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TRIBUNA

¿Se hizo el universo consciente?

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 15 de octubre de 2021, 20:33h

Consciencia -o conciencia psicológica, para diferenciarla de la conciencia moral- es el conocimiento de nosotros mismos. Reconocernos como un yo, como una persona o espíritu dotado a la vez del lenguaje y libertad positiva. Obviamente, el universo no pudo reconocerse como un yo, ni posee el lenguaje, ni es libre en sentido positivo. Sólo las personas singulares son conscientes La frase “el universo se hizo consciente” es propia de la terminología materialista. Presupone que la materia inerte se hizo en un primer salto materia viviente, y en un segundo salto materia consciente. Esa forma de hablar no debiera aparecer nunca en autores que rechazan el materialismo. Sin darse cuenta, hacen suya la tesis básica del materialismo por el mero hecho de usar su capcioso lenguaje.

El primer paso desde la materia inerte a la viva podría explicarse, si el Big Bang hubiese incluido el programa informático, o “software”, para que surgiese la vida en nuestra Tierra al cabo de 12.000 millones de años, y con una probabilidad en contra de 10 elevado a 40.000. Estaría previsto desde el principio que coincidiera todo ese inmenso cúmulo de circunstancias en un muy concreto punto del espaciotiempo.

Lo que no puede admitirse de ninguna manera es el segundo salto propuesto por el materialismo, que desde la vida surjan el espíritu pensante y el lenguaje. Eso no puede estar en ningún programa.

En efecto, el materialismo es incompatible con el hecho mismo del lenguaje. Imaginemos que estamos escuchando a un conferenciante materialista, que desgrana su conocida teoría. “La ciencia va explicando procesos cada vez más complejos, incluso nuestros pensamientos, que sólo son movimientos muy sofisticados de las neuronas.”

En ese momento se desliza un moquillo desde la nariz del orador, Saca un pañuelo para secarse. Y por una súbita asociación de ideas nos vienen a la cabeza inquietantes preguntas “¿qué diferencia hay entre los mocos que salen de su nariz y los ruidos que salen de su boca? ¿No son ambos epifenómenos de la misma evolución de la vida?¿No son las mismas neuronas la única causa para ambos hechos? Si los mocos son como las palabras ¿por qué unos mocos dicen la verdad yotros están equivocados? Y si las palabras son como los mocos, entonces no dicen nada. Son meras pulsaciones del aire.”

Procedamos “ad absurdum”. Si el materialismo fuera cierto, no habría diferencia entre los mocos de alguien y sus palabras. Lo que llamamos “palabras” serían solamente “flatus vocis”. Si los mocos no dicen nada, tampoco las palabras dicen algo. Y si las palabras dicen algo, también los mocos expresarían la verdad o la falsedad.

Dicho de otro modo. Las mismas neuronas, y con igual razón, producirían a la vez la frase A en unos hablantes, y su negación lógica -A en otros. El materialismo lleva a que el lenguaje fuese en sí mismo contradictorio. La tesis materialista es incompatible con el hecho del lenguaje.

Pongamos un ejemplo. Luigi Luca Cavalli-Sforza escribe un libro cuyo título es Genes, Peoples and Languages. Su libro es inteligible gracias a que se atiene -sin darse cuenta desde luego- a las reglas de la lógica. Podría cambiar el título en Genes, Peoples and Snots sin más que substituir sus observaciones sobre el lenguaje por las propiedades físicas y químicas de los mocos. Además de inteligible, el nuevo libro podría ser verdadero.

Ahora bien, si el lenguaje funciona, si las palabras designan algo real, y gracias a eso podemos pensar en solitario, y comunicarnos los pensamientos unos a otros, tiene que haber una diferencia esencial entre los mocos y las palabras. Sólo cabe ser materialista, si antes se es un analfabeto en lógica. Si alguien quisiera ser materialista hasta sus últimas consecuencias, tendría que renunciar a hablar, incluso a pensar en solitario.

El descubrimiento del cálculo lógico por Frege y Peano, en el último tercio del siglo XIX, y gracias al cual existe el ordenador que paradójicamente usa el conferenciante materialista, ha dejado en claro que hay cuatro operadores lógicos. Uno monádico, el afirmador-negador. Y tres diádicos; el conjuntor, el disyuntor inclusivo y el implicador.

El universo no posee esos cuatro operadores. Los poseen las personas singulares, y por eso son conscientes de sí mismas. Además, la consciencia sería posterior en todo caso a esos operadores lógicos. Estos son el pensamiento, la capacidad de pensar como tal. En cambio, la consciencia de uno mismo es un pensamiento. Igual que el reconocimiento del vecino como otra persona consciente es también un pensamiento.

Así pues, en vez de la imaginaria y monolítica evolución del entero universo hasta hacerse consciente, la formalización de la lógica nos obliga a dividir de entrada la realidad en dos grandes mundos: el mundo de la naturaleza causal, y el mundo de los valores y la libertad.

Este segundo mundo es insignificante en comparación con el otro. Se trata sólo de los seres humanos, de las personas. E incluso sólo de su espíritu. En cambio, el primer mundo comprende todo lo demás, las galaxias y las estrellas, nuestro planeta Tierra, las plantas y los animales, el cuerpo humano, y hasta su psique o sus sentimientos. Esta inmensidad constituye el mundo de la naturaleza causal. Todo está regido en él por la causalidad. Las mismas causas producen siempre los mismos efectos en las mismas circunstancias, y todo efecto tiene al menos una causa.

Dentro del mundo de la naturaleza causal, la materia inerte se nos aparece como un todo compacto. Sus diversas partes son sólo individuos.

Por el contrario, cuando se salta a la vida, cada viviente es algo más que un individuo. De él podemos predicar el concepto de substancia, que viene de Aristóteles. Nace, vive y muere. La multitud de substancias vivientes substituye a la noción única del universo como totalidad masa-energía. Se prepara así el camino para la multitud de personas, para el mundo de los valores y la libertad.

La aparición de este segundo y superior mundo de los valores y la libertad tuvo lugar hace unos dos millones de años en Africa oriental, más o menos donde ahora está Kenya. Curiosamente, cuanto más arcaicos son los restos humanos descubiertos por los paleontólogos, más se estrecha el círculo geográfico en que surgió el ser humano. Tuvieron que ser muy pocas parejas. Puede que fuera una sola, conforme a lo dicho en la Biblia.

Pero lo que más debiera llamar nuestra atención es que la aparición entonces de los operadores lógicos en el “homo sapiens” no fue algo diferente de lo que ocurre ahora cuando un niño pronuncia sus primeras palabras. En ambos casos estamos ante la misma pregunta ¿cómo surgen esos operadores lógicos?

Los cromosomas maternos y paternos que se unen para formar un cigoto no pueden ser la causa del pensamiento y el lenguaje. Si ese fuera el caso, el pensamiento y el lenguaje no podrían existir, como vimos al principio. Por tanto, no es que el código genético humano haya evolucionado hasta los operadores lógicos. Es justo al revés. Gracias a que poseemos los operadores lógicos, hemos realizado la proeza intelectual de descifrar el código genético humano.

Ciertamente, cuando oímos a un niño hablar estamos seguros de que se ha producido el milagro. Pero de ahí no se infiere que, si no habla todavía, entonces carece de los operadores lógicos. Simplemente no se han manifestado aún. Pueden estar virtualmente presentes en el cigoto desde el momento mismo en que el espermatozoide fecunda el óvulo. Ese es el preciso punto del tiempo que resulta ser privilegiado respecto al resto. Todos los instantes siguientes en el desarrollo del cigoto carecen de esa singularidad.

Puede incluso que así ocurriera en el caso de Adán y Eva. Cuando se formaron aquellos dos cigotos, procedentes de dos parejas de primates, tuvo lugar el milagro. Dios infundió los operadores lógicos en aquellos dos cigotos. Lo mismo sigue sucediendo ahora cuando se forma cualquier cigoto humano. La Creación no se agotó en el Big Bang. Sigue siendo una realidad en nuestros días.

Los operadores lógicos no pueden ser el resultado de un programa informático previo. Ni siquiera del “software” del Big Bang. Pues son la capacidad misma de construir programas informáticos. Lo mismo que una fórmula química no agota la capacidad del químico para escribir otras fórmulas distintas. Como es igualmente absurdo confundir una novela con la capacidad de su autor para escribirla.

Este es el sentido que ahora podemos dar a las profundas palabras de la Biblia Dios los creó a su imagen y semejanza. En el regalo de los operadores lógicos la generosidad divina alcanza su máximo. Y el ente finito no podría llegar más alto.

Por más que escandalice a ateos y materialistas, sigue siendo cierta la frase que tanto les irrita: Dios infunde el alma en cada cuerpo humano. Es un acto creador a partir de la nada, sólo comparable al Big Bang. Y además ocurre todos los días y a nuestro lado. Que casi nadie se de cuenta de ello se debe a la triste realidad de la masiva ignorancia que existe sobre la potencia teórica de la lógica recientemente formalizada.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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