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TRIBUNA

Miradas que matan

Juan José Vijuesca
miércoles 13 de octubre de 2021, 20:33h

El hombre español de hoy que no domine su mirada tiene las horas contadas. Estamos a esto de cambiar mascarilla y ser enfundados en un burka. No es por fastidiar, pero esta prenda tan femenina que sirve para privar a la mujer de ser expuesta a los demás, ahora me temo que llegará aquí, pero en versión masculina. El protocolo que lleva adelante el Ministerio de Igualdad para que ciertas miradas impúdicas pasen a ser objeto de acusación por acoso laboral, será la medida estrella para erradicar a los acosadores.

Si fracasa el hacerlo con las sanciones disciplinarias que tipifiquen este tipo de delitos, la cosa se va a poner interesante para el ser masculino cuyas miradas sean extraviadas, sin causa aparente de estrabismo. No seré yo quien se oponga a esta nueva medida de doña Irene Montero con tal de erradicar a los pecadores de miradas; ahora bien, el asunto se me antoja complejo porque hay muchas maneras de mirar.

Supongo que para las empresas no resultará nada fácil perseguir a los “mirillas” salvo que haya un cuerpo de élite que vigile y levante expediente disciplinario. – ¡Jefe, Vicente Calasparra le ha mirado las piernas a Castora Mendieta! Y el ínclito Vicente a la calle. Desconozco si este protocolo contemplará los atenuantes y qué clase de miradas prejuzguen al delincuente porque hay mucho trepa que aprovechará para marcarse méritos ante los propios jefes o jefas. Distinguir la mirada impúdica de la que no lo es, se antoja una especialización muy rigurosa. Las hay irónicas, cómplices, alegres, tristes, incluso miradas que matan. Yo lo he sufrido hace unos días ante una fuente de almejas en la ría de Arousa. Aquellos bivalvos a la marinera con toques de vino blanco me miraban con ardor, diría que hasta insinuantes. En todo aquello había algo de erotismo gustativo por mi parte y confieso que me comí las almejas sin desviar la mirada hacia ellas. Reconozco que me resultó gratificante y que en el pecado está la penitencia, pero hay pocas cosas que me seduzcan tanto como contemplar la belleza servida en plato frío o caliente.

Hasta hace un tiempo pensé que la hermosura tenía su existencia en el objeto, o en los estímulos sensoriales externos, pero ante tanto atractivo alrededor de aquellos moluscos gallegos convencido estoy que la belleza es algo subjetivo creado por el ser humano para observar y reeditar emociones, sentimientos y conocimiento siempre que el respeto no se malgaste en vulgaridades. Eso es lo que doña Irene debe entender para saber que las miradas no siempre son de malicia ni siguen idéntica dirección de lascivia; a veces el apetito por lo bello es recíproco.

Si por mirar con cierta lujuria aquello que la naturaleza pone a mi alcance, confieso que me resultaría frustrante degustar almejas con burka, porque el acoso también puede darse por imperativos ajenos al heteropatriarcado que con tanto ahínco persigue doña Irene y que en la exageración está la duda; ahora bien, el rictus de cada cual puede llevar a confusión dentro de las múltiples maneras que el ojo humano tiene a bien disponer. Cierto es que hay a quienes se le dilatan las pupilas ante el deseo irrefrenable y más pueril, pero entender la seducción no es tarea fácil si para gozar de lo inalcanzable haya quienes sean castigados con vestir de burka en vez de Prada por culpa de una mirada tan limpia como dicte el paladar.

Las almejas no son cortesanas, ellas crean un mundo de belleza y como tal las miradas crean arte. Lo demás son sombras de sospecha. Después de todo, con burka o sin él, francamente, doña Irene, me importa un bledo que un grupo de almejas a la marinera me denuncie por acoso gustativo. No pienso denunciarlas, aunque reconozco que existen miradas que matan.

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