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Bolivia cruje

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Bolivia cruje. Como crujen, en rigor, todos aquellos Estados-nación que han ensayado, en los últimos tiempos, su refundación. Ecuador, Venezuela,…en cierto sentido Colombia, nos están remitiendo a una geografía, a un espacio sobre el que está impactando, entre otros factores, la redefinición de la Amazonía o el qué hacer con los arbitrios fiscales procedentes de los recursos energéticos.

El colapso de los Estado-nación está sacando a la luz nuevas y viejas, muy viejas, problemáticas. Algunas tan viejas como que se discutieron en las Cortes de Cádiz, pronto hará doscientos años. O, poco más tarde, durante los primeros pasos fundacionales de la Repúblicas liberales en el continente americano. De entrada, reaparece con dramatismo inusual el debate sobre el sujeto de soberanía y la construcción de la ciudadanía. ¿Existen derechos colectivos? ¿Pueden los territorios aspirar, meditante tomas de decisión unilaterales, al autogobierno? ¿Tienen las identidades prelación sobre los individuos en materia de derechos y deberes? ¿Es posible refundar el Estado sin un gran consenso por parte de la comunidad política preexistente? Permítanme un breve paréntesis: no me dirán que a los españoles, lamentablemente, no nos resultan familiares estas dudas.

En Bolivia, el indigenismo y el regionalismo están dando contestaciones antagónicas a ambas cuestiones; aunque ambos polos –el articulado alrededor de Evo Morales y el que se ha configurado, frente a él, desde Pando a Santa Cruz, en lo que se denomina la media luna- tiendan a romper con las lógicas liberales e individualistas de comprensión del demos. También están dando dictámenes contrapuestos en relación a la vieja dialéctica, tan española en el fondo, entre centralismo y federación, Estado unitario o autonomías con amplio margen de gestión, movilidad social y control de los recursos en un contexto de decadencia de la economía cocalera y de ciertos sectores mineros tradicionales frente a la relevancia de la extracción de hidrocarburos o las nuevas modalidades de agricultura de exportación. En suma ¿de quién es la riqueza? –otra vez una pregunta muy, muy española. Muchas preguntas y muy pocas respuestas concluyentes.

La sombra de la guerra civil planea sobre el escenario en su conjunto. Y, en este marco, la izquierda recupera los viejos hábitos populistas, antiliberales y demagógicos: del antiyanquismo a la demonización de las elites y de las clases medias en su conjunto, de la prédica de la prescindencia de las cautelas inherentes a los sistemas liberales a la fascinación por la fuerza y la violencia. No toda la izquierda, eso es cierto. Basta ver a Bachelet o a Lula, en esta crisis. Ellos sí que han aprendido de lo que Jorge G. Castañeda, ex canciller mexicano, advertía en su ya clásica obra La Utopía desarmada: intrigas, dilemas y promesas de la izquierda en América Latina (1993): no es posible el progreso social mediante la fijación en retóricas –la cubana, antes; la chavista, ahora- de raíz inequívocamente totalitaria. Efectivamente, personajes tan siniestros como Hugo Chávez proyectan su amenazante sombra. Antes de ayer, el ex presidente uruguayo Luis Alberto Lacalle advertía que el presidente venezolano, Hugo Chávez, puede causar un final “horroroso” en la crisis boliviana. El mar andino y amazónico está revuelto. Un mar que azota el continente y con él, recursos de por medio, al conjunto del planeta.
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