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TRIBUNA

Un libro sugerente sobre la historia de la Iglesia castellana

Juan José Laborda
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sábado 02 de octubre de 2021, 18:26h

El reciente libro de José Ángel García de Cortázar y Ruiz de Aguirre (Bilbao, 1939), titulado La Iglesia en el reino de Castilla en la Edad Media (años 711-1475), editorial Marcial Pons Historia, al que ya me he referido en anterior columna, ha sido una lectura sugerente de la que quiero dar cuenta a mis lectores, indicándoles que mis derivadas intelectuales, o en términos musicales, mis variaciones sobre el tema basado en el riguroso trabajo de García de Cortázar, se apoyan en este libro, que a esos efectos sostiene la melodía histórica que me inspira estos comentarios.

En mi anterior recensión de esta obra, señalé con García de Cortázar que el cristianismo llegó a la península ibérica por tres vías culturales: la del norte de África, la de la fachada mediterránea, y la de las costas cantábricas conectadas con las Galias, todo esto alrededor del año 60 de nuestra era, en pleno Imperio romano.

El arraigo del cristianismo en la sociedad iberoromana se produjo, prácticamente, a la vez que en las otras dos penínsulas mediterráneas, Italia y Grecia; pero mientras Grecia experimentó mucho más tarde la invasión de los turcos (con lo cual Grecia no tuvo renacimiento y tampoco ilustración), en España, por la misma época, se unificaría como Estado, también en el siglo XV, terminando así con la dominación islámica.

Contemplada la historia de la Iglesia en Castilla, con la perspectiva de siglos que tiene el estudio de García de Cortázar, saltan a la vista algunos hechos diferenciales.

De las tres penínsulas cristianas mediterráneas, España es la que mantiene en todos sus aspectos su identificación con el catolicismo romano. Grecia estuvo dentro del cristianismo fiel a Bizancio, rechazando la obediencia al papa y el culto latino, y finalmente, con los turcos, su versión del cristianismo acabaría cediendo la máxima autoridad a la Iglesia de Moscú, cuyo idioma y culto había sido una creación de clérigos grecobizantinos, como los santos Cirilio y Metodio.

Es indudable que Roma, y el papa, con su hegemonía espiritual, cultural y territorial en Italia, han dado su impronta al catolicismo en todo el mundo. Pero no se me olvida el comentario del gran George Sabine: “la Iglesia no era suficientemente poderosa para unificar Italia, pero lo suficiente para impedir que otro lo intentase”. En lo que se refiere a este relato, la Iglesia, primero visigótica, y después del año 711, la Iglesia de Asturias, de León, de Castilla y León, y yendo más allá del año 1475 (el límite temporal del libro), esa Iglesia contribuyó a la consolidación de la Monarquía hispánica, que triunfa cuando en Italia sucedía todo lo contrario: el desarrollo de un Estado moderno en España, unificador de los anteriores reinos peninsulares (salvo Portugal).

García de Cortázar argumenta que esa Iglesia, desde los visigodos hasta los Reyes Católicos, se fue definiendo así: “Triunfo del catolicismo y constitución de una Iglesia “nacional” hispana (años 580-711)”, como titula un apartado clave de su libro. Creo que la tesis de que la Iglesia de esos reinos fue “nacional” constituye lo más notable de esta obra.

García de Cortázar se alinea con los llamados “primordialistas”, en otras palabras, los autores que piensan que la “nación” o la “patria” fueron palabras empleadas desde épocas antiguas, y cuyo significado sería una “conciencia compartida de pertenencia a una comunidad”, que se forja a partir de unas creencias religiosas comunes, y de unas lealtades a la patria de nacimiento, a las tumbas de los antepasados, y al rey como poder natural. Frente a esta visión, sostenida por muchos historiadores (y que yo compartí en mi libro sobre los antiguos nobles vizcaínos), los “modernistas”, representados por los eminentes E. Gellner y E. Kedourie, sostienen que el concepto de “nación” aparece con todo su significado a partir del siglo XVIII, efecto de la Revolución Francesa o de la Revolución Industrial. Tienen razón los “modernistas” en que la “nación” de los nacionalistas no existió en épocas anteriores a la Edad Contemporánea. Pero pienso que García de Cortázar acierta cuando sostiene que la Iglesia hispánica se constituyó en “nacional”, como consecuencia de siglos de “conciencia de pertenencia”, aunque en las mentes de aquellas antiguas épocas no existió en absoluto la noción de “soberanía nacional”, un concepto que solo aparece a fines del siglo XVIII.

Complementando su visión de la “Iglesia nacional”, García de Cortázar desarrolla la tesis del historiador francés, Thomas Deswarte, quien en su libro, Una cristiandad romana sin papa, demostró que la Iglesia del reino de Asturias, aunque seguía doctrinalmente al papado, en la realidad fue siempre una Iglesia autónoma, pero siempre unida al poder terrenal de los reyes. El catolicismo hispano, en comparación con las demás monarquías europeas, no sufrió apenas herejías; para los siglos estudiados, solo se dan dos casos: Prisciliano (340-385), un obispo que fue quemado vivo por oponerse, precisamente, a la unión del altar con la espada, y los llamados “herejes de Durango” (siglo XV), unos frailes que denunciaron la decadencia de la cristiandad. Estos hechos son expresiones de unas constantes históricas (la homogeneidad doctrinal desembocó en rechazo de judíos, moros y disidentes).

El reino de Castilla, pienso yo, encontró en la Iglesia el instrumento con el que se construiría la Monarquía hispánica. El catolicismo hispánico, además de doctrinalmente homogéneo, fue siempre autónomo del poder de los papas, y en consecuencia, el pueblo de fieles tuvo siempre conciencia de ciertos derechos, por ejemplo, la justicia con las personas más que la libertad de conciencia; y todo esto dentro de la esfera de la Monarquía, es decir, dentro de la singular relación del catolicismo español con el poder político.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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