Y, como no se me dan del todo mal las metáforas oraculescas, les dejo esta perla no cultivada hasta ahora por nadie, que yo sepa: la imperfección es la esencia de todo ser finito que aspire a lo infinito. Queden con Dios. Adiós. A Dios.